Cultura

Un mano a mano menor que defrauda la expectación levantada

No pudo ser. El ambiente de fiesta que se vivió en el Puerto de Santa María desde las primeras horas de la mañana; la inusitada expectación mediática; la desorbitada reventa ni las astronómicas cuentas de barras y restaurantes pudieron estar a la altura de un espectáculo menor, aburrido, correoso y espeso que ni de lejos se acercó lo que se adivinaba tras los carteles.

el 15 sep 2009 / 09:42 h.

No pudo ser. El ambiente de fiesta que se vivió en el Puerto de Santa María desde las primeras horas de la mañana; la inusitada expectación mediática; la desorbitada reventa ni las astronómicas cuentas de barras y restaurantes pudieron estar a la altura de un espectáculo menor, aburrido, correoso y espeso que ni de lejos se acercó lo que se adivinaba tras los carteles. Unas veces por culpa de una decepcionante corrida de Núñez del Cuvillo. Y otras, por la falta de acierto de los matadores, la corrida respondió punto por punto al manido tópico y no contentó a nadie.

A plaza llena, con ambiente a favor, el espectáculo se fue derrumbando progresivamente sin que se pudiera hacer nada por remediarlo. No fue buen presagio que José Tomás, al que no se le vio ni de lejos en su mejor dimensión, resultara cogido en la fase final de su faena al primer toro, recibiendo un puntazo en la nalga que ni se miró siquiera. Antes, había lidiado con solvencia a este animal de escaso trapío y pocas fuerzas que salió huyendo después de sentir el hierro del piquero. Un tanteo por bajo y el madrileño se lo llevó a los medios para instrumentar una serie limpia y templada que ligó a otra con los riñones más metidos pero sin excesivas apreturas. Echaba el toro la cara arriba y no era posible el acople por el izquierdo pero Tomás aún fue capaz de enjaretarle varios muletazos verdaderamente personales, verticales y con kilates antes de que sobreviniera el percance y sin que, esa es la verdad, se impusiera y dominara por entero al animal.

En un gesto que le honra, no se marchó el madrileño a la enfermería y siguió atento a sus turnos en la lidia antes de ponerse delante del destartalado, bizco y zancón toro que hizo tercero, que gateó y echó las manos por delante en los capotes. Tomás le instrumentó un quite en su versión de las gaoneras -que debieran llamarse ya tomasinas- que fue tan tropezado como celebrado. Bronco y con temperamento, el toro tuvo codicia, también genio, pero a Tomás le volvió a faltar mando en plaza aunque le pudiera en los primeros doblones y apostara fuerte en la fase central de la faena, muy centrado y enfrontilado con el toro. El final, con el toro protestando por arriba y quedándose a medio viaje empezaba a dejar un regusto amargo. A esas alturas el mano a mano era ya muy difícil de enderezar.

Y salió el quinto, jabonero, serio y último cartucho del genio de Galapagar que lo pasó a pies juntos en varias verónicas que tuvieron cadencia y sabor. Molestaba y avisaba el astado por el derecho y frustró el quite por verónicas que no llegó a concretar el matador que brindó el toro al público para esperar a su enemigo en unos angustiosos estatuarios que resolvió impávido y a milímetros de los pitones. Pero el toro pasaba rebrincadito, sin emplearse de verdad y tras un desarme, la faena se acabó diluyendo entre la visible desesperanza del torero y la impaciencia del amabilísimo público.

Pero el mano a mano tenía otra cara; no menos esperada. Apareciendo a cuentagotas, la actuación de Morante se esperaba como agua de mayo y aunque fue el que más se aproximó al triunfo, su actuación no se pudo acercar a lo que todos esperaban. No había podido ser con el segundo de la tarde, al que se lidió trabajosamente y se banderilleó muy en corto. Morante basó su trasteo -siempre sincero y auténtico- sobre la mano izquierda, con la que llegó a mandar y a dibujar algún buen natural sin que las asperezas del toro permitieran armar la arquitectura del trasteo.

Con el cuarto, Morante logró estirarse a la verónica sin lograr la redondez de otras veces aunque el amable público del puerto lo celebró como una auténtica revelación. El diestro de la Puebla inició su faena con varios ayudados por alto en los que se cimbreó como una espiga de arroz, haciendo presagiar un arrebato que sí se asomó en varios muletazos sobre la mano derecha que hicieron rugir a los tendidos. Por fín había surgido el gran toreo y la banda lo rúbrico con el siempre bellísimo pasodoble Suspiros de España. Pero el toro empezó a distraerse, refugiado más allá de las rayas mientras Morante porfiaba por pasarlo sobre la mano izquierda a la vez que la faena perdía fuelle. Se produjo entonces un hecho sorprendente e inesperado. El cantaor Manolo Orta, desde un tendido de sol, le sopló un fandango que Morante ligó a una serie expresiva y totalmente arrebatada, muy cerca de las tablas. Pero el toro, definitivamente desentendido no quería unirse a la fiesta y no dejó a Morante rubricar con la espada la que podría haber sido la única faena de premio de toda la corrida.

Muy pocos advirtieron que en el siguiente toro, el banderillero El Lili había ocupado el puesto de su matador en la lidia del último toro de José Tomás. Morante había tenido que pasar a la enfermería aquejado de síntomas de axfisia y así se hizo saber por megafonía a la muerte del quinto mientras la corrida quedaba interrumpida durante diez minutos que fueron amenizados por un nuevo fandango de Orta primero, y un pasodoble de la banda después.

Repuesto el matador, volvió al ruedo dispuesto a despachar al astifino y grandullón cuvillo que hizo sexto. El toro apretó a Morante contra las tablas y le arrancó el capote aunque luego, el de la Puebla acabara imponiéndose con dos verónicas y media marca de la casa. Aún hubo más cositas con el capote: dos verónicas girando como una veleta de orfebrería rematadas con una media de otro tiempo que nos redimieron del petardo. Pero con la muleta fue otro cantar. El toro no se empleó nunca de verdad y aunque pareció que la faena podía tomar vuelo por el pitón izquierdo en sus inicios, el mano a mano ya había quedado definitivamente sentenciado tras un desarme que fue como un jarro de agua fría para las miles de almas que no tendrán nada que contar hoy bajo la sombrilla.

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