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Un misterio gozoso

Lo cuestiona la Feria del Libro de Madrid: crisis, qué crisis. La marea de los fines de semana -también el jueves, festivo en la ciudad, y el fin de semana, puente para algunos- no se relaja con respecto a años anteriores.

el 16 sep 2009 / 04:16 h.

Lo cuestiona la Feria del Libro de Madrid: crisis, qué crisis. La marea de los fines de semana -también el jueves, festivo en la ciudad, y el fin de semana, puente para algunos- no se relaja con respecto a años anteriores. Y contraataca con otra duda: si los índices de lectura no se asoman a la suela del zapato, ¿por qué las cifras de venta no sólo se mantienen, sino que crecen, y extraña identificar a un paseante sin su correspondiente bolsa con el logo de la Feria? ¿Leemos tan poco como dicen, adquirimos un libro al año por no perder la costumbre, hablamos de figurantes y no de visitantes reales, con su identidad y sus tarjetas de débito?

Lo pienso mientras me remango, trabajo en una caseta por la que pasan poco y pocos, intento vender libros. En la mañana de ayer, antes de acercarme al Retiro, repasaba los titulares de la prensa de Córdoba: un estudio revela que tres de cada cuatro residentes en la capital leen habitual u ocasionalmente, asfixiando en el saco no sólo libros, sino también prensa y -deduzco- cualquier otro soporte que contenga letras. Recordé cómo, hace años, impartiendo un taller de escritura para chavales de instituto, contestaron con un sí unánime y rendido a mis preguntas: ¿leéis todos los días, escribís todos los días? Estupefacta, feliz, indagué; y me hundí en el fango cuando confesaron, más alegres ellos todavía, que claro, que las tareas y el Messenger y el Marca.

Porque si nos limitamos a los libros, a un volumen encuadernado y exento, las cifras descienden a menos de la mitad, y espeluznan cuando miden visitas a bibliotecas públicas, por las que más del ochenta por ciento de la población no se asoma nunca. Los datos, sospecho, no variarán en exceso entre Córdoba y Sevilla; tampoco creo que la población lectora del país se concentre en Madrid, y suma al resto en un desierto. ¿Cómo, entonces, se lee -y se presta- tan nada, y en cambio las ventas sostienen tantas editoriales minúsculas, tantas iniciativas nuevas? Un misterio gozoso: lean, aunque sólo sea por las cifras.

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