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Un nuevo libro desvela la tradición de la manchonería en Los Palacios y Villafranca

Los autores que auparon a categoría literaria el concepto de manchón, pequeño trozo de tierra con el que histórica y típicamente contó Los Palacios y Villafranca para no depender de terratenientes, acaban de presentar su última obra: Bejines, manchonero y policía, una novela protagonizada por una saga familiar de este municipio del Bajo Guadalquivir.

el 14 may 2010 / 19:28 h.

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Presentación del libro ‘Bejines, manchonero y policía’ en Los Palacios y Villafranca.

Pese a que el título focaliza a un tal Bejines, apellido por antonomasia en el pueblo, el protagonista es, en rigor, el manchón, como ocurre en todos los libros publicados en el último lustro por Juan Manuel Begines y Francisco Cid, dos funcionarios del Ayuntamiento de Los Palacios y Villafranca cuya principal afición es aprender de los viejos del lugar y cuyo logro más determinante fue convertir en materia literaria todas esas enseñanzas, empezando por la puesta en valor del manchón. Ese pedazo de tierra por el que los palaciegos no sólo han sentido un profundo orgullo desde siempre, sino por el que se han diferenciado de los campesinos de otros pueblos, regidos por los latifundios.

Bejines, manchonero y policía parodia el clasicismo nombrando a sus personajes a la latina. La trama, por media geografía española e italiana, se vertebra por el manchón, del que salen y al que siempre vuelven los protagonistas. El primero se llama Fabio, nombre del que los narradores se precipitan a aclarar su etimología, muy en consonancia con el manchón: "El que cultiva las habas"; su padre era Livio, "del color del vino"; y su abuelo, Terencio, "el que trilla". Todos apellidados Bejines. Es un apellido que tienen 2.600 personas en España, el 60% de Los Palacios y Villafranca. Tales referencias reales hacen del libro una historia deliciosa, sobre todo para los palaciegos.

La historia comienza cuando el joven Fabio, aficionado a los libros, decide abandonar el manchón de su familia para ir a trabajar a la marisma. La dicotomía manchón marisma es especialmente significativa en un pueblo como éste, en el que la desalinización de esta última en los años 50 del pasado siglo atrajo a miles de jornaleros para trabajar en el arroz, enfangados en la miseria y la explotación. Fabio, manchonero de pura cepa, escarmentará en la marisma, pese a los avisos de su padre, al sufrir en carne propia los abusos de los capataces, los timos salariales y la esclavizante labor.

Los guiños a la realidad de Los Palacios y Villafranca se acentúan cuando se casa con Paula y tienen dos hijos: Baelo Claudio y Mássimo. Los niños preguntarán a su madre por qué en su pueblo "hay tantos zagales", es decir, por qué es el municipio de más de 20.000 habitantes con más natalidad del país, a lo que su progenitora responderá que gracias "al bombón colorao, que incita al deseo".

En los descubrimientos del pequeño Baelo Claudio, el lector captará la reivindicación de los autores de invertir el orden de las dos poblaciones originales del municipio: Villafranca y Los Palacios, pues la primera aportó casi todo el término municipal y el segundo sólo un pasado de servidumbre nobiliaria, en histórica metáfora matrimonial ocurrida con la unión de ambas villas en el año 1836.

La publicación culmina con un glosario de versaciones, términos y frases propias del habla del lugar y con la sugerencia de completarla preguntándole a los soleras, es decir, a los viejos manchoneros del pueblo.

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