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Veraneando

Un paseo por las calles de Platero

Moguer, «la luz con el tiempo dentro», siempre presente en la vida y obra de Juan Ramón Jiménez. El poeta entregó para la Fundación Zenobia-Juan Ramón Jiménez la mitad de la dotación del Premio Nobel.

el 03 jul 2014 / 13:00 h.

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La escultura espera a ser inaugurada en la Plaza de la Iglesia. La escultura espera a ser inaugurada en la Plaza de la Iglesia. / Reportaje gráfico: Mónica Bautista Por Mónica Bautista. Hoy se inaugura en la Plaza de la Iglesia de Moguer la segunda pieza del Museo al aire libre Platero escultura, una obra del artista Pedro Requejo Novoa que se inspira en el capítulo Idilio de abril de Platero y yo. Pero no es el único rincón que tiene el sello del pequeño y suave Platero. Moguer presenta todo un recorrido por la vida de su autor por la tierra que le inspiró para escribir la obra que encandila a niños y no tan niños. «Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se le ocurren», que decía el propio Juan Ramón. Escultura de Juan Ramón Jiménez en la Plaza del Cabildo / reportaje gráfico: mónica bautista Escultura de Juan Ramón Jiménez en la Plaza del Cabildo. El moguereño nació en el 23 de diciembre de 1881 en lo que hoy día se abre al púbico como Museo Casa Natal de Juan Ramón Jiménez, reconocido Patrimonio Histórico de España. Él la inmortalizó en su Platero y yo, en concreto, en el capítulo La casa de la calle Ribera: «Aquí en esta casa grande hoy cuartel de la guardia civil, nací yo, Platero…». Una casa que en su interior contiene una muestra de la importancia del mar en la obra del poeta. La vida y obra de su sobrino y albacea, Francisco Hernández-Pinzón y su esposa y musa Zenobia cuentan con un amplio espacio del recinto. A eso se suma una zona dedicada a una biblioteca infantil y toda una exposición que deja constancia de la relación del escritor con su centro vital y poético: Moguer. «Esa blanca maravilla», «la luz con el tiempo dentro», «igual que un pan de trigo, blanco por dentro, como el migajón, y dorado en torno –¡oh sol moreno!– como la blanda corteza», la define el poeta en el capítulo El pan de Platero y yo. O como indica el catedrático de la Universidad de Sevilla Manuel Ángel Vázquez Medel todo un «ámbito de experiencias». Juan Ramón apenas era un niño cuando cambió esa primera casa que llamaba azul marino, como cuenta en los textos que elabora en su estancia en Puerto Rico, por una ubicada en la Calle Nueva. Destaca otra curiosidad cromática y es que hay investigadores que relacionan esta vivienda y sus ventanales con su obra Por el cristal amarillo, que evoca la cancela por la que se imaginaba imágenes a través de sus cristales. Fue buen estudiante, sacó adelante sus exámenes en el instituto de La Rábida, antes llamado, simplemente, Instituto de Enseñanza Secundaria de Huelva, con sobresaliente. Fachada de la Casa Museo Zenobia y Juan Ramón Jiménez en Moguer. Fachada de la Casa Museo Zenobia y Juan Ramón Jiménez en Moguer. Aún conservan la carta de su puño y letra en la que pedía que lo admitieran en los exámenes que daban acceso a segunda enseñanza en 1891. Muchos conocían el talento del joven a la hora de tomar lápiz y papel, pero pocos esperaban el Premio Nobel de Literatura que consiguió 65 años más tarde. La Casa Natal tiene en la planta alta una sala que muestra las circunstancias en las que se le concedió ese premio, un espacio que se completa con una biblioteca llena de obras, revistas y publicaciones en las que aparece el escritor. Justo en medio del recorrido entre esos estudios y el Premio Nobel fue cuando publicó su obra clave, Platero y yo. La primera edición vio la luz en 1914, pero no se completó hasta tres años después. Es por ello que este año se celebra el Año Platero.Se cumplen cien años de su publicación, de la vida y muerte del burrito Platero de la que muchos conocen ese primer párrafo célebre «Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Solo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Lo dejo suelto y se va al prado y acaricia tibiamente, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: ¿Platero?, y viene a mí con un trotecillo alegre, que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal...». Una obra que no solo se queda en lo estético, en las descripciones dulces y amables. Algunos de sus 138 capítulos muestran una crítica social que retratan el compromiso de Juan Ramón con su entorno. El poeta intentó ampliar el texto, 52 capítulos más, hasta llegar a 190, así como una segunda parte titulada Otra vida de Platero. Sin embargo, y con algún que otro esbozo suelto de por medio, ninguna de las dos iniciativas llegó a ver la luz. Y es aquí donde entra en juego otro de los edificios destacados: la finca de Fuentepiña, a dos kilómetros de Moguer (por la carretera de El Algarrobito, a la altura del polígono industrial del mismo nombre y el camino de la Dehesa). El paisaje que la envuelve tiene un carácter pictórico y literario que el autor muestra en su obra cumbre. Pasados doce años, en 1936, Juan Ramón escribió sus últimos poemas en España, recogidos en La Estación total. El 22 de agosto de ese mismo año partió al exilio americano, donde comenzó una etapa en su escritura que se conoce como suficiente o verdadera. Juan Ramón buscaba en sus textos la belleza y la perfección. Fue entonces cuando el matrimonio Jiménez apoyó la creación de la Casa Museo Zenobia y Juan Ramón. Se ubicó en el inmueble que la Diputación Provincial de Huelva adquirió en 1956 para albergar los muebles, libros y objetos personales que había donado a Moguer. Una de las calles principales en el paseo literario por Moguer. Una de las calles principales en el paseo literario por Moguer. Es un edificio que data del siglo XVIII y que fue restaurado por la familia Jiménez en 1885. Su creación como Casa Museo se remonta al año de la concesión del Premio Nobel al poeta, un homenaje que abrió sus puertas al público días después de su muerte en 1958. Actualmente, es sede de la Fundación Zenobia-Juan Ramón Jiménez, en la que se ha fundado la base del Centro de Estudios Juanramoniano tras cinco años de catalogación y organización de fondos documentales. En su creación participó la propia Zenobia y, después de su fallecimiento, el escritor. Ambos enviaron libros, objetos personales y muebles que se sumaban a su biblioteca particular aún en España. El objetivo de la muestra es enseñar al público la cara menos conocida del autor, qué objetos, sonidos e imágenes rodeaban su vida y le inspiraban. Entre 2001 y 2007 el inmueble se restauró de forma integral y hubo una redistribución de su interior que ha devuelto al edificio el estado original en el que vivía. Cabe destacar la vinculación del autor, que entregó para su fundación la mitad del premio económico que suponía el Premio Nobel. La otra mitad fue directa a la Sala Zenobia y Juan Ramón de la Universidad de Río Piedras en Puerto Rico. Allí falleció en 1958 no sin antes haber reflexionado sobre la muerte. La consideraba la culminación de la vida, pero no podía dejar de pensar en ella desde el fallecimiento de su padre en 1900.   SU CASA «Supone un reposo, se equipara al sueño y se presenta como una madre, una amada, una conversadora». Incluso trabajó en una obra titulada La muerte entre los años 1918 y 1924, que se publicó de forma póstuma. Su panteón se encuentra junto al crucero, en el patio de San Pedro. Es una obra de granito realizada en 1959, un año después de la muerte de su fallecimiento, y se configura como un punto de encuentro de todos los juanramonianos. Durante toda su vida Moguer había estado en su pensamiento y en su obra. En uno de los poemas de su etapa final, Con la cruz del sur de Animal de fondo, Juan Ramón Jiménez escribió: «La cruz del sur me está velando en mi inocencia última, en mi volver al niñodios que yo fui un día en mi Moguer de España». El Ayuntamiento de la localidad situó en su honor una veintena de azulejos en sus calles en los setenta. Una guía en este Año Platero por el suelo que pisaba aquel burrito y los edificios que dejaba atrás con su alegre trote. Vaya usted tranquilo con Platero allá donde esté, maestro. Moguer sigue siendo su casa.

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