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Un pequeño edén ahí al lado

El vivero del Alamillo alberga cientos de árboles de más 50 especies exóticas, herencia de la Expo 92

el 24 oct 2009 / 21:48 h.

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Los indios sioux usaban el fruto de este árbol para fabricar la pintura con la que pintaban sus cuerpos: es el maclura; ejemplares de otra especie, la más antigua del mundo, los ginkgos bilobas, han sido plantados durante cientos de años por los chinos para proteger sus templos de los incendios. Son algunos de los 7.000 árboles que guardan el parque del Alamillo y su vivero. Una riqueza natural desbordante que cohabita día a día con Sevilla.

Hortus Conclusus. Es el lema que asalta al visitante antes de acceder al vivero del Alamillo, inaugurado el 12 de octubre. Este espacio alberga en 10 hectáreas centenares de ejemplares de más de 50 especies exóticas procedentes de cinco continentes, muchas de ellas prácticamente únicas en España. Huerto cerrado: ése es el origen del jardín.

"Nace cuando el huerto deja de tener una función productiva y el hombre lo transforma para darle un uso lúdico, contemplativo", explica Adolfo Fernández, director del parque del Alamillo.

"Un jardín es armonía -prosigue Fernández, responsable del Alamillo desde 1997-. Todo está conectado y encaja a la perfección: no hay agresividad, no hay muerte, todo es belleza y vida, es como la imagen del edén: yo creo que todo el que hace un jardín, íntimamente está invocando esa pulsión, ese mito".

Y eso es el vivero del Alamillo: un edén, un prodigio de la naturaleza en plena Sevilla. Y también es un mapa del tiempo. En el vivero hay ejemplares de gingkos bilobas, los árboles más viejos del mundo. Cuenta la leyenda que protegen del fuego: los chinos los plantaban alrededor de sus templos de madera para que no se incendiaran. En Hiroshima y Nagasaki, fue lo único que sobrevivió a la radicación de las bombas atómicas en 1945.

Los gingkos conviven junto a árboles autóctonos, como naranjos, fresnos, olmos o mimosas, pero también junto a algarrobos de Chile, árboles botellas de Queensland, Australia, guayabos de Centroamérica, árboles de las orquídeas de Florida y cafeteros de Kentucky..., una variedad que convierte al parque en un mosaico vegetal que permite viajar entre países con sólo pasar de un huerto a otro.

Así es como tras pasar por una hilera de naranjos se llega a otro huerto en el que unos frutos prietos, resinosos, de color verde y parecidos a cerebros en miniatura yacen en el suelo. Es la fruta de la maclura, tan preciada por los sioux.

La joya de la corona es el invernadero del Alamillo, en el interior del vivero. Esta instalación alberga las especies más codiciadas, muchas de ellas, tropicales: tabebuia chrysantha; cycas revolutas, una especie que ya existía en la prehistoria; ficus religiosa, el árbol de las pagodas; chorisia insignis, de tronco muy espinoso; beaucarnea recurvata, también conocida como pata de elefante, procedente de México y con ejemplares de más de 300 años de antigüedad; bucida buceras, que en latín quiere decir cuerno de buey; pandanus utilis, el árbol de la fibra; metrosideros excelsus, de muy lento crecimiento pero de una madera que dobla las puntillas; o el ceibo, el árbol nacional argentino.

Herencia de la Expo. "Una de las claves de la riqueza ecológica que contiene el vivero del parque del Alamillo es que la mayoría de las veces no sólo hay un árbol de una especie determinada, sino varios y hasta parcelas enteras", cuenta Fernández.

Otro de los responsables de estas plantas, Alberto García Camarasa, destaca que "en este espacio no se utiliza ningún herbicida, ni abono, ni agente químico para tratar a los árboles, aquí todo es natural y ecológico", asegura.

Es la riqueza natural de la Expo, que permanece en Sevilla. El vivero se creó tras la exposición por requerimiento de la Sociedad Estatal Expo 92. Cuando este evento finalizó, todo el remanente de plantas utilizadas en el evento fueron a parar al vivero.

Esa especie de almacén verde acabó convirtiéndose "en un espacio ecológicamente muy interesante". Y hoy es ya un hortus conclusus; como dice el poeta, un jardín cerrado pero también un paraíso abierto para quien quiera mirarlo.

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