Cultura

Un petardo premeditado

Rafaelillo, Luis Vilches y Joselillo lidiaron seis toros del Conde de la Maza, desigualmente presentados y mansos y muy deslucidos, casi intoreables en líneas generales, con violencia y peligro sordo. Algunos, como al segundo, les faltó remate en la presentación. Sólo el quinto, con muchos defectos, embistió algo a la muleta. El sexto se dejó como un mulo, sin más.

el 16 sep 2009 / 01:38 h.

La oportunidad no podía ser tal. El encierro del Conde de la Maza cantaba su mal juego desde que su nombre se colgó de los carteles. Algún toro con posibilidades lidiado a cuentagotas en campañas anteriores -es una ganadería en la plantilla de la empresa- constituía un escasísimo aval para justificar la presencia de los toros de Los Arenales en el abono abrileño, aunque fuera en esta tramo de carteles de aire isidril que se viven como un indigesto e inevitable aperitivo del plato principal, que gravitará en torno al fin de semana de preferia y los primeros farolillos.

Hablando en plata. Lo que sería noticia es que lo del conde hubiera embestido. Difícilmente lo iba a hacer en esta ocasión a pesar de los esfuerzos denodados de una terna que se encontraba con un solo cartucho, mojado, para mejorar sus respectivas situaciones profesionales: de tibias expectativas en el caso de Joselillo y Rafaelillo. De desesperado ostracismo en el caso del honesto diestro utrerano Luis Vilches, que ayer salió de plaza hundido por dentro y por fuera.

Abría cartel, y se presentaba como matador en la Maestranza, el agerrido diestro murciano Rafaelillo, que venía avalado de la solvente y entregada campaña que protagonizó el pasado año. Pocas, poquísimas oportunidades de lucirse le dio el imposible lote que le tocó sortear. Rafaelillo luchó contra los elementos y se impuso al galafate que abrió la tarde, robándole algún pase con la izquierda en un empeño de hacer la faena estandarizada que no merecía el bicho, que era un auténtico canalla por el pitón derecho y se acabó parando con peligro sordo. A Rafaelillo, en ese empeño de torear de forma reglada, si le faltó dominarlo con el macheteo que demandaba el toro, al que costó igualar por su molesto gazapeo antes de agarrar una horripilante media que necesito de una nueva entrada.

Tampoco pudo encontrar material aprovechable en el cuarto de la tarde, un cinqueño acapachado con el que protagonizó un estrafalario recibo a portagayola que debió evitar viendo como estaba saliendo la corrida, refugiada siempre en el túnel de chiqueros, saliendo al paso. El caso es que el murciano tuvo que dejar el capote en la cara del animal y salir por pies librándose de un seguro percance. Le pudo Rafaelillo al toro en los inicios de la faena, plántandole una batalla que el bicho aceptaba a regañadientes, quedándose siemprecorto en los viajes y tirando hachazos por el derecho hasta acabar imponiendo su ley. Así, era absolutamente imposible.

Luis Vilches despidió con lágrimas su única comparecencia en la Feria. No era para menos: salido de una brutal cornada que tardó demasiado en sanar, con apoderados de ida y vuelta y prácticamente sin contratos, tuvo en la mano cortar una oreja del único toro con verdaderas posibilidades del encierro. Ése fue el quinto, que sin ofrecer demasiadas esperanzas en los primeros tercios se acordó de su sangre Núñez en la muleta, con ese tranco de más amagando rajarse que no se acompañó de una embestida absolutamente franca. Le pudieron los nervios en alguna ocasión al utrerano, que sacó lo mejor de sí mismo en el notable y firme inicio del trasteo -resuelto con un gran trincherazo- y siempre que supo dejarle puesta la muleta al animal en su tendencia a abrirse buscando la puerta.

Había que bajarse siempre el engaño para evitar los continuos cabezazos y el trasteo, con sus desigualdades, se vivió como un oasis en medio del árido desierto que había sido hasta entonces la corrida. Una horripilante estocada que ensartó al toro derramó todas las ilusiones de Luis Vilches, que recogió la ovación desde los medios, bañado en lágrimas. No había tenido opciones con el segundo de la tarde, que fue menos malo por el pitón izquierdo aunque pasaba con la cara por la nubes y cazando moscas por el derecho. Sólo cabía demostrar firmeza.

También se presentaba en Sevilla el vallisoletano Joselillo, que además de estudiante de ingeniería, es un diestro valiente que el pasado año dio la sorpresa en la isidrada siendo un completo desconocido. Se entregó sin fisuras el universitario ante el tercero, un toro que no remataba los viajes y al que toreó, es un decir, algo mejor sobre el pitón izquierdo. En cualquier caso el toro siguió planteando dificultades, frenándose y echando miraditas. Persistió en su empeño el vallisoletano, que le arrancó una serie de mucho mérito a pesar de que su enemigo se quedaba corto, rebañando y pegando puñetazos como el que estuvo a punto de dejarle sin aire.

Joselillo lo echó abajo de una estocada baja y fulminante en la que estuvo a punto de ser prendido por el chaleco. El sexto estuvo a punto de darle un serio susto al picador Rafael Sauco cuando quedó atrapado debajo de su montura después de ser estrepitosamente derribado. Visiblemente dolorido, el piquero pudo volver montado al patio de caballos mientras arreciaba el desconcierto en la lidia. Ese sexto se dejó sin más en la muleta, pasando con sosería, dejándose torear por Joselillo sin que éste encontrara eco a sus esfuerzos hasta prolongar la faena, que tuvo todo el mérito, sin que aquello navegara ya a ningún puerto. Bastante fue con que los tres espadas salieran andando.

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