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Un precepto del Islam

Llovía a raudales y apenas se veía tres palmos por delante del parabrisas, el mapa que nos dejaron era del año catapún y la carretera, siendo benévolos, no pasaba de tercera categoría.

el 14 sep 2009 / 23:36 h.

Llovía a raudales y apenas se veía tres palmos por delante del parabrisas, el mapa que nos dejaron era del año catapún y la carretera, siendo benévolos, no pasaba de tercera categoría. Íbamos perdidos desde Marrakech hasta Azrou y no sabíamos bien si ir para un sitio o para otro. El caso es que eran ya cerca de las once de la noche, no habíamos comido y no se veía a nadie por ningún sitio. En un cruce, paramos a preguntar por una gasolinera. La más próxima estaba en medio de la nada a la entrada de un pequeño pueblo. Así que necesitados de referencias y de combustible, nos encaminamos hasta allí para llenar el depósito y comprar algún tentempié.

Cuando llegamos, aquello parecía más bien un hangar destartalado, y lo que semejaba ser una aldea, no era más que un rebaño lúgubre de casas arracimadas. Con mi escaso francés interpelé al dependiente para que nos indicara un sitio donde picotear. El dispensador, muy amable -en Marruecos la gente es extremadamente afable-, nos dijo que lo sentía, pero que no tenía nada y que a esas horas ya no quedaba ningún local abierto. Mientras, contemplando la escena justo detrás de nosotros, un adolescente inflaba una rueda de bicicleta. El chaval, enjuto y vivaracho, se acercó al oír la conversación. "Aquí al lado tengo una tienda y no me importa abrirla para daros algo" -comentó con naturalidad-. "Lo único que os pido es que no os demoréis mucho, tengo un poco de prisa, voy a la mezquita para el último rezo del día y todavía me quedan unos kilómetros antes de llegar".

No, no tenéis que darme las gracias, no hace falta, yo soy muy religioso, muy creyente, y este es uno de los preceptos del Islam: atender al extranjero, ser generoso con quien lo necesita" dijo humildemente. Como las viandas no costaron ni cinco euros, decidimos dejarle el doble en propina por la molestia y las atenciones prestadas. El muchacho, pobre donde los hubiera, sonrió con cara de sorpresa, negó con la cabeza y de muy buen grado nos invitó a que nos fuésemos antes de que se hiciera más tarde.

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