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Cofradías

Un pregón clásico asentado en las virtudes teologales

Pérez Franco fue ovacionado en 28 ocasiones a lo largo de dos horas y cuarto de disertación

el 25 mar 2012 / 13:13 h.

Tantas eran las cosas que el pregonero quería contar desde ese atril que, a pesar de haberse autofijado como límite las dos horas de duración para el acto completo, himnos incluidos, Ignacio Pérez Franco prefirió ayer arriesgar y aferrarse a una de esas máximas que dispensan desde su docta experiencia los expregoneros que en la vida han sido: todo lo que no digas sobre esas tablas quedará por decir. -->--> --> En el día en que Fernando Alonso volvía a subir al escalón más alto del podio, el pregón del exhermano mayor del Baratillo estuvo en un tris de batir el récord de duración de los discursos-anuncio de la Semana Santa: dos horas y cuarto pasadas, a escasos minutos de la pole, que aún conserva el pregonero de 2009, Enrique Henares. El peor enemigo del pregón de Pérez Franco fue el reloj. Tanto es así que, transcurrida la hora y media de disertación, y viendo los folios que aún le quedaban por desgranar, el pregonero se vio obligado a realizar un ímprobo esfuerzo de lectura rápida que acabó pasándole factura a sus cuerdas vocales. Ése fue el único pecado en que incurrió el pregón de un cofrade y de un creyente, muy versado en citas bíblicas -fruto de su profunda formación cristiana y teológica­-, con una veta poética notable (sonetos, décimas y romances), y cuyo hilo argumental se sustentó en los pilares de las tres virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad. -->--> --> Con la misma medalla al cuello que le acompañó de chiquillo en sus primeras salidas como nazareno del Baratillo, luego de costalero y más tarde como hermano mayor, Pérez Franco dictó un pregón clásico en sus formas y en su entonación, auténtico y muy vivencial, desprovisto de la carga moral de otros mítines, y al que asomaron sólo las 60 cofradías que procesionan a la Catedral (ni una sola mención a las vísperas, cuyo delegado en el Consejo no acudió al almuerzo homenaje al pregonero ante la indignación que reinaba ayer tras el pregón entre las cofradías del Viernes de Dolores y Sábado de Pasión). ­ Arranque. Después de persignarse tras el chimpun de Amarguras, Pérez Franco engarzó a bocajarro tres cálidos sonetos sobre la espera soñada de una nueva Semana Santa. "(...) ¿De dónde la razón, por qué sentido/ Tú marcas la etapas de mi vida/ Si tan sólo son siete tus latidos? (...)". Fue un bello arranque para un pregón en el que su autor realizó una encendida defensa de la Semana Santa como parte inseparable del alma y el ser de Sevilla "por más que algunos de los hoy llamados pomposamente librepensadores consideren que esta celebración (...) es un lastre para el desarrollo y la evolución de la ciudad". -->--> --> Metido al papel de exégeta de una fiesta cuya única raíz, dijo, es "la fe de los sevillanos en Jesucristo", el pregonero enarboló en un discurso casi antropológico la "misión catequética" de las cofradías, de las que dijo son "una proclamación visible de la Palabra de Dios", al tiempo que desmenuzó cómo es la relación que entabla el sevillano con las imágenes: "Una relación que trasciende a la mera belleza material pues se las mira con los ojos del alma ante los cuales siempre serán, por amadas, las mejores y más hermosas aunque no hayan salido de las gubias más ilustres ni pese sobre ellas la antigüedad de los siglos". -->--> --> El orador se detuvo también en ese amor generoso y desmedido que las cofradías de Sevilla sienten hacia la Virgen, como queriendo "suplir el silencio que el Evangelio guarda de Ella en el relato de la Pasión, donde sólo aparece en el momento crucial, cuando la encontramos al pie de la cruz con San Juan y las Santas mujeres", iniciando a partir de ahí un recorrido por las advocaciones con las que las cofradías honran a la Madre de Dios. -->--> --> Pérez Franco criticó ese experimento municipal de aforar algunas calles y bendijo el fenómeno de la masificación en torno a los cortejos. "¡Ay del día en que nuestras hermandades atraviesen calles solitarias, sin el calor de los sevillanos!". ­ Actualidad. No faltaron en su discurso algunas referencias a asuntos de reciente actualidad, como el recuerdo, sin nombrarlo, al fallecido saetero Pepe Peregil o la mención al robo de las bambalinas de plata de la Virgen de la Cabeza, "una plata que empañaron, esperemos que no para siempre, las manos de la codicia". Adentrándose ya en el segundo pilar de su pregón, la Esperanza, Pérez Franco también fijó sus ojos en los miles de jóvenes que pueblan las nóminas de las cofradías, para los que el Señor del Soberano Poder, con su andar decidido y firme, debe constituir, dijo, una invitación "a desentonar en esta sociedad acomodada y conformista de hoy, sin miedo a confesar, en todos los ambientes y ante los Caifás de turno, que sí, que somos cristianos (...)". El pregón, que había caído en una cierta monotonía debido a su duración, se vino arriba con los versos populares y de perfecta declamación que Pérez Franco decidó a la Esperanza de Triana y a la Macarena, contando cómo la Virgen del Arco acabó reclutando a un trianero de cuna en su legión de devotos. La caridad, última virtud teologal, y la labor asistencial, variada y extensa, que realizan las hermandades y que "no conoce de fronteras" ocuparon los últimos folios del pregón de Pérez Franco. Su padre fue el encargado de hacerle entrega la noche del sábado del pañuelo que ya sostenía la Virgen de la Caridad bajo su paso de palio. Al hombre que le "inculcó este amor apasionado por mi Virgen morena del Baratillo" homenajeó el pregonero antes de ponerse a las plantas de su Cristo para dedicarle su postrera oración con un sencillo verso de acción de gracias.                

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