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Un regalo para mantenerse a flote

Casi 200 personas en situaciones de exclusión social viven en el centro del barrio de la Macarena que los acoge para salvarlos del abismo.

el 04 sep 2011 / 18:43 h.

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Gift, de seis años, es uno de los 'inquilinos' del centro de acogida municipal.

El niño tiene seis años y se llama Gift, que en inglés significa "regalo". Quizá él aún no es consciente de que el primero que recibió fue nacer. Lo hizo el mismo día en que su madre, Rachel, de 28 años, llegó a España en una patera procedente de Marruecos. Tan sólo unas horas después de arribar en Algeciras dio a luz a su hijo. Él fue, también, un regalo para ella, el que le permitiría quedarse legalmente en España y cumplir, pensaba ella, todos sus sueños de niña.

Porque uno no arriesga la vida, y aún menos la vida de quien lleva dentro, si no tiene una razón poderosa y Rachel tenía una: su futuro. Ella, que nació en Nigeria, creía que España iba a ser poco menos que la solución a todos sus problemas y la respuesta a todas sus aspiraciones. Ella, que fue una buena estudiante, quería ser abogada, aunque su madre le recomendó que estudiara enfermería "porque siempre cuidaba a todo el mundo". Pero se quedó en eso, en un consejo. "Cuando llegué, vi que las cosas eran diferentes", cuenta en un perfecto español. Ahora, tras seis años de peregrinaje por Cádiz, Sevilla y Córdoba, todas sus esperanzas se acumulan en un apartamento del módulo de familias del centro de acogida municipal , en el barrio de la Macarena.

Si hubiese que definir este inmenso lugar, uno de los centros más grandes de España -sólo hay uno similar en Zaragoza- con 185 plazas de las que todas, excepto 20, son de residencia, sería algo así como un almacén de sueños. Quienes llegan son personas cuyos planes sufrieron un revés que vino en forma de enfermedad, de exclusión, de adicción o de un cúmulo de desgracias que en algún momento parecieron no tener fin. Su estancia es un paréntesis, un rescate antes del hundimiento que les da tiempo y recursos para poder salir a la realidad con nuevas fuerzas. Eso es exactamente lo que quiere José.

Es jueves, media mañana. En el patio del centro de acogida municipal los usuarios matan una mañana de calor. Algunos se resguardan al fresco de la sala de televisión, acristalada y llena de butacas y sofás, aunque con la pantalla apagada porque para ver la televisión, como para casi todo en este lugar, hay un horario. Fuera, varios grupos juegan al dominó junto al jardín y la huerta que ellos mismos cultivan. Hay de todo: ancianos, enfermos, adolescentes... Y hay quien tiene otros pasatiempos.

José Sáez, de 30 años, se esmera en adecentar la escalera que da acceso a los módulos de estancia en el centro. Con una espátula, arregla las molduras hasta que se ofrece a hablar.

-¿Quieres que pongamos tu nombre en el artículo?
-No me importa. Total, después de todo lo que he vivido, para qué esconderse ahora.

José, que es de Sevilla, lleva dos meses viviendo aquí y cuatro de abstinencia, dentro de un programa de rehabilitación que pretende alejarlo de las drogas. Ellas entraron en su vida cuando tenía 16 años hasta que llegó un momento en el que dijo basta. "He perdido a mi mujer, a mi hijo, que tiene ocho años, mi trabajo...". Antes de aterrizar en el centro de acogida estaba en la calle. Ahora, dice, está "contento". Acude a un grupo de terapia en Pino Montano y espera que se cumplan todos los pasos del proceso: pasar a una comunidad terapéutica, con la asistencia de médicos y psicólogos, para después ir a un piso de reinserción "cuando uno esté limpio".

Las cosas dentro del Centro también se hacen así, por pasos. La mayoría de quienes llegan lo hacen tras permanecer en la lista de espera, en la que actualmente hay unas 100 personas, de las que sólo 10 o 15 son mujeres. Los porcentajes se repiten entre los usuarios. No obstante, cuando es una mujer la que llega, su situación suele ser extrema.

"Las circunstancias de las mujeres que llegan son bastante más complejas que las de los varones", explica la directora, Sonia Morán. "Ellas suelen tener problemas de salud mental, de adicciones, incluso de prostitución, además del estigma de que son las responsables de una familia... Algunos casos son muy críticos".

Aún así, es difícil buscar perfiles, como recalca la directora. El centro es un amalgama de personas con circunstancias muy dispares, desde adolescentes, la mayoría de ellos inmigrantes y que no suelen tener parientes cercanos, hasta jóvenes con 20 o 22 años, también inmigrantes y que están buscando un empleo o ancianos que viven solos y están a la espera de una plaza en una residencia. Y enfermos, y familias enteras, y personas en riesgo de exclusión porque han perdido su empleo y han sido desahuciados... "La gente tiene prejuicios y piensan que quien está en este tipo de centros es un hombre en malas condiciones, con barba y un cartón de vino. Pero no es así", denuncia la directora.

Por la mañana, la mayoría de dependencias del centro, sobre todo las zonas de habitaciones, están vacías: nadie, excepto los usuarios de los módulos de inserción y de familia, pueden estar en ellas. Y además de estar vacías, la mayoría están abiertas. Sus ocupantes suelen tener cosas que hacer: "Salen a buscar trabajo, al médico, a hacer cursos de formación... A las nueve de la mañana tienen que estar fuera". A esas horas, los únicos que pueden andar por esos pasillos son los trabajadores, los otros habitantes de este centro.

Son 60 y pertenecen a la empresa Grupo Cinco, responsable de la gestión de este servicio municipal. La mayoría son jóvenes y muchos no pueden evitar implicarse con las historias que pasan por aquellas paredes. Hasta el punto de que el guardia de seguridad que vigila la puerta es capaz de pedir a la recepción que encarguen un cinturón para Roberto, un viejo conocido al que los pantalones le quedan grandes. "Hay situaciones muy crudas, quizá de alguien a quien conoces bien y ves que no acaba de terminar el proceso y te llevas la historia a casa", cuenta la directora. "Pero también reconforta cuando la gente que ya se ha ido te viene a ver". Sobre todo los más pequeños. Desde 2009, el centro tiene en funcionamiento un módulo de familias , lo que permitió que los menores entraran en el centro. Y aquello, en parte, afectó a todos.

El módulo de familias consiste en un pasillo con nueve apartamentos en los que los pequeños viven con sus familias. La mayoría son inmigrantes, cumpliendo con el patrón del resto de los usuarios, de los que el 70% tienen nacionalidad extranjera. Ellos tienen ciertos privilegios, como no tener que abandonar sus habitaciones, tener una sala de televisión para ellos o comer a una hora distinta en el colegio. Pero también tienen un problema, nada menos que explicarle a los niños qué es este lugar y por qué, de la noche a la mañana, se ha convertido en su nueva casa.

"La primera semana es dura, pero se adaptan deprisa y luego no se quieren ir. Los monitores se convierten en sus referentes, quienes los llevan al colegio o al parque y también les cuesta separase de ellos", relata Morán.

Otros son demasiado pequeños como para darse cuenta de dónde están. Como Paula, que tiene sólo cuatro meses y la mitad de su corta vida la ha pasado entre estas paredes. Su madre, Ioana, de 20 años y nacida en Rumanía, estaba sumida en la preocupación hace un par de semanas: ni ella ni su pareja tenían trabajo, su niña lloraba más desde que estaban en el centro y, simplemente, querían tener su propia casa. Sólo dos semanas después, su cara ya era otra historia. "¿Sabes qué? ¡Que tengo trabajo! ¡Tengo trabajo!", exclamaba. Era en una pizzería y ya estaba buscando un piso de alquiler.

La suya era, de nuevo, la prueba de que este almacén de deseos funciona, de que estas paredes le han dado dos meses de salvavidas para, después, seguir adelante. Eso es lo que quiere Rachel.

A ella las cosas se le han complicado últimamente. Después de batallar durante meses para que su marido saliera de un centro de inmigrantes de Ceuta, cuando ya tenía un pie fuera le dijo que no se iba con ella, que tenía otra mujer, otro hijo, otra vida. Así que ella se dio la vuelta con su hijo, su regalo, Gift, que ajeno a todo, sigue jugando en el pasillo del módulo de familias con dos niños marroquíes. "Yo sólo quería tener mi coche para llevar a mi niño", cuenta junto a la ventana de su apartamento. Ahora sólo quiere un trabajo y salir de allí y tener su piso para ella y para su niño, que ya sabe leer y entiende el inglés que ella le habla y tiene sueños claro, pero no los suyos propios, sino los que su madre tiene para él. Quizá ella se ha olvidado de los que un día tuvo pero lo que no quiere es que él, como ella, no pueda cumplirlos.

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