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Un rockero, Miguel Bosé, que triunfó con lo de siempre

Con ‘Sevilla', ‘Don Diablo' y ‘Café', el músico logró llevar arriba un concierto algo alicaído.

el 23 sep 2012 / 07:32 h.

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El presidente de la Junta, José Antonio Griñán, con Chaves, actual líder del PSOE-A.
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Hace dos días Miguel Bosé decía a este periódico que su carrera estaba "llena de cumbres". El problema es que cuando estos picos sólo los percibe el artista. Anoche, el Auditorio Rocío Jurado se llenó (digámoslo así, seamos magnánimos, tuvo una excelente entrada) para acoger Papitwo, extensión del exitoso disco y gira Papitour. Dice el cuento que tanto va el cántaro a la fuente... el de ayer no fue, seguro, el mejor concierto de su carrera. Tampoco había que poner el listón tan alto, pero el sosorrón espectáculo no deslumbró a nadie. Saldrán entonces sus fans más aguerridos a contar que ellos rozaron el cielo, pero Paco, un veterano seguidor de Almendralejo, nada sospechoso de no tener todos los discos del panameño originales, espetaba desde su asiento en la grada: "¡Vente arriba, vente arriba hombre, Miguel, no te vayas a dormir ahora!" Y su campechano sentir era el de casi toda la legión.

Mucho tema nuevo que ni ha ido ni irá a ningún sitio y, lo peor, una sonorización muy deficiente. Las voces en los coros eran una maraña y cuando Bosé no gritaba, si no cantaba, no se entendía una palabra. Hubiera estado bien que la organización proveyera de hojitas con las letras, como en las misas de barrio. A favor del artista hay que confesar que él sí que se cree su función de principio a final. Con exacta puntualidad se plantó en el escenario. Y lo que prometió ser un espectáculo en el límite del ‘más difícil todavía' pronto quedó en una competente aunque algo simplona coreografía rocker en la que los pantalones rosas chillones y las camisas estampadas refulgían casi tanto como las muy vistosas realizaciones visuales que se proyectaban en la pantalla.

Miguel Bosé es un tipo raro, algo antipático, comprometido y con un ramillete de estupendas canciones. Y en ese cóctel reside su encanto. Él es el mismo personaje que en 1977 se coló en una obra maestra del cine de terror italiano, Suspiria, y que en 1994 se metiera en la piel de un obseso fetichista de los pies de Enma Suárez en Enciende mi pasión. Dos cintas de culto que valen bastante más quilates que buena parte del repertorio que ayer trajo. Pero si se compra a Bosé se le compra con todo, con sus películas, con sus tics, con sus hits y con las coplillas que pasaban por allí.

Hubo momentos esmerados. Como cuando atacó Duende en medio de una escenografía arrebatadoramente retro y con toda la banda desfilando por el escenario, un poco a lo Pet Shop Boys, otro poco a lo desfile de marineritos. Regalando posturitas de estrella y jaleado por los fans, pronto el concierto se asentó en la mejor época del músico, esos años 80 que no se cansa de invocar y que tan bien le sientan todavía hoy a Los chicos nos lloran, uno de esos temas que hacen de Bosé un músico importante para el pop español.

Con Sol forastero hizo un guiño a sus orígenes latinos y a su público americano. Por medio, Miguel Bosé tomó el micrófono para, en unos discursos poco claros -como si no quisiera mojarse del todo- hablar de inmigrantes y desahuciados, de malos tiempos en fin. El público le oyó con interés pero el alegato no vino acompañado de ninguna buena canción y sí de un rockero y machacón tema antibelicista con batería y guitarras transmutadas en cañones de Navarone.

Te diré y Morir de amor supusieron el inicio de lo mejor, ese salto atrás que tanto aguardaba la audiencia -la pionera y aún la recién enganchada- y que estalló en gozo cuando Bosé y su banda defendieron Don Diablo con maneras de grupo flamenco. Con Linda llegó el tema de los mecheros (o de los móviles en los tiempo que corren) que no puede faltar en cualquier recital de cantante melódico. Y si alguien lo dudaba, con Sevilla -sin medias tintas, la mejor canción dedicada a esta ciudad, con permiso de Rocío Jurado y Los del Río- el regocijo fue total. A ver si al final había merecido la pena y todo pasar por taquilla. Pues todavía quedaba la pegadiza Bambú y Café. Sin sorpresas, aguardando sus grandes temas y dejándole canturrear por medio. Así pasó.

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