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Un silencio que dice mucho

En el Aben Basso, aprender a comunicarse es lo más importante

el 26 feb 2010 / 20:51 h.

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Una alumna realiza un ejercicio para trabajar la movilidad de sus manos

Siempre se sientan juntas en clase y, sin hablar, se dicen mucho. Paola y Rabab tienen parálisis cerebral pero, como el resto de niñas de su edad, asisten al colegio cada día. Sin embargo, en el suyo, el Aben Basso, las matemáticas o la lengua quedan en un segundo plano porque la asignatura más importante para ellas es encontrar la manera de poder comunicarse con el resto del mundo. Mercedes Sanromá es la mujer que lleva 30 años al frente del centro y mañana le será impuesta la Medalla de Andalucía en reconocimiento a su labor con estos niños, que tienen entre 3 y 21 años.


El Aben Basso es un colegio público especializado en discapacidad motórica en el que un equipo compuesto por profesores, monitores, psicólogos y personal médico trabaja cada día para que puedan hacer, dentro de las limitaciones que les marca su parálisis cerebral, una vida lo más normal posible. Aquí, "ningún alumno se parece a otro y su enseñanza es completamente individualizada", como asegura su directora.


En apariencia es un colegio como otro cualquiera, pero en cuanto uno atraviesa el umbral de la puerta le queda claro que allí todo es diferente. Lo es porque el despacho de la psicóloga está repleto de herramientas que utiliza para adaptar juguetes y todo tipo de artilugios de fabricación casera que sirvan para estimular a los alumnos. Lo es también porque cada clase tiene un rincón para leer, otro para jugar, otro para dormir... Pero, sobre todo, es diferente porque aunque la mayoría de los alumnos no tiene la capacidad de hablar -muchos ni siquiera pueden oír ni ver-, entender y hacerse entender es lo más importante.


No lo es menos llevar a cabo ejercicios de rehabilitación para mejorar la capacidad motora de los niños, afectada a causa de la parálisis cerebral. Las clases en el Aben Basso suelen tener unos cinco alumnos y es así también en el gimnasio, donde cada uno trabaja sobre aquello que más necesita. Christian es ecuatoriano y, con 16 años, también "sevillista sevillista". En la clase de gimnasia le toca esta mañana "subir y bajar escaleras". Julia, sin embargo, no se sostiene sola en pie y su ejercicio "busca que no se le retraigan los músculos". Lo explica Juan Gutiérrez, el médico del centro y el encargado de aplicar el tratamiento en coordinación con las unidades de parálisis cerebral de los hospitales que llevan el seguimiento de sus casos. Su objetivo, y el del monitor que lo acompaña, pasa porque logren "un mayor control del cuello, el tronco o que sean capaces de pasar de la silla de ruedas a la cama o viceversa". Saber que la enfermedad que tienen es irreversible no le desanima porque, dice, "no sabemos con certeza cómo evolucionarán pero sí los progresos que hacen". De hecho, cuenta, "estamos trabajando para formar con los más mayores [con espína bífida] un equipo de baloncesto".


Las deformaciones que, con el tiempo, sufren las personas con parálisis cerebral no pueden evitarse aunque sí frenarse. Esa es precisamente la principal misión de las bañeras de relajación (tanques huber) por las que pasan varias veces a la semana los alumnos del Aben Basso. Begoña Carreter es una de las monitoras que -junto a varios fisioterapeutas y educadores- se encarga de este ejercicio que, explica, "forma parte también de la estimulación sensorial". Además, los movimientos en el agua -permanecen sumergidos unos 20 minutos- son "mucho más fáciles", por lo que además de empezar el día más relajados "logramos reducir la tensión de sus músculos".


 A clase. Los espacios en el Aben Basso son coloridos y en ellos la música, los cascabeles y todo tipo de decoración que pueda estimular a los alumnos -en la conocida como sala de estimulación utilizan hasta fibra óptica- son una prioridad. Helena tiene siete años y sus grandes ojos negros son su única voz. Pero eso no le impide entender las instrucciones de su profesora, que ha hecho del ordenador el protagonista de su clase de hoy.Y es que la tecnología se ha convertido en uno de las grandes aliados en la educación especial porque, muchas veces, es el único camino para facilitarles "comunicación alternativa". Así lo asegura Setefilla López, que además de la psicóloga del centro es la responsable de todo lo relacionado con la comunicación. "Tenemos que darles la oportunidad de que digan lo que piensan", insiste.

Los pictogramas o dibujos son la base de esta otra manera de hablar y eso lo sabe bien Tavira, de 20 años. La parálisis que padece apenas le permite moverse ni articular palabra alguna. Poco podía imaginar cuando llegó al colegio hace unos tres años que un día podría tener una conversación.

El milagro lo logró un pequeño ordenador que, a través de un sistema informático que ella misma maneja, es capaz de combinar 30 pictogramas para construir unos 30.000 mensajes diferentes. Rebeca y Antonio comparten clase y ellos, que tienen muy reducida su capacidad motora a causa de la parálisis, sí que tienen nociones de escritura y estudian asignaturas de segundo de Primaria. A ella, que es boliviana y tiene 14 años, le encanta "leer cuentos en casa" y él, de 20, es capaz de explicar a cualquiera que le pregunte por qué el Día de Andalucía se celebra el 28 de febrero y no el 4 de diciembre, como correspondería.

Algunos de sus compañeros de clase están más afectados y ni siquiera pueden hablar pero su sola presencia y las discusiones sobre fútbol sirven para arrancarles una sonrisa.En los casos en los que su enfermedad lo hace posible, el equipo del Aben Basso se encarga de proporcionar a los alumnos formación en labores administrativas de cara a su inserción en el mundo laboral. Es el caso de Marcos, al que le encantan los ordenadores, sobre todo "el chat y el tuenti" y también "nadar y el baloncesto". Él, al igual que sus compañeros, "ayuda cada lunes en la secretaría del centro" a modo de prácticas, explica la profesora, Josefa Mateo. La historia del Aben Basso comenzó en 1978 cuando un grupo de padres, que contaron con el apoyo del doctor Miguel Toledo, empezó a luchar por la escolarización de estos niños.

Primero consiguieron que la Junta habilitara para ellos una pequeña habitación, luego un chalet y, finalmente, un edificio en el barrio de Bellavista, en la capital hispalense. Desde el principio, una profesora nacida en Arzuaga (Badajoz) pero "muy andaluza", Mercedes Sanromá, se volcó en un centro, considerado hoy como uno de los mejores de toda Europa. Eso y, sobre todo, su cariño y dedicación, le hacen merecedora de la Medalla de Andalucía.

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