Cultura

Un torrencial Raphael puso a sus pies el Maestranza

Al escritor Italo Calvino le habría bastado acordarse de Raphael cuando se propuso definir qué es un clásico. Fuera del tiempo y del espacio, el artista vino, cantó y venció en el Maestranza tras dos horas y media de música casi ininterrumpida.

el 14 sep 2009 / 20:58 h.

Al escritor Italo Calvino le habría bastado acordarse de Raphael cuando se propuso definir qué es un clásico. Fuera del tiempo y del espacio, el artista vino, cantó y venció en el Maestranza tras dos horas y media de música casi ininterrumpida.

Mucho público, y de lo más variopinto, llenando hasta la bandera el coliseo sevillano. Aplaude sin descanso, se pone en pie, acompaña el ritmo con las palmas, tira claveles al escenario, grita '¡eres el mejor, eres único!' Entrega total desde el minuto uno, cuando salta y arranca a capella con el A veces me pregunto de Perales. ¿Qué tiene Raphael para suscitar estas pasiones? Él mismo da la pista anunciando que va a interpretar "éxitos míos de los 60... de los 70... de los 80... de los 90... del 2000..."

Quien resiste gana, y Raphael es un talento resistente. Sigue con Ahora, alto y claro; con La noche, con Provocación, con Somos, el bolero de Mario Clavel interpretado con ímpetu, con Mi gran noche de Adamo, Cuando tú no estás, Desde aquel día, una versión muy ye-yé de Estuve enamorado de Manuel Alejandro, la lejanísima Al ponerse el sol... Y aquello no había hecho más que comenzar.

Raphael aparece sobre las tablas con su chaqueta al hombro, una imagen miles de veces repetida en los gags de sus imitadores, "de los que jamás he recibido una peseta de derechos de autor", dice el artista. Y da en el clavo. Sus andares característicos, sus morisquetas histriónicas, sus modulaciones de voz torrencial, sus sonrisas indescriptibles, han conformado a una figura pública que es la mejor parodia de sí mismo. A su compadre Julio Iglesias lo derrota cualquiera en ese anuncio de relojes que echan por la tele, pero Raphael es invencible haciendo de Raphael. La máscara que se creó alguna vez (¿en los 60, en los 70...?) ha acabado fundiéndose con el rostro.

Y ésa es la faz que quieren ver, besar, venerar sus incondicionales de ayer, de hoy y de siempre, los que se levantan una y otra vez para aplaudir esa inquietante Ave María interpretada de espaldas al público, dirigiéndose a un foco cenital como si fuera Marcelino Pan y Vino, la airosa Digan lo que digan, Tema de amor, Cierro mis ojos, la apoteosis de Yo sigo siendo aquel y la apoteosis al cuadrado de Gracias a la vida, que el respetable del Maestranza no le habría ovacionado tanto ni a la mismísima Violeta Parra.

El track-list, que es el papelito donde se escribe el orden de las canciones y se pega en el atril o el escenario, era más larga que el rollo de ese otro anuncio, donde aparece un perrillo casi momificado en celulosa.

Largo, sí, exhaustivo, el repertorio de Raphael -¡y no olvidemos En carne viva, y Escándalo y...!- pero cargado de evocaciones, emociones, momentos, claves íntimas, teclas de la sensibilidad que el cantante pulsa una y otra vez, hasta rendir a sus pies a un patio de butacas literalmente enamorado.

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