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Un trabajo de cine

Tras la gran pantalla trabajan unos actores muy diferentes. Los empleados de un cine de Sevilla Este muestran al lector en qué ha quedado el famoso romanticismo del viejo cinematógrafo.

el 11 abr 2010 / 21:11 h.

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Al compás de la banda sonora de Piratas del Caribe o de Los chicos del coro, uno se sumerge en la magia del cine, atraviesa un largo pasillo sin la más necesaria compañía que un buen cubo de palomitas, muestra su entrada al acomodador y se preparara para disfrutar de uno de los últimos estrenos mientras reposa su espalda en unos de esos 315 confortables butacones que componen la sala de cine. Este recorrido, que para la mayoría no es otra cosa que disfrutar de un par de horas hipnotizado por los entresijos de una historia narrada en la gran pantalla, para otros significa el transcurso habitual de su jornada laboral.

Veinte empleados componen la plantilla de los cines del centro comercial Zona Este (junto a la Glorieta del Palacio de Congresos). Trabajadores que desarrollan actividades que van desde la venta en taquilla de entradas, tiendas de golosinas, palomitas y refrescos, hasta labores de limpieza, acomodadores, operarios de cabina de proyección o gerencia del multicine. Protagonistas que viven esta película desde el otro lado, cuya pasión por el séptimo arte les hace ocupar su tiempo de ocio aprendiendo más sobre los rincones del cine; aquellos a los que los ojos de cualquier espectador no podrían llegar. Este es el caso de Alejandro Ramos: "Hace ya más de cuatro años que me sedujo la idea de trabajar tras la gran pantalla. Empecé como acomodador, pero poco a poco puse interés en adentrarme en la cabina de proyección y en mis ratos libres decidí aprender sobre una de mis grandes pasiones."

Desde este espacio todo se percibe de forma distinta; curiosos aparatos que escapan de la realidad a la que uno está acostumbrado y que dan vida al arcaico mundo del cine analógico. Con unos 150 metros cuenta la curiosa guarida que acoge sacos donde se amontonan los trozos pequeños de películas y que uno a uno, con la ayuda de tijeras y una empalmadora, los operarios unen para que puedan pasar por grandes platos metálicos, deslizándose por diferentes rodillos y cuyo viaje desemboca en el proyector. Un complejo mecanismo, al que se le suman diminutas pegatinas que luego se traducen en las distintas luces que el espectador divisa en la pantalla, así como los cambios de volumen que a veces uno no es ni capaz de apreciar, pero que son claves para mantener la atención del filme.

Artilugios de antaño que dan paso a la nueva generación del cine digital. Una sala en tres dimensiones que nace hace no más de tres meses con la gran producción Avatar, pero que "pierde el encanto del cine tradicional y uno se siente informático entre tanto disco duro y código de seguridad", comenta Alejandro. Porque con las películas ocurrirá como con los vinilos, sólo permanecerán en manos de coleccionistas melancólicos recluidos en el pasado.

Objetos encontrados en todos los rincones, desde pañales usados y preservativos hasta ropa interior de lo más sugerente. "Sólo tenemos diez minutos entre una sesión y otra para limpiar todo aquello que va dejando la gente olvidado y en más de una ocasión hemos tenido que llamar la atención a alguna parejita enamorada", comenta entre risas Raúl Fortis, empleado de Cinezona. Anécdotas y consejos que surgen entre las paredes del cinematógrafo tras larga experiencia entregados al ocio ajeno. "Las últimas filas no son las mejores para ver la película, pruebe a sentarse entre la fila 8 y la 14, agradecerá la calidad del sonido", aconseja Alberto Granados (gerente).

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