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Un valor testimonial sin igual

Teatro Lope de Vega.

Cinco horas con Mario. Obra basada en la novela homónima de Miguel Delibes.

Adaptación: Miguel Delibes, Josefina Molina, José Sámano.

Dirección: Josefina Molina.

Interpretación: Natalia Millán, Victor Elías.

Clasificación: **

el 14 oct 2010 / 06:01 h.

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Si una de las funciones del teatro es despertar las conciencias, esta obra, sin duda, cumpliría en su día con dicho cometido. Otra cosa es determinar si lo cumple en la actualidad.

Desde luego la novela homónima de Delibes, a la que esta adaptación teatral es bastante fiel, tuvo en su día el valor de la crítica al reflejar toda una forma de vida que denunciaba las carencias de nuestra sociedad durante el franquismo. Unas carencias que se muestran en el monólogo de la protagonista, Carmen Sotillo, una ama de casa que a duras penas asume su condición de clase media y su papel de fiel esposa y amantísima madre de familia numerosa.

En sus palabras Carmen va desgranado todas las miserias y sin sentidos de la vida de provincias así como todas las limitaciones y frustraciones que una mujer, por su simple condición femenina, debía asumir en la España de la posguerra.

Y para ello sólo contaba con un recurso simple, aunque plenamente eficaz: una educación cercenante, colmada de tópicos y juicios de valor donde se volcaba todo aquello que hoy se declararía como políticamente incorrecto. Por todo ello se puede decir que en nuestros días la obra tiene un valor testimonial sin igual, precisamente por esa forma de hablar de la protagonista, tan contundente como popular.

De ahí el éxito que tuvo su primer montaje, de la mano de Lola Herrera quien, con su genial interpretación, imprimió a su propuesta una carga emocional muy difícil de emular. Ese es uno de los principales escollos con los que cuenta esta nueva propuesta porque no se entiende muy bien, teniendo en cuenta la sobrecogedora interpretación alcanzada por Lola Herrera, que en esta ocasión prácticamente lo único que cambie sean los intérpretes.
En ese sentido hay que reconocer que Natalia Millán le ha echado valor, al igual que Josefina Molina. No debe resultar nada fácil competir con ese animal de teatro que se dejaba la piel en cada función.

Y como fue tanta la admiración que despertó en su día, es inevitable que el espectador, incluso aun cuando no viera el montaje anterior, pueda evitar la comparación. Y puestos a comparar lo cierto es que este nuevo montaje sale perdiendo.

La razón es sencilla y ya la hemos apuntado, toda la puesta en escena es fiel a la anterior que, en su día, estaba concebida para girar en torno a la magistral actuación de Lola Herrera, a su forma de implicarse con el texto y su personaje.

Natalia Millán lo intenta y lo defiende bastante bien, teniendo en cuenta que se trata de un texto de una considerable extensión y que se encuentra sola y prácticamente desnuda de elementos. Sólo cuenta con el apoyo de algunos objetos, una escenografía y un vestuario que ambientan la escena y una iluminación que, aunque correcta, se limita a seguir a la actriz en su deambular por el escenario.

Quizás por ello Natalia perfila a su papel sobre todo con el tratamiento de la voz y, aunque demuestra una inmejorable técnica vocal, no llega a transmitir toda la carga emocional que requiere el personaje. No obstante, hay que reconocer que, aunque al principio su interpretación resulta un tanto fría y precipitada, acaba tomándole el pulso, sobre todo en la escena de la confesión, con la que Delibes nos regaló todo un ejercicio de burla dramática.

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