Cofradías

Un viejo barrio que no se entiende sin El Baratillo

La calle Adriano se quedó pequeña porque cientos de cofrades quisieron ver en directo la salida de la señera hermandad del Arenal

el 16 abr 2014 / 23:25 h.

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La Virgen de la Piedad y el Cristo de la Misericordia en su paso esperando el momento de la salida. / Pepo Herrera La Virgen de la Piedad y el Cristo de la Misericordia en su paso esperando el momento de la salida. / Pepo Herrera MÁS FOTOS EN LA FOTOGALERÍA El Arenal es uno de los pocos barrios, puede que el único, que mantiene una idiosincrasia propia a pesar de estar en el centro de Sevilla. Buena parte de sus vecinos siguen siendo los de siempre y un buen puñado de pequeños comercios tienen la fortuna de seguir ahí al pie del cañón después de muchos años. Este barrio gira durante todo el año en torno a dos grandes ejes, la Semana Santa y la plaza de toros de la Real Maestranza. Baratillo y Baratillo. Hermandad y plaza se unieron ayer para la salida de la cofradía de la calle Adriano. La del barrio, la torera, la que regala Piedad, Misericordia y Caridad allá por donde pasa –ahí está la esencia de todo– dejó miles de sensaciones y emociones durante la tarde de este miércoles, una por cada persona que presenció la salida de la cofradía del barrio. Decimos que fueron miles porque realmente fue así. Las hermandades de barrio suelen tener bastante tirón en el mundo cofrade y desde primera hora de la tarde la calle Adriano se fue poblando de cofrades que estaban ansiosos por ser los primeros en ver el elegante cortejo que tiñó la tarde de ese azul tan característico que solo se puede denominar azul baratillo. Ni el calor que apretaba un par de horas de la salida del cortejo fue obstáculo para que los más baratilleros ya formaran pequeños corrillos alrededor de la puerta de la pequeña capilla. Al mismo tiempo, la tarde iba regalando otra estampa –inédita para la mayoría de los sevillanos– que confirma que esta hermandad puede sentirse la más torera, con permiso de San Bernardo. El largo cortejo de nazarenos que va entrando por la calle Gracia Fernández Palacios tiene el honor de formar en el interior de la plaza del Baratillo –su plaza– y la estampa que ofrecen los tendidos y alrededores del coso llenos de nazarenos aguardando su turno para comenzar su estación de penitencia a la Catedral debería ser algo de visita obligada, al menos, una vez en la vida. Con toda la cofradía organizaba ya sólo faltaban que se abrieran las puertas de la capilla y todo transcurriera como estaba previsto. Y así, fue. Pasadas las cinco y media de la tarde sonó el cerrojo y las dos hojas del templo se abrieron para regalar otra estampa cargada de sabor baratillero:el paso de la Piedad con su Hijo yacente a pocos metros del dintel mientras la Caridad esperaba en su palio justo detrás. Los nazarenos comenzaron a desfilar por el lateral por el paso. El cortejo enfilaba Adriano buscando Pastor y Landero mientras el capataz, Julián Huertas, ordenaba a la cuadrilla el pequeño retranqueo del misterio para cuadrarlo frente a la estrecha puerta de la capilla. La salida siempre es difícil y Huertas no quería que nada ni nadie pudiera perturbar su trabajo. «Que no haya nadie aquí por favor», ordenaba a uno de sus auxiliares. Yasí fue. Nada lo perturbó y la cuadrilla con un tacto y una suavidad tremenda logró que el paso saliera a la calle a pesar de que entre la canastilla y el dintel no había hueco ni para el aire. La banda del Sol tocó la Marcha Real para anunciar a todo el barrio que la Virgen de la Piedad y el Cristo de la Misericordia ya estaban de nuevo con su barrio. Huertas, emocionado con lágrimas en los ojos, repartía abrazos y recibía felicitaciones a diestro y siniestro. Ya sólo quedaba un paseo triunfal por las calles de Sevilla. Con el misterio en Pastor y Landero tocaba el turno del paso de palio de la Virgen de la Caridad. Los nazarenos seguían saliendo de la capilla y en los últimos tramos ya se comprobaba que muchos nazarenos llevan años y años acompañando a la Virgen. Bastaba con mirar sus manos llenas de sabias arrugas para saber que son ya muchas estaciones de penitencia portando un cirio para rendir culto a sus titulares. Con todo el cuerpo de nazarenos en la calle ya sólo faltaba que tocara el martillo el capataz, Rafael Díaz Talaverón, que aprendió el oficio de su padre y ahora lo enseña a su hijo, Rafael Díaz Algaba. Mientras, el abuelo, Rafael Díaz Palacios, también estaba allí viendo como la dinastía familiar de hombres del martillo está más que asegurada. Díaz Talaverón no quería tampoco dejar nada al azar y antes de poner el paso en la calle ordenaba y mandaba dónde debía estar cada uno. «Olivera, tú pones uno de los zancos», pidió a un hermano que ya no puede ir bajo el paso y que sufrió muchísimo más viendo la cofradía que soportando kilos y kilos en su cuello durante varias horas. Estas pequeñas historias son las que hacen grande la Semana Santa de Sevilla. Y quien tuviera la oportunidad de ver la salida de la Caridad también pudo ver como lo costaleros que no iban bajo las trabajaderas fueron los más caritativos del mundo ayudando a quienes iban bajo el paso. Hacía falta sostener el paso por los respiraderos para aliviar de kilos a quienes estaban avanzando cuerpo a tierra para sacar el paso de palio. Los gestos de sufrimiento eran más que evidentes al tiempo que denotaban felicidad por ser partícipes, un año más, de que la Virgen de la Caridad ya estaba de nuevo en la calle y se encontraba por fin cara a cara con sus vecinos del barrio. Un barrio que volvió a sentirse cofrade, torero, y que le llaman El Arenal.

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