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Una cola de altos vuelos

Los pasajeros pasan horas de trámites en San Pablo por las cancelaciones. Los viajeros han dictado sentencia: la culpa, a los controladores, aunque también le dan algún que otro 'palito' al Gobierno.

el 04 dic 2010 / 21:51 h.

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Los pasajeros se amontonan -y desesperan- ante el mostrador de Iberia.

"No tengo palabras... nos están puteando". Nieves Mateos echa fuego por los ojos. Lleva semanas con la mente puesta en Londres, el que iba a ser su destino y el de tres de sus amigos. En su interior no encuentra el perdón para los controladores, a los que les desea que "los echen a todos a la calle". Eso después de vivir una pesadilla de colas interminables en el aeropuerto de San Pablo, bien en el mostrador de las aerolíneas o del operador Aena, donde se agotaron las hojas de reclamaciones.

Mientras esperaban hasta tres horas para formalizar su queja, al otro lado del mostrador sudaban la gota gorda: sin parar de moverse, los empleados de Aena trataban de contener la avalancha que les venía encima. De eso se quejó también Nieves: "del egoísmo de los controladores, que permiten que sus compañeros del aeropuerto se coman el marrón".

La megafonía pedía que guardaran cola de a uno junto a la oficina de Aena y los pasajeros respondían con cierto resquemor y pedían lo suyo: bolígrafos para rellenar las hojas de reclamaciones. Para escribir, se apoyaban en sus propias maletas o las cintas de facturación, que también se usaron como improvisado lugar de descanso.

No faltaron los momentos de tensión, como gritos por recuperar las maletas embarcadas o un cruce de insultos entre tres afectados y un grupo de taxistas, que también padecieron su particular día negro, porque, la verdad sea dicha, no hicieron negocio. El ambiente estaba, por tanto, caldeadito, aunque no se perdieron del todo las formas como el día anterior, cuando dio comienzo la huelga encubierta.

De eso fue testigo Milagros Contreras, una vecina de Su Eminencia, que parecía la única calmada pese a que lleva dos días casi encerrada en la cárcel de San Pablo. Sólo se escapó para dormir en casa. "Nos pilló casi dentro del avión y después nos marearon con retrasos cada media hora hasta que lo cancelaron y nos dijeron que viniéramos hoy [por ayer]", declaró. La explicación la dio con la contención que da pensar tantas horas en los pasillos del aeropuerto. Es más, fue la única, que desistió de hablar de los controladores. Sí que habló, en cambio, de lo que sentía. "Yo al menos iba con mis dos amigas a disfrutar de Tenerife, pero había a mi lado una mujer que volaba porque se le estaba muriendo la madre", comentó.

A las Islas Afortunadas -que para nada lo han sido estos días- iba María del Carmen López. Se desplazó a San Pablo desde Cádiz con Miguel Jiménez. En la misma cola de Vueling iba rumiando su mosqueo, ya que se iba a quedar sin ver a su hija, que la esperaba en Tenerife. Culpó de ello por igual a los controladores y al Gobierno, del que no entiende qué razón le llegó a impulsar el real decreto justo antes de un puente. "Los pulsos se pueden echar en los cuadriláteros, no en un país", expresa mientras ve que la compañía va emplazando a otros compañeros de cola "a volver el lunes". "Nos están pisoteando", afirma Miguel. Ese punto de vista lo comparte Manuel Pérez, de Olvera (Cádiz), que se quedó sin disfrutar de Estambul "por la poca vergüenza de controladores y Gobierno".

La mayoría pasó el día de una cola a otra, como en un bucle en el que no podían escapar si querían que su reclamación llegara a buen puerto. Había quien llegaba preparado, como una familia de Alanís que acompañaba a su hija y fueron para allá con sillas plegables para no sentarse en el suelo. También de la Sierra Norte, aunque de Constantina, vino un grupo de 50 personas que iban a pasar cinco días en París.Pero no hubo nada que hacer. Se fueron de vuelta a casa para pensar dónde pasar el puente.

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