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Una coyuntura desfavorable

Por si la UE no tuviera bastante con la papeleta del Tratado de Lisboa, surgen ideas como las 65 horas semanales o el cobrar por recibir llamadas.

el 15 sep 2009 / 06:43 h.

Esto es el colmo Como si la agenda europea no estuviera ya suficientemente cargada de malas noticias, léase si no el resto de los artículos de esta página, la Comisión Europea ha "lanzado la idea" de permitir a la compañías de móviles cobrar las llamadas entrantes. Es decir, que recibir llamadas costará dinero al receptor y no sólo al que realiza la llamada. Espero que esa idea no prospere por el bien de la misma idea de Europa y el aprecio maltrecho que los ciudadanos tienen de la misma.

¿Cuál es el problema del viejo continente? Europa conoció tres décadas de progresiva integración gracias al pacto entre socialdemócratas y democratacristianos, sindicatos y patronal y el apoyo social, que generó una estabilidad, prosperidad, bienestar social, libertad y respeto a los derechos humanos, nunca antes conocidos en el viejo continente. Ese paradigma está hoy en crisis y las causas son múltiples.

El hecho es que la UE está perdiendo credibilidad ante los ciudadanos, no se adapta a los requerimientos de la globalización, tiende a la regresión tras la entrada en tromba de gobiernos ultraliberales en economía y de derecha dura en las costumbres y la moral, con dependencia clara de los requerimientos vaticanistas y con tendencia creciente a la renacionalización de las políticas comunes, alimentado por el soberanismo y la eurofobia. La solución: votar socialista en las ya próximas elecciones europeas.

La directiva de las 65 horas semanales En medio de las serias dificultades económicas que atravesamos en Europa, el Consejo Europeo hace reaparecer la directiva del tiempo de trabajo, con la regresiva propuesta de permitir la semana laboral... !hasta las 65 horas! El asunto, como tantos de la compleja Europa, es largo de explicar y no tendré espacio suficiente.

En 1993 se aprobó una directiva que limitaba a 48 horas el tiempo de trabajo semanal. El Reino Unido se opuso y obtuvo una moratoria de 10 años durante los cuales un trabajador británico podía renunciar a ese límite y aceptar trabajar más tiempo. Pasados esos 10 años, Londres ha esperado a la llegada al poder de Sarkozy y Berlusconi para relanzar el tema con la sola oposición de la España de Zapatero y cinco países más.

El núcleo del problema es, además de las 65 horas, que deja en manos del empresario acordar con el trabajador individual el aumento de su jornada laboral, excluyendo a los sindicatos y los convenios colectivos. La pregunta es: ¿puéde un trabajador individualmente resistir la presión patronal si no desea aumentar sus horas de trabajo? La respuesta es no.

Retrocederemos al siglo XIX y será un duro golpe para la Europa social si el Parlamento Europeo no logra frenarlo de ahora a febrero. Se necesita una mayoría absoluta pero, ¿qué hará el PP español, por ejemplo?

El 'no' de Irlanda al Tratado de Lisboa Es una mala noticia, pero no una tragedia. Que el 1% de la población europea (los irlandeses que han votado no al Tratado de Lisboa) condicione el futuro del 99% restante, 500 millones de ciudadanos, no es razonable, ni lógico y es sólo producto del error con el que se está planteando la toma de decisión de la construcción europea.

La obsoleta regla de la unanimidad está lastrando el avance de la UE. O, dicho de otra manera, o un grupo de países se pone al frente y avanza, invitando a los demás a sumarse o a no estorbar, o Europa se paraliza. Que un pequeño país como Irlanda, que ha sido el más beneficiado de los fondos europeos hasta el punto de hacer de un país pobre, agrario y atrasado hace 30 años en una nación moderna, avanzada y próspera con una renta per cápita altísima, rechace con excusas confusas y contradictorias el Tratado de Lisboa, es una incongruencia difícil de aceptar.

18 países de los 27 ya han ratificado el tratado. El resto, entre ellos España, se disponen a hacerlo en las próximas semanas. Sólo queda la duda de la República Checa. Debemos alcanzar la finalización de 2008 con 26 de los 27 habiendo ratificado y entonces el problema no será de Europa sino de Irlanda, que tendrá que decidir si quedarse fuera o buscar una fórmula de reincorporación al conjunto.

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