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Una herencia que nadie quiere

El Virgen del Rocío trata a 25 jóvenes que han nacido seropositivos

el 30 nov 2010 / 20:22 h.

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Marcado desde el día mismo de nacer, sin tiempo siquiera de cometer el descuido de los mayores. Crece y de golpe, con pocos años de vida, le cuentan que tiene unos soldaditos en la sangre que necesitan pastillas para no caer derrotados. Con los años, se enterará que es un virus o enfermedad hasta que llega el día en el que le dicen la verdad: es portador del VIH porque se lo transmitieron sus padres.

El hospital Virgen del Rocío centraliza los cuidados a los niños que han recibido esta herencia. Son 25 jóvenes de hasta 16 años -a los que hay que añadir cinco que trata el Virgen Macarena-, cada uno con sus circunstancias: hay jóvenes adoptados, con padres inmigrantes y alguno que tiene de tutores a sus abuelos porque sus padres murieron de Sida. Acuden a la consulta del hospital Infantil, con revisiones cada dos meses y un tratamiento de por vida de hasta cinco o seis pastillas al día.

La mayoría son adolescentes, es decir, "los niños de los portadores del VIH en los años 90, cuando estaba en apogeo", explica la doctora Dolores Falcón, pediatra especializada en enfermedades infecciosas y parte del equipo de la consulta de infección por VIH en adolescentes del hospital Virgen del Rocío. Los tiempos han cambiado en este aspecto, ya que el último bebé seropositivo que nació en el hospital, según los cálculos de la doctora, fue hace al menos dos años. El control del embarazo en el primer trimestre es clave. "En esa prueba se sabe si tiene VIH, tanto la madre como el feto, y se puede tratar para que nazca sin problemas", detalla Falcón, que incide en la importancia de revisar el embarazo en los hospitales cuanto antes para evitar alguna sorpresa desagradable.

Adaptación. El tratamiento y los cuidados llegan de la mano de los doctores, pero también están arropados por un grupo de psicólogos que se encargan de dar a conocer, poco a poco, su diagnóstico e inculcarles de paso que deben cumplir a rajatabla el tratamiento. De esa labor se encarga Isabel Avilés y María Dolores Lanzarote, dos psicólogas que tratan desde el centro de atender los casos de VIH pediátricos. "Los niños estaban desatendidos en el aspecto social y carecían de la información necesaria", relata Avilés, que adecua sus explicaciones a la edad del niño. A los más pequeños les habla de un "bichito en la sangre que ataca a los soldados, que se hacen más fuertes si toman la medicina".Es la primera toma de contacto para inculcarles la idea de iniciar un tratamiento que "al ser crónico es muy duro", explica Falcón.

Médicos y psicólogos coinciden en una cuestión: ocultarle al niño su estado no es una solución, pese a la oposición que ponen, a veces, algunos familiares, que no quieren que sea consciente hasta que se haga mayor. "Los pequeños deben entender desde el principio que tienen el VIH, que no es el Sida y que con un tratamiento adecuado podrán hacer una vida normalizada", insiste Avilés. Los más chicos empiezan con grandes dosis de jarabe hasta que se hacen lo suficientemente grandes como para empezar a tomar fármacos en forma de comprimidos, que es el tratamiento más adecuado.

Con los años, los afectados sufren sus primeras inquietudes de la adolescencia, donde conviven con dos estados de ánimo: o asumen su situación con rabia o con tristeza. No obstante, la mayoría, fruto de la información que tienen, mantienen una actitud "muy responsable" ante su enfermedad. Avilés señala en este aspecto que son los propios adolescentes los que insisten en que usarán el preservativo en sus primeras relaciones sexuales, porque, según le dicen, "no están dispuestos a joderle la vida a nadie". Una concienciación que buena falta haría entre la población joven actual.

Al cumplir 16 años, los jóvenes pasan por otras manos, una especie de programa de transición en el que pasarán de tener ese cuidado específico que requiere un niño al tratamiento más hospitalario que reciben los adultos en las consultas del centro.

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