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Una historia de sangre y fuego

La historia de Irak, antigua y moderna, ha estado marcada por la violencia, las conspiraciones, los asesinatos y las revueltas, no solo en la época islámica, sino incluso en las civilizaciones anteriores. (foto: EFE)

el 15 sep 2009 / 02:02 h.

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La historia de Irak, antigua y moderna, ha estado marcada por la violencia, las conspiraciones, los asesinatos y las revueltas, no solo en la época islámica, sino incluso en las civilizaciones anteriores. Cinco años después de la última invasión, la historia sigue sin cambiar.

Suele situarse el Paraíso Terrenal en las fértiles tierras donde desembocan el Tigris y el Éufrates, el sur del Irak contemporáneo. Pero también fue allí donde, según la Biblia, el hombre abandonó la edad de la inocencia y mató por primera vez a su hermano.

Si aquello fue un mito, no lo es el Código de Hammurabi, el primero que establece la regla de "ojo por ojo, diente por diente". Hammurabi, rey de Mesopotamia entre 1792 y 1750 antes de Cristo, legó a la historia el primer código civil, que sirvió para dar al estado el monopolio de la violencia. Los mesopotamios no se rigieron mucho tiempo por el famoso código, y volvieron a su tradición cainita al poco de morir Hammurabi.

Ya en época islámica, fue en estas tierras donde se fraguó el primer cisma religioso, entre suníes y chiíes, que hoy sigue derramando sangre en Irak, Pakistán o Afganistán. Los chiíes datan en 680 la fecha del cisma: en la batalla de Kerbala, Hussein ibn Alí, nieto del profeta Mahoma, fue masacrado junto a sus fieles en las cercanías de Kerbala por las huestes de Yazid por orden del califa omeya Muawiya.

Los seguidores de Husein querían que el califato recayera en alguien de la familia del profeta, mientras que los suníes, que acabaron imponiéndose en la mayoría del orbe islámico, eran partidarios de un califa elegido por consenso entre la comunidad de creyentes. Hussein fue convocado por el califa para dirimir esta disputa, pero resultó ser una trampa.

Irak volvió a levantar cabeza y la dinastía abasí eligió Bagdad como su sede en 762, en la que fue la época más gloriosa de la ciudad del Tigris, simbolizada en el reinado de Harun al Rashid. Pero en 1258 los abasíes son barridos por las hordas mongolas de un nieto de Gengis Khan, en un episodio -el saqueo de Bagdad- que ha pasado a la historia árabe como una de sus páginas más negras. Cuentan que las aguas del Tigris se volvieron azules, manchadas por la tinta de los cientos de miles de libros arrojados a sus aguas por los mongoles.

Aunque sin duda la época más convulsa se sitúa en el siglo XX, con la recién estrenada independencia (1923), una independencia cocinada en Londres para crear un estado tapón entre la Turquía moderna, Persia y la Península Arábiga. El segundo rey del Irak independiente, Ghazi, sólo estuvo en el trono tres años. Su muerte en un misterioso accidente de tráfico en 1936 es atribuida por unos a los británicos y por otros a Nuri al Saíd, uno de los políticos más ambiciosos de la época.

Pero la monarquía tenía los días contados: en 1958 un golpe de estado acabó con ella y los militares permitieron que las turbas mataran y arrastraran por las calles de Bagdad los cadáveres del regente -el rey Faisal II era menor de edad- y de su primer ministro. El propio líder golpista, coronel Abdul Karim Qassem, sería juzgado por sus compañeros en un juicio sumarísimo y ejecutado ante el pelotón de fusilamiento en 1963.

Viene entonces la era del Partido Baaz, de tendencia panárabe, que tuvo dos periodos, uno breve en 1963 y luego otro en 1968, fecha en que se hizo definitivamente con el poder. El Baaz estuvo desde un principio roído por disensiones, purgas e intrigas, y en este estado continuó hasta 1979, cuando Sadam Husein dio un golpe y asumió el poder.

La era de Sadam no fue de paz: declaró la guerra a Irán (1980-89), masacró a los kurdos del norte y a los chiíes del sur e invadió a Kuwait (1990), tras lo cual cayó en desgracia, pero aun así supo mantenerse en el poder hasta 2003, cuando la coalición británico-estadounidense invade Irak. Se promete entonces una era de libertad y democracia, pero los cinco años transcurridos desde entonces no han traído más que más odio, más violencia y más miedos.

La tradición cainita de Irak está hoy más viva que nunca.

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