Local

Una industria auxiliar hundida

Doce empresas clausuradas y unos 1.300 empleados despedidos. Es la sangría que deja el cierre de Astilleros de Sevilla

el 22 oct 2011 / 21:03 h.

TAGS:

José Miguel Sáez Moreno es el presidente del Sector de la Industria Auxiliar Naval en el seno de la Federación de Empresarios del Metal de Sevilla, Fedeme.

Astilleros de Sevilla camina hacia la liquidación y aquí no hay vuelta de hoja. A los trabajadores les cuesta creerlo, la industria auxiliar, en cambio, lo tiene asumido. Sólo así la sociedad podrá librarse de todas sus cargas y, quién sabe, que los activos sean adjudicados en subasta a empresarios que retomen la actividad naval a medio plazo, aunque difícil que adquiera la brillantez de otros tiempos.

En lo que coinciden empleados y patronos sevillanos del metal es que la Junta de Andalucía, que se hizo cargo de la factoría tras el fracaso del anterior dueño, debe tener alguna alternativa arbitrada porque la muerte por la muerte -comentan- es muy dura tanto para ella, la Administración regional, pues tendría que cargar con el cierre sin más de una histórica empresa, como para ellos.

Pero, ¿qué alternativas? Unos y otros dicen no saber qué planes hay, si es que los hay, y resolver la papeleta recaerá en quienes gobiernen tras las elecciones autonómicas de la próxima primavera.

¿Qué se perderá con esa clausura del astillero? De entrada, la empresa tractora más importante de la provincia por su poder de arrastre sobre las subcontratas y, por ende, sobre el empleo en ellas, relata José Miguel Sáez Moreno, presidente de la división de la industria auxiliar naval en Fedeme, la patronal sevillana del metal. Su capacidad para crear puestos de trabajo se cifra en 2.000 directos y otros 8.000 indirectos. "Por cada uno en el interior de la planta, son cuatro en el exterior y esto supone una gran generación de riqueza. Cuando se habla de Astilleros no es sólo Astilleros, sino todo el tejido industrial y laboral, en suma económico, que lo acompaña", señala el empresario.

25 empresas integraban el sector auxiliar naval en Fedeme, una docena se ha caído del cartel. O han cerrado o están inmersas en concurso de acreedores. Sus empleos afectos a la construcción de barcos se circunscribían a la horquilla de 1.300-1.500. No queda ni uno, sencillamente porque no hay actividad en una factoría que, allá por 2007, resucitaba y quería comerse el mundo.

Astilleros le debe a los bancos -el Santander avaló 39 millones de euros que adelantó el armador finlandés Viking Line para construir un buque, aún a medio terminar-, al Puerto de Sevilla, a los proveedores y, por supuesto, a las empresas auxiliares. Serían alrededor de 75 millones de euros, si bien este cálculo no es exacto -la sociedad naval se sometió a concurso voluntario de acreedores o suspensión de pagos-. A estas últimas, 25 millones. "Serán los que dejaremos de cobrar, acumulados desde que se paralizó la actividad en 2009", sostiene el directivo de Fedeme.

Sáez comenta que sigue en pie una docena de subcontratas pese al descalabro del referente naval porque o diversificaron la actividad industrial o son las filiales andaluzas de grandes grupos, cuyos encargos realizados por Astilleros apenas representaban la décima parte de su facturación. El mayor daño, por tanto, ha sido para "las empresas de aquí, de Sevilla y Andalucía, las pequeñas y medianas, condenadas al cierre".

El "gran error", a juicio de José Miguel Sáez, fue paralizar los trabajos en la factoría en 2009, cuando la Junta de Andalucía se hizo cargo de la misma y nombró a su administrador. "Parar la actividad no paralizaba las deudas, que han seguido creciendo y dificultando, pues, una solución que, a estas alturas, es muy difícil, por no decir imposible".
Veamos. Suspensión de pagos, no se construyen barcos, no existe actividad, no hay ingresos... ¿De dónde sale el dinero para las nóminas? Sáez dice no saberlo, "nosotros tampoco", apostillan fuentes de la plantilla de Astilleros. El misterio, según juzga Sáez, es evidente reflejo del "oscurantismo" en el largo proceso de "agonía" de la sociedad naval. Primero, las negociaciones entabladas por el Gobierno regional para encontrar inversores. Segundo, la gestión del administrador por él nombrado. Y tercero, la actuación de las autoridades concursales.

"Empleados y empresarios de la industria auxiliar naval somos los más perjudicados por este cierre y, sin embargo, a nosotros, los empresarios, ni siquiera nos dieron sitio en la mesa".

Llegados a este extremo de reproches, cabría preguntarle al directivo si había empresarios para invertir realmente, y responde sí, los había, aunque no se daban las condiciones óptimas para entrar y reiniciar la actividad, y éstas, debido a las deudas que arrastra el astillero, son "inviables". Liquidar es el único camino y, después, que su especialización se reconvierta hacia la construcción de otros buques de menor tamaño -pues coreanos y chinos tienen copado el mercado de los grandes- con los que ser competitivos. Sería, además, otro segmento naval no precedido por la mala imagen actual que se arrastra entre los grandes armadores. No por hacer buques mal, "que los hacemos muy bien", sino por hacerlos tarde o dejar los pedidos tirados, como ahora.

70 millones de inversión para ser devorados por la chatarra

El principal acreedor de Astilleros de Sevilla es el Banco Santander, según coinciden en señalar fuentes empresariales y sindicales. Sólo en garantías tiene 46 millones de euros. Tras la entidad financiera, las empresas auxiliares, que suman unos 25 millones de euros, y la sociedad pública de reconversión de los astilleros españoles, Pymar (organismo controlado por el Ministerio de Industria y que avala los contratos de los astilleros con los armadores), que tras el descalabro de la factoría sevillana se encuentra en una delicada situación económica, según señalan las mismas fuentes.

Sin embargo, lo más triste son los 70 millones de euros invertidos ya en la construcción de tres barcos aún por terminar en la factoría sevillana y que los armadores ya ni los quieren. Si nada lo remedia, serán 70 millones de euros devorados por la chatarra cuando la sociedad se liquide.  

  • 1