El Correo de América

Una lección que ni se compra ni se vende

Es el aprendizaje de la vida. Salvador y Miguel lo están exprimiendo al máximo. Cada cual en su propio destino: Buenos Aires y Sevilla.

el 09 ene 2015 / 12:59 h.

unaleccion01SALVADOR ORTIZ Natural de La Rinconada (Sevilla) Aires de tango y ritmo de carnaval Antes de su marcha voluntaria hasta Buenos Aires, Salvador se afanaba por sacar cuartetas de Carnaval para las agrupaciones en las que participaba cada febrero. Ahora, se ha acabado enamorando de un género tan argentino como es el tango. A sus 32 años, este escritor, publicista y social media, ha hecho de Buenos Aires su propia ciudad, donde intenta inculcar su pasión, la cultura del tapeo y la caña, «pero no siempre lo consigo». Salvador no es predecible, excepto en algo. En Argentina, su comida favorita es el asado. MIGUEL ÁNGEL GÓMEZ Natural de Buenos Aires «Lo mío con Sevilla es pura pasión» Miguel lo tiene claro: «Yo no nací en Sevilla, pero esta es mi ciudad». Yes que, a este argentino, Sevilla lo ha enamorado. Tampoco es extraño. Desde pequeño ha escuchado hablar sobre las bondades de Andalucía. Su familia es almeriense, aunque por causas políticas acabaron emigrando hasta Buenos Aires. Desde hace ocho años vive en Sevilla, aunque antes pasó por Málaga. Tiene 51 años, dos hijos y está enamorado de una sevillana. Hoy se dedica a la jardinería, aunque acaba de abrir un quiosco de prensa en la Avenida Marqués de Pickman. SUS HISTORIAS Los latidos del corazón están contados, la vida depende de invertirlos con sabiduría. Son las palabras que definen el alma del segundo trabajo literario de Salvador Ortiz, natural del municipio sevillano de La Rinconada. Durante la primavera de 2013, el candor de la impaciencia se fundió con la emoción que este joven sevillano sintió al saber que tendría la oportunidad de presentar su última obra en la Feria del Libro de Buenos Aires, «una de las más grandes y con mayor repercusión en habla castellana». Lo que no sospechaba antes de emprender el viaje es que lo que iba a ser una aventura de solo un mes, se convertiría en la mayor experiencia de su vida. «El último día antes de mi vuelta a España, decidí probar suerte en la ciudad. Las sorpresas de la vida, de permanecer solo un mes, ya llevo por Buenos Aires más de un año y medio», explica. Salvador Ortiz, un escritor sevillano afincado en una de las capitales más multitudinarias del mundo, enamorado de su rica agenda cultural y que ve en la inseguridad una de las principales desventajas de la capital bonaerense. Y es que, para los argentinos éste es su principal problema. De hecho, fue la causa a por la que Miguel Ángel Gómez abandonó, junto a toda su familia, su ciudad natal. «En Argentina lo tenía todo: mi casa, mi coche, mi negocio, mi familia... Sin embargo, la seguridad de mis hijos estaba por encima de todo. No quería que estuviesen en un riesgo constante». Así justifica este argentino la decisión que tomó hace ya catorce años y que lo llevó, primero a Málaga y, años más tarde, hasta Sevilla, «dónde viven las personas más abiertas y acogedoras de España», asegura agradecido. Miguel confiesa su gratitud a una ciudad que lo acogió como «a un sevillano más». Según él, tuvo suerte, pues «en tan solo un mes encontré trabajo como jardinero». Pero la suerte es un término muy relativo que suele venir acompañado de valía y esfuerzos por parte de quien la encuentra. Salvador tampoco se considera desdichado. Hoy es Community Manager del canal de televisión History Channel, en Argentina. Además, está escribiendo una antología de cuentos. Salvador dejó atrás Sevilla y encontró un futuro laboral de acuerdo a su cualificación. «Mi vida laboral rozaba lo desastroso. Trabajos esporádicos de guión y publicidad, y a reinventarse continuamente para sobrevivir». Desde la distancia, Salvador asiste con tristeza al devenir de una España «cuya imagen se ha deteriorado mucho en Latinoamérica». En ese sentimiento de desesperanza con respecto a sus respectivos países coinciden Salvador y Miguel, pues este argentino afincado en el sevillano barrio de La Candelaria no entiende la política del Gobierno de su país natal, «coartadora de libertades», critica con contundencia. En Sevilla, Miguel nunca se ha sentido solo. Él vive con su hija y a su hijo lo tiene en la ciudad de Málaga. Lo de Salvador es distinto. Aunque se considera feliz y afortunado, no puede evitar recordar con muchísima añoranza «a mi familia, a mis amigos, a mi tierra y a tradiciones tan nuestras como la Navidad y los carnavales». Cuando la soledad hace su estelar aparición en la vida de este escritor, «escribo, leo o salgo a pasear. A la soledad le debo intentar a aprovechar el tiempo sin depender de nadie». Los días son largos y el tiempo libre una excusa perfecta para recordar todo aquello que no se tiene y se desea, incluso a los seres más queridos. Esos mismos ratos de ocio son los que Miguel –apasionado  de la Feria de Abril– aprovecha para «recorrer con mi moto todos los rincones de la sierra de Sevilla. Es la gran desconocida». Quizás esa sierra que Miguel adora, le haga sentir un poco más cerca de su tierra natal, aunque nada tenga que ver con la majestuosidad «del entorno natural de Argentina. Montañas, desiertos, selvas, glaciares y la gran joya: las cataratas del Iguazú, la fuerza de la naturaleza en esta puro y salvaje». Trabajador incansable y dueño de su propio destino. Es la principal conclusión que se puede obtener al conocer a Miguel, que se aferra a sus ganas de trabajar para conseguir sus propias metas. Su vida puede parecer rutinaria, pero «cuando se vive a miles de kilómetros de tu ciudad y de tu gente», nada lo es. Ni Miguel ni Salvador se plantean el regreso a sus ciudades. El primero lo tiene claro, «Sevilla es mi destino definitivo». Salvador no se impone decisiones: «Quiero dejar que las cosas sigan su cauce y aprender de esta experiencia cada día», dice. Un escritor sevillano. Un jardinero argentino. Ambos tomaron como propias la ciudad del otro. Uno buscaba una aventura para recordar que se ha extendido en el tiempo. El otro, la seguridad que sus «hijos merecían». Lo cierto es que, parafraseando a Salvador, ambos se llevan un aprendizaje de vida «que no puede comprase ni venderse, solo vivirse».

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