Toros

Espesa y desigual mañana ecuestre

Francisco Palha y el debutante Luis Valdenebro lograron cortar una oreja aunque el mejor rejoneo corrió a cargo de Manuel Manzanares, que también se presentaba en Sevilla.

el 21 abr 2013 / 15:44 h.

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Se lidiaron seis toros de Benítez Cubero y María Pallarés, muy bien presentados y reglamentariamente despuntados. El encierro fue globalmente noblón y muy soso. El peor fue el segundo, que se emplazó de salida y no se volvió a mover. Álvaro Montes, vuelta al ruedo tras leve petición. Joao Moura, ovación tras aviso. Manuel Manzanares, silencio. Francisco Palha, oreja con petición de la segunda. Luis Valdenebro, oreja. Lea Vicens, vuelta al ruedo. La plaza registró dos tercios de entrada en mañana arrasada por un Sol de justicia. Faltaban las escasas figuras de esta especialidad del toreo ecuestre y se notó, vaya si se notó. El bajón ambiental, unido al particular no hay billetes de las carteras de los españolitos brindó un aspecto inusual de los tendidos de la plaza, que aparecieron mucho más despoblados que otros años en esta misma fecha. El público –de abono prestado- sí fue el mismo de siempre aunque la calidad del espectáculo –muchos evocaban a Hermoso, Ventura y Leonardo- bajó a los sótanos, ésa es la verdad. Abrió plaza el ya veterano Álvaro Montes, del que poco se sabía últimamente. Los años parecen haber pasado por él y aunque se cogió un tremendo cabreo con el señor presidente debería haberse preguntado si realmente merecía esa oreja que el público pidió con tibio clamor. Montes hizo de todo y no todo le salió: recibió al toro a porta gayola con la garrocha, toreó con el marsellés y hasta clavó al hombro contrario en una actuación plagada de buenos momentos pero en la que evidenció demasiado cansancio físico. Espeso con las cortas, tumbó al cubero sin puntilla al segundo rejonazo. La vuelta la dio echando humo pero no era para tanto. El segundo en discordia en la larguísima mañana de rejones era el joven Joao Moura, que tuvo la mala suerte de sortear el garbanzo negro del encierro, un toro emplazado al que intentó atacar metiéndolo en la querencia de chiqueros. Ni por esas. El portugués pasó en blanco. El tercer plato de este menú largo y estrecho era el debutante Manuel Manzanares, hijo y hermano de los grandes toreros alicantinos. A la postre él fue el autor del mejor rejoneo de la mañana aunque el uso del rejón de muerte y los posteriores descabellos pie a tierra se empeñaron de aguarle la fiesta. Toreó a su enemigo con el banderín del rejón apurando los terrenos y protagonizó una sobria y elegante monta que le sirvió para clavar con precisión. Apuró los terrenos en banderillas y enseñó enormes posibilidades para convertirse en figura. Eso sí, hay que mejorar con el acero. En cuarto lugar compareció Francisco Palha que a la postre fue el mejor librado de la mañana al cortar una oreja que parte del público que fueran dos. Destacaron sus batidas al pitón contrario, los ajustados cuarteos a la grupa y las piruetas en la cara del toro en una labor trepidante, de enorme conexión con los tendidos, que mantuvo el nivel con las rosas y las cortas. Parece que su papel cotiza al alza. También debutaba el joven Luis Valdenebro, hijo del cuerpo que toreaba en el patio de su casa. Verde y por hacer, mostró la enorme virtud de venirse arriba a pesar de los errores iniciales. No le importó marrar en el primer rejón, supo rehacer sus faenas y conectar con el público toreando siempre con los pechos del caballo. Un quiebro ajustadísimo levantó un enorme clamor y terminó de enderezarlo todo con las cortas. Para él fue la segunda y última oreja de la mañana. Cerraba el espectáculo la bellísima amazona francesa Lea Vicens, que además era la mejor vestida para la ocasión, con una chaquetilla de aires decimonónicos que le sentaba como un guante. No tuvo suerte la pupila de Ángel Peralta con el toro que le tocó en suerte, un animal paradísimo que le obligó a forzar la máquina. La anécdota de su actuación fue al sacar su caballo Bético, que encontró pasiones encontradas en el público. En cualquier caso, Lea supo venirse arriba con raza y recordó a su maestro en la garra y en los alardes. Tuvo que bajar a descabellar pero acabó dando la vuelta al ruedo.

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