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Una norma sin malos humos

Los fumadores se resignan ante la ley que prohíbe fumar en espacios públicos.

el 02 ene 2011 / 19:05 h.

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Tres enfermeros fuman casi a escondidas, como apestados, fuera del recinto del hospital Virgen del Rocío. Sólo se les reconoce entre el gentío por sus batas blancas, que se tendrían que quitar para salir a la calle. "No me quejo por la ley, pero va a costar una barbaridad acostumbrarse", dice una de ellas, sin querer dar su nombre -el miedo a recibir una sanción es grande- y mientras le da la calada al cigarrillo.

En el hospital, los nervios obligan a que la ley, que entró en vigor ayer y prohíbe fumar en los espacios públicos, se convierta en un calvario para los fumadores, que se sienten como proscritos. Eso ocurría en urgencias, donde no se podían reprimir, agobiados por saber si su familiar saldría o no de una situación complicada. La prueba del delito: las colillas junto a la sala de espera, que se podían contar por decenas. Antonio Giráldez, con su madre en urgencias por retención de líqui-dos, fue de los pocos que se salió del centro, aunque no está satisfecho con una ley "que lo único que hace es discriminar a un sector con algo que da mucho dinero al Estado, como el tabaco".

No es el único crítico. Juan Pedro Lobato, de Utrera y que está en la puerta del hospital, es tan radical que exige que "cierren todos los estancos". No obstante, tiene claro que hay que acatar la ley: "Si alguien me dice que tengo que apagar el cigarro, agacharé la cabeza y me iré".

En la Alameda de Hércules, una zona permisiva con el tabaco, la prohibición se cumplió a rajatabla. En el bar Piola, hasta anteayer paraíso del fumador, ni una voluta de humo enturbiaba el ambiente: la bienvenida la daba la pizarra de las tapas, dedicada a un mensaje escrito con letras adornadas con espirales en un bonito color malva, pero no menos contundente: prohibido fumar. Ni siquiera en los veladores al aire libre, a medio llenar, se veían demasiados cigarros. En el interior del local, aún con poca gente, la camarera admite que algún cliente encendía un cigarro, pero en cuanto se le advirtió respondía: "Perdona, no me había dado cuenta". Y lo apagaba. Ninguno optó por salir a la calle, y nadie protestó, aunque la chica ya notaba la diferencia: "No se van, pero se quedan menos tiempo, y si antes se tomaban dos cafés, ahora sólo uno".

En Casa Paco, las mesas de fuera están llenas y en el interior hay una persona, pero son pocos los que fuman. No hay carteles de prohibición. La camarera explica que, como los jefes están fuera, no sabe cómo aplicará la norma. Lo mismo pasa en el Café Sonoro. "Algunos clientes bromean recordando que no pueden fumar, pero nada más". También allí los veladores están más llenos, pero es normal, con el sol en lo alto. No hay cartel de prohibición, ni lo hay en el parque infantil de la plaza. Pero nadie fuma cerca.

El sol fue aliado del fumador, como José Luis Rodríguez y sus amigos, que estaba en el velador de la cervecería La Caña, en la Ronda del Tamarguillo. Cree que el problema llegará con la lluvia y "cuando el trabajador vaya temprano a por su café y cigarro".

Para que no pasen estas cosas, hay algún hostelero que hace el papel de educador. Manuel Jesús Roldán, dueño del El Rincón de Manu, un bar de Sevilla Este, les explica a sus clientes cómo es la ley, por muy en contra que esté. "Está bien educar a la gente, pero no adoctrinarla", comenta, a la vez que cree que si hay conflicto vendrá por parte del ex fumador "que estará al loro con la ley".

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