Jóvenes al día

Una oportunidad laboral a la sombra de farolillos y albero

La Feria de Sevilla no es sólo fiesta. Para muchos jóvenes es una oportunidad de trabajo que arranca con el montaje de las casetas, pasa por las labores de seguridad, el servicio de las mesas o de pinche, hasta que esta ciudad efímera vuelve a desaparecer.

el 03 may 2014 / 23:59 h.

Eventos Lorenzo Carvajal es una empresa que se dedica al montaje de casetas de feria. Se dedican al montaje integral de la caseta, «desde la estructura, los toldos y los aislamientos laterales, pasando por la decoración y la electricidad, hasta la fontanería», comenta Lorenzo al mismo tiempo que trabaja, pues los días se van echando encima y aún quedan muchas cosas por terminar. Se trata de un pequeño negocio que parte de una empresa que tenía su padre y que estaba relacionada con el mundo del catering. «Fue ahí donde surge nuestra empresa, vimos un negocio en el montaje de casetas de feria, nosotros trabajábamos en ferias, pero con el catering, ahora también nos dedicamos a esto», explica. Aunque ambas empresas son independientes, están ampliamente relacionadas, en muchas ocasiones ofrecen servicio de montaje de casetas y al mismo tiempo de catering. El equipo de trabajo de Eventos Lorenzo Carvajal terminando de preparar una de las casetas de la calle Espartero. / Foto: Jose Luis Montero El equipo de trabajo de Eventos Lorenzo Carvajal terminando de preparar una de las casetas de la calle Espartero. / Foto: Jose Luis Montero El número de trabajadores varía en función de la demanda y la proximidad con la que se encuentre el encendido del Alumbrao. «Empezamos nueve y ahora mismo quedamos cuatro», explica. Llegaron al recinto ferial el 19 de marzo con el montaje de estructuras y muebles. Dice que se trata de una cadena de trabajo: «uno pone los toldos, otro se encarga de la electricidad, de la fontanería, la decoración». Lorenzo es el dueño de la empresa: «Me llevo todo el año planificando para que todo esté a punto para el primer día de Feria», comenta. También se encarga de la captación de clientes. Su mujer, Monserrat Menguiano, es la encargada de la decoración. Los otros dos trabajadores están de apoyo. Comenta que él y su esposa van tirando el año completo con el negocio, pero sus empleados no. Cuando acaban la temporada tienen que ir buscando otros trabajos puntuales que les permitan vivir. No sólo se dedican a la Feria de Sevilla. También montan casetas a lo largo de otras provincias andaluzas y Extremadura. «Trabajamos desde marzo hasta diciembre», comenta. «El mes con más demanda suele ser mayo. Este año además, se ha unido la Feria de Sevilla», añade. Lorenzo asegura que la Feria sí es una oportunidad laboral para los jóvenes. «Antes quizá era más fácil para éstos, ya que no había tanto control. Cualquiera echaba mano de un estudiante que se sacaba un dinero», plantea. Dice que con las inspecciones todos tienen que estar dados de alta y a muchos jóvenes no les interesa trabajar pocos días en esas condiciones. «El empresario no se la puede jugar teniendo a una persona sin estar dada de alta en estas circunstancias», expone. Se queja de que los inspectores trabajan de forma un tanto agresiva, ya que van acompañados de un número desorbitado de policías. «La gente no está cometiendo ningún delito, sino que se busca la vida trabajando», defiende. Los precios están bajando y hay mucha más competencia. También hay familias que construyen sus propias casetas. Son algunas de las consecuencias de la crisis en el sector, señala. Plantea que «os precios están bajando tanto «que no se pueden cubrir los costes: los riesgos laborales, el salario de las personas, los materiales». Lorenzo dice estar cobrando un 25% menos que hace unos años. Los precios han caído. «Hay que adaptarse y trabajar lo mismo por menos dinero», asegura. Su empresa monta casetas de un módulo –cuatro metros de ancho–. Los precios bailan en una horquilla que va entre los 5.000 y los 10.0000 euros. Aclara que este depende de los metros de fondo con los que disponga la caseta. Durante su estancia en la Feria, alquilan un apartamento en Bormujos por un periodo de dos meses. Dice que durante la Feria sólo se queda una persona de mantenimiento «por si se quema algún enchufe, problemas con algún desagüe, o cualquier otra incidencia». El resto regresa en el momento en que termina la Feria, se queman los fuegos y toca desmontar la caseta. CUSTODIANDO LA PUERTA. Apoyado en una reja de una caseta de la calle Gitanillo de Triana está Raúl Gavira, de 32 años. Es auxiliar de seguridad y es su tercer año en la Feria de Abril. Expira la tarde y en el Real ha cesado el trajín de furgonetas de reparto. Tan solo quedan algunos operarios que recogen el material y las cuadrillas de Lipasam más rezagadas. Llega el momento de los vigilantes de seguridad. Se preparan para la larga noche con sus butacas en las puertas de las casetas. Cargados de paciencia, y también de móviles y otros dispositivos, pernoctan bajo las lonas y están pendientes de cualquier incidencia, además de disuadir a ladrones que, también en los momentos previos a la fiesta, merodean por la zona. Raúl trabaja el Real desde el 26 de abril. «En los días previos al Alumbrao cuido de las herramientas y de los cables de cobre», asegura, aunque reconoce que este año los robos de este metal han bajado. Suele hacer turnos de 12 horas, pero el año pasado hizo «hasta de 15», señala. Raúl vive dos ferias: la de los preparativos y la de la fiesta en sí. Prefiere esta última, puesto que hay una mayor actividad y las horas se pasan más rápido. El paseo de coches de caballos, el trasiego de público y la mayor afluencia de socios a la caseta hacen la jornada más llevadera. «Los peores días son el jueves, viernes y sábado de Feria, puesto que hay muchos chavales pasados de rosca», sostiene. La gente suele ser respetuosa con la entrada restringida a los socios, ya que es la norma de la Feria de Sevilla. En este sentido, recuerda varias anécdotas, como que los extranjeros «se creen que pueden entrar y les tengo que llamar la atención». Raúl cree que la Feria es una buena oportunidad laboral, aunque en los últimos años, cuando los efectos de la crisis económica se acentuaron, los dueños de las casetas rebajaron demasiado los salarios, hasta el punto de que muchos tuvieron problemas para encontrar a gente dispuesta a realizar las labores de vigilancia. «Puedes sacarte un dinerillo en una o dos semanas, pero antes debes tener el carnet de vigilante». Así lo hizo, aunque el resto del año se gana la vida como camarero y agricultor. Su sueldo ronda los 4,50 euros por hora. «Diariamente puedes sacarte unos 50 euros», reconoce, al tiempo que critica que, en otras casetas, «han llegado a pagar 2,50 euros la hora». La crisis sigue haciendo estragos en la Feria. De hecho, asegura que el sector de los caterings sigue en caída libre. «Me gustaría entrar a trabajar en algún catering, pero es muy difícil», dice. Después de Sevilla, Raúl sigue con la tarea en las ferias de Dos Hermanas y Algeciras (Cádiz). Allí seguirá a la espera de un futuro laboral más estable y menos sacrificado. APRENDIZ DE FERIA. Manuel Félix Guerra trabaja como peón en el montaje de casetas en la Feria de Sevilla. Pinta de verde los hierros que hacen de balconada de una de las casetas de la calle Joselito El Gallo. Tiene 22 años y es la primera vez que trabaja en la Feria. Viene desde un pueblo de la Sierra de Huelva. No sabe cuántos días va a trabajar con exactitud, pero sabe que el dinero le vendrá muy bien para ir sobrellevando estos meses. Comenta que le pagan por día trabajado, con jornada de nueve horas. Pasa la noche en un piso alquilado junto a otros compañeros que trabajan con él. En el pueblo vive con sus padres: «están muy contentos de que por fin esté trabajando». Su nivel de cualificación es básico. Antes había trabajado en una discoteca móvil de la que él era el Dj. Es la primera vez que trabaja con contrato. «Hay muchos controles todos los días, es imposible trabajar sin estar asegurado», asegura. La Feria de Sevilla ha sido la primera, pero continuará con la labor de montaje de casetas a lo largo de Andalucía. «No sabemos el número de ferias que montaremos, serán las que vayan saliendo», manifiesta el joven aprendiz. Dice que la labor de peón consiste en estar de apoyo y hacer un poco de todo: «pinto, monto cosas, ayudo en la carga y descarga». Expone que prácticamente levantan la caseta entera los peones: «menos la estructura de hierro, el resto lo montamos todo». Lo que ganará en la Feria no le dará para vivir el resto del año, pero confía en que será una gran ayuda. Manifiesta que en otras ferias ha llegado a cobrar por tres días de trabajo entre 250 y 300 euros, aunque depende de cada festejo. Es su primera Feria de Abril, por eso desconoce cuánto cobrará. VISTIENDO A LA ANDALUZA. María Ávila es una sanluqueña de 24 años que desde hace tres años estudia moda en la Escuela de Moda de Sevilla. María se dedica tanto a la confección como a la publicidad, pues comenta que también hace sus pinitos como modelo, aunque sus especialidades son las creaciones flamencas. Comenta que también se atreve con diseños pret a porter e incluso trajes de novia. A pesar de cursar su último año de estudios, María intenta despegar en el mundo laboral. Ha conseguido vender algunos de sus diseños y lo comenta con mucha ilusión. «Intento meter cabeza como puedo, de hecho ya tengo algunas clientas», asegura. Desgrana que su estilo es «diferente, muy personal y atrevido». A pesar de ello, manifiesta que sus diseños gustan y la gente los compra. Se abre camino en las redes sociales y por supuesto en las pasarelas en las que ha participado: Pasarela Flamenca de Jerez, Andújar Flamenca, Sanlúcar de Barrameda en la Lucha Contra el Cáncer, Pasarela Guappisima, Pasarela Plaza de España, Noche en Blanco y Camariñas de Galicia, enumera. «La gente contacta conmigo por mi página de Facebook y a través de la escuela donde estudio», señala. El boca a boca, incide, también es muy importante: «muchos amigos de mis amigos vienen a buscarme para precisar mis servicios». Añade que quiere crear una web más elaborada donde la gente pueda visitar y conocer lo que ella hace, sus diseños. «A veces pongo mis prendas en algunas tiendas», apostilla. Estos negocios se ofrecen a promocionar sus trajes de flamenca de forma voluntaria, sin llevarse nada a cambio. Lo hacen porque sus modelos les gustan y al mismo tiempo les decoran el escaparate. «Soy andaluza y me gusta la moda flamenca», asiente. Declara que no todos los modistas se dedican a esta especialidad, pero a pesar de gustarle todas las ramas de la moda, añade que siempre lo tuvo claro. El mundo de la moda flamenca no atraviesa su mejor momento, explica: «La crisis nos ha afectado, aunque confío en que todo va a mejorar en los próximos años y las mujeres volverán a comprar los tres trajes que antes se solían comprar por feria». Dice del traje de flamenca que es el único vestido regional que está sujeto a modas. «Me gusta tanto la moda flamenca porque tiene mucho juego», sostiene. Desde pequeña, recuerda, le ha gustado el diseño, aunque no ha visto la profesión en casa. Una de sus abuelas ha sido aficionada a la costura, pero no de forma profesional. «Creo que esto me viene en la sangre, aunque no sé de quién», manifiesta la joven. Hacerse hueco entre el mundo laboral de la moda flamenca en la Feria de Sevilla es muy complicado: «En este mundo no puedes ser buena, tienes que ser la mejor. Hay muchos modistas consagrados y contra ellos es difícil competir». Se define como diferente: «Busco un público más joven y mis diseños son un poco extravagantes, más atrevidos». Comenta que para poder seguir avanzando con su colección tiene que vender sus vestidos a precio de costo. «No gano nada, pero al menos me doy a conocer». Ha vendido vestidos por diferentes precios, desde los 400 a los 1.200 euros, puntualiza. Tiene muy claro lo que quiere y proclama que no se va a amoldar a lo que la clienta quiera: «Yo vendo mis propios diseños, puedo modificar un escote, pero no voy a hacer el diseño que alguien me pida», asegura. Agrega que su volumen de ventas se concentra durante la Feria de Sevilla, y resalta que en los pueblos aún le resulta difícil. «Es en la Feria de Abril cuando la gente abre la cartera y se plantea comprarse un vestido para que la vean en el Real», sostiene. En cuanto al perfil de sus clientas, pormenoriza que se trata de personas que se lo puedan permitir y con una solvencia económica. Aunque indica que no es la primera vez que vende un traje de flamenca a una muchacha normal y trabajadora que quedó prendada de uno de sus diseños: «La chica vio mi traje, iba a otros sitios y siempre se acordaba del mío. Terminó comprándomelo, estaba encantada». Ha vendido dos de sus ocho vestidos. Valora que se trata de un buen dato, más teniendo en cuenta que la gente deja las compras para el último momento y seguramente venderá alguno más estos días. «Tengo dos pruebas este fin de semana», aclara ilusionada. No se plantea montar su propia tienda de moda en este momento, aunque reconoce que será imprescindible hacerlo más adelante, sobre todo si quiere darse a conocer y tener un lugar donde exponer sus creaciones: «De momento seguiré con mi página de Facebook, que no va del todo mal». Destaca que las influencias hacen mucho: «Hay diseñadoras que por ser pareja de alguien conocido tienen mucho camino recorrido. No siempre se tienen en cuenta las capacidades personales de cada uno». Y explica que la moda flamenca este año ha tirado por los lisos, pero apuesta por el retorno de los lunares el próximo año: «Estos elementos son algo muy importante en una feria, un estampado muy clásico que no puede faltar. Cada colección debe llevar su traje de lunares», asevera. Promete María que si no vende alguno de sus vestidos los lucirá ella misma a lo largo del Real. Se declara enamorada de cada uno de sus diseños, aunque cuando se le pregunta por uno entre todos, lo tiene claro: un vestido de su colección de color verde, con transparencias a los lados y lleno de tul. Busca en sus diseños la sensualidad, pero tiene siempre presente el punto de elegancia y distinción. María Ávila sólo sueña con ser diseñadora: «No quiero ser una diseñadora famosa, sino que a la gente le gusten mis vestidos, se los pongan y yo pueda llegar a verlas por el Real con mis diseños». Eso, asegura que la haría muy feliz. E ventos Lorenzo Carvajal es una empresa que se dedica al montaje de casetas de feria. Se dedican al montaje integral de la caseta, «desde la estructura, los toldos y los aislamientos laterales, pasando por la decoración y la electricidad, hasta la fontanería», comenta Lorenzo al mismo tiempo que trabaja, pues los días se van echando encima y aún quedan muchas cosas por terminar. Se trata de un pequeño negocio que parte de una empresa que tenía su padre y que estaba relacionada con el mundo del catering. «Fue ahí donde surge nuestra empresa, vimos un negocio en el montaje de casetas de feria, nosotros trabajábamos en ferias, pero con el catering, ahora también nos dedicamos a esto», explica. Aunque ambas empresas son independientes, están ampliamente relacionadas, en muchas ocasiones ofrecen servicio de montaje de casetas y al mismo tiempo de catering. El número de trabajadores varía en función de la demanda y la proximidad con la que se encuentre el encendido del Alumbrao. «Empezamos nueve y ahora mismo quedamos cuatro», explica. Llegaron al recinto ferial el 19 de marzo con el montaje de estructuras y muebles. Dice que se trata de una cadena de trabajo: «uno pone los toldos, otro se encarga de la electricidad, de la fontanería, la decoración». Lorenzo es el dueño de la empresa: «Me llevo todo el año planificando para que todo esté a punto para el primer día de Feria», comenta. También se encarga de la captación de clientes. Su mujer, Monserrat Menguiano, es la encargada de la decoración. Los otros dos trabajadores están de apoyo. Comenta que él y su esposa van tirando el año completo con el negocio, pero sus empleados no. Cuando acaban la temporada tienen que ir buscando otros trabajos puntuales que les permitan vivir. No sólo se dedican a la Feria de Sevilla. También montan casetas a lo largo de otras provincias andaluzas y Extremadura. «Trabajamos desde marzo hasta diciembre», comenta. «El mes con más demanda suele ser mayo. Este año además, se ha unido la Feria de Sevilla», añade. Lorenzo asegura que la Feria sí es una oportunidad laboral para los jóvenes. «Antes quizá era más fácil para éstos, ya que no había tanto control. Cualquiera echaba mano de un estudiante que se sacaba un dinero», plantea. Dice que con las inspecciones todos tienen que estar dados de alta y a muchos jóvenes no les interesa trabajar pocos días en esas condiciones. «El empresario no se la puede jugar teniendo a una persona sin estar dada de alta en estas circunstancias», expone. Se queja de que los inspectores trabajan de forma un tanto agresiva, ya que van acompañados de un número desorbitado de policías. «La gente no está cometiendo ningún delito, sino que se busca la vida trabajando», defiende. Los precios están bajando y hay mucha más competencia. También hay familias que construyen sus propias casetas. Son algunas de las consecuencias de la crisis en el sector, señala. Plantea que «os precios están bajando tanto «que no se pueden cubrir los costes: los riesgos laborales, el salario de las personas, los materiales». Lorenzo dice estar cobrando un 25% menos que hace unos años. Los precios han caído. «Hay que adaptarse y trabajar lo mismo por menos dinero», asegura. Su empresa monta casetas de un módulo –cuatro metros de ancho–. Los precios bailan en una horquilla que va entre los 5.000 y los 10.0000 euros. Aclara que este depende de los metros de fondo con los que disponga la caseta. Durante su estancia en la Feria, alquilan un apartamento en Bormujos por un periodo de dos meses. Dice que durante la Feria sólo se queda una persona de mantenimiento «por si se quema algún enchufe, problemas con algún desagüe, o cualquier otra incidencia». El resto regresa en el momento en que termina la Feria, se queman los fuegos y toca desmontar la caseta. CUSTODIANDO LA PUERTA. Apoyado en una reja de una caseta de la calle Gitanillo de Triana está Raúl Gavira, de 32 años. Es auxiliar de seguridad y es su tercer año en la Feria de Abril. Expira la tarde y en el Real ha cesado el trajín de furgonetas de reparto. Tan solo quedan algunos operarios que recogen el material y las cuadrillas de Lipasam más rezagadas. Llega el momento de los vigilantes de seguridad. Se preparan para la larga noche con sus butacas en las puertas de las casetas. Cargados de paciencia, y también de móviles y otros dispositivos, pernoctan bajo las lonas y están pendientes de cualquier incidencia, además de disuadir a ladrones que, también en los momentos previos a la fiesta, merodean por la zona. Raúl trabaja el Real desde el 26 de abril. «En los días previos al Alumbrao cuido de las herramientas y de los cables de cobre», asegura, aunque reconoce que este año los robos de este metal han bajado. Suele hacer turnos de 12 horas, pero el año pasado hizo «hasta de 15», señala. Raúl vive dos ferias: la de los preparativos y la de la fiesta en sí. Prefiere esta última, puesto que hay una mayor actividad y las horas se pasan más rápido. El paseo de coches de caballos, el trasiego de público y la mayor afluencia de socios a la caseta hacen la jornada más llevadera.  «Los peores días son el jueves, viernes y sábado de Feria, puesto que hay muchos chavales pasados de rosca», sostiene. La gente suele ser respetuosa con la entrada restringida a los socios, ya que es la norma de la Feria de Sevilla. En este sentido, recuerda varias anécdotas, como que los extranjeros «se creen que pueden entrar y les tengo que llamar la atención». Raúl cree que la Feria es una buena oportunidad laboral, aunque en los últimos años, cuando los efectos de la crisis económica se acentuaron, los dueños de las casetas rebajaron demasiado los salarios, hasta el punto de que muchos tuvieron problemas para encontrar a gente dispuesta a realizar las labores de vigilancia. «Puedes sacarte un dinerillo en una o dos semanas, pero antes debes tener el carnet de vigilante». Así lo hizo, aunque el resto del año se gana la vida como camarero y agricultor. Su sueldo ronda los 4,50 euros por hora. «Diariamente puedes sacarte unos 50 euros», reconoce, al tiempo que critica que, en otras casetas, «han llegado a pagar 2,50 euros la hora». La crisis sigue haciendo estragos en la Feria. De hecho, asegura que el sector de los caterings sigue en caída libre. «Me gustaría entrar a trabajar en algún catering, pero es muy difícil», dice. Después de Sevilla, Raúl sigue con la tarea en las ferias de Dos Hermanas y Algeciras (Cádiz). Allí seguirá a la espera de un futuro laboral más estable y menos sacrificado. APRENDIZ DE FERIA. Manuel Félix Guerra trabaja como peón en el montaje de casetas en la Feria de Sevilla. Pinta de verde los hierros que hacen de balconada de una de las casetas de la calle Joselito El Gallo. Tiene 22 años y es la primera vez que trabaja en la Feria. Viene desde un pueblo de la Sierra de Huelva. No sabe cuántos días va a trabajar con exactitud, pero sabe que el dinero le vendrá muy bien para ir sobrellevando estos meses. Comenta que le pagan por día trabajado, con jornada de nueve horas. Pasa la noche en un piso alquilado junto a otros compañeros que trabajan con él. En el pueblo vive con sus padres: «están muy contentos de que por fin esté trabajando». Su nivel de cualificación es básico. Antes había trabajado en una discoteca móvil de la que él era el Dj. Es la primera vez que trabaja con contrato. «Hay muchos controles todos los días, es imposible trabajar sin estar asegurado», asegura. La Feria de Sevilla ha sido la primera, pero continuará con la labor de montaje de casetas a lo largo de Andalucía. «No sabemos el número de ferias que montaremos, serán las que vayan saliendo», manifiesta el joven aprendiz. Dice que la labor de peón consiste en estar de apoyo y hacer un poco de todo: «pinto, monto cosas, ayudo en la carga y descarga». Expone que prácticamente levantan la caseta entera los peones: «menos la estructura de hierro, el resto lo montamos todo». Lo que ganará en la Feria no le dará para vivir el resto del año, pero confía en que será una gran ayuda. Manifiesta que en otras ferias ha llegado a cobrar por tres días de trabajo entre 250 y 300 euros, aunque depende de cada festejo. Es su primera Feria de Abril, por eso desconoce cuánto cobrará. VISTIENDO A LA ANDALUZA. María Ávila es una sanluqueña de 24 años que desde hace tres años estudia moda en la Escuela de Moda de Sevilla. María se dedica tanto a la confección como a la publicidad, pues comenta que también hace sus pinitos como modelo, aunque sus especialidades son las creaciones flamencas. Comenta que también se atreve con diseños pret a porter e incluso trajes de novia. A pesar de cursar su último año de estudios, María intenta despegar en el mundo laboral. Ha conseguido vender algunos de sus diseños y lo comenta con mucha ilusión. «Intento meter cabeza como puedo, de hecho ya tengo algunas clientas», asegura. Desgrana que su estilo es «diferente, muy personal y atrevido». A pesar de ello, manifiesta que sus diseños gustan y la gente los compra. Se abre camino en las redes sociales y por supuesto en las pasarelas en las que ha participado: Pasarela Flamenca de Jerez, Andújar Flamenca, Sanlúcar de Barrameda en la Lucha Contra el Cáncer, Pasarela Guappisima, Pasarela Plaza de España, Noche en Blanco y Camariñas de Galicia, enumera. «La gente contacta conmigo por mi página de Facebook y a través de la escuela donde estudio», señala. El boca a boca, incide, también es muy importante: «muchos amigos de mis amigos vienen a buscarme para precisar mis servicios». Añade que quiere crear una web más elaborada donde la gente pueda visitar y conocer lo que ella hace, sus diseños. «A veces pongo mis prendas en algunas tiendas», apostilla. Estos negocios se ofrecen a promocionar sus trajes de flamenca de forma voluntaria, sin llevarse nada a cambio. Lo hacen porque sus modelos les gustan y al mismo tiempo les decoran el escaparate. «Soy andaluza y me gusta la moda flamenca», asiente. Declara que

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