Cultura

Una perfomance muy jonda

“No sabe, no contesta”, es la frase que encierra el título de este espectáculo, una valiente propuesta que se atreve a llevar el flamenco al terreno de la performance

el 22 sep 2014 / 14:50 h.

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Lugar: Teatro Alameda, 20 de septiembre Obra: NS/NC *** Compañía: Varuma Teatro Idea original y Dirección: Jorge Barroso, “Bifu” Coreografía: La Choni y Yasaray Rodríguez Música: Toni Gutiérrez y El Cuarteto Maravilla Cante: Rosa de Algeciras Baile: Yasaray Rodríguez Músicos: Rafael Campos, Antonio Campos y Rafael Rivera “No sabe, no contesta”, es la frase que encierra el título de este espectáculo, una valiente propuesta que se atreve a llevar el flamenco al terreno de la performance para elaborar un relato escénico, a caballo entre el teatro musical y el circo, donde la música flamenca se funde con la música popular de los Balcanes. La dramaturgia surge de una reflexión sobre el sentido de la vida, una cuestión sin respuesta, de ahí el título. Partiendo de esa imposibilidad Jorge Barroso, alias Bifu, se sirve del flamenco para ahondar en la típica visión de la vida como un viaje que acaba con la muerte. Así, concibe la obra como una suerte de piezas sueltas que responden a una etapa diferente de la existencia de todo ser humano. Comienza con el nacimiento, simbolizado en un armario del que la bailaora y la cantaora no se atreven a salir. Las dos entablan una lucha con el medio que se refleja en el baile y el cante, que recorre diferentes estadios emocionales gracias a la nana, la solea por bulería, los fandangos abandolados y las bulerías. Estos palos se mezclan con la música popular balcánica, magistralmente interpretada los hermanos Campos en directo, y un fondo de percusión grabada, que por cierto resulta un tanto estridente y fuera de lugar. Tanto el vestuario como el resto de los elementos escénicos perfilan una estética circense con tintes surrealistas que se funde con la música hasta delimitar un ambiente de inquietud y desasosiego, dos emociones que romperá Rafael Rivera, un espléndido payaso a quien Bifu ha tenido el acierto de otorgar una doble función: de nexo de unión y alivio de tensión. Porque, a pesar de que suscita un sinfín de imágenes sugerentes, lo cierto es que la obra tiene un evidente trasfondo trágico que se resume en la seguiriya final, cuando Yasaray ve cómo, poco a poco, se desintegra la tarima sobre la que baila. Cabe destacar la entrega y la complicidad de los músicos y la cantaora, quienes trascienden su rol para convertirse en un personaje más, así como la fuerza y la presencia escénica de la bailaora. Aunque lo que más resalta es la creatividad de los elementos escenográficos, como esa enorme bola que simboliza al mundo y a la adolescencia, o la rueda de guitarras que, a la manera de aspas de molino, recalcan el ritmo del cante por marianas. Lástima que, debido a su fidelidad a la perfomance la dramaturgia no acabe de elaborar un discurso coherente y el ritmo del espectáculo se resienta.

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