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Una ración de sonidos raros

Piano, violín, clarinete... ¿por qué no theremin, trautonium, ondas martenot o zanfoña? Los instrumentos raros existen y hay quienes dedican su vida a darlos a conocer. Descúbralos.

el 05 jun 2010 / 17:27 h.

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Margaret Leng Tan, experta en tocar el piano de juguete.
Reza la definición que un instrumento musical es un objeto compuesto por la combinación de uno o más sistemas resonantes y los medios para su vibración. Luego vendrá la poesía y Chopin pero la base teórica es así de seca.

A lo largo de la historia de la música los compositores han ido determinando en un sentido u otro que instrumentos debían mandar y hoy los reyes indiscutibles son el piano y el violín. Qué aburrido sería sin embargo que todo hubiera quedado ahí. Por eso, desde el medievo hasta el siglo XXI han existido músicos y luthieres empeñados en descubrir al mundo las mil y una maravillas de extraños aparatos sonoros, instrumentos extravagantes llamados a tener una vida efímera y, a la vez, a ser convertidos en objetos de culto.

Baltasar Álvarez es el nombre de un coleccionista sevillano que atesora en su casa una buena muestra de algunas de las excentricidades que se han creado en este entorno. "La inmensa mayoría de los melómanos desconocen su existencia pero para ellos se han escrito obras que, además de resultar curiosas, son de una calidad musical muy elevada", cuenta. No en vano el propio Mozart escribió un puñado de piezas para la hoy estrambótica armónica de cristal o más modernamente un músico como Conlon Nancarrrow dedicó su vida al desarrollo de la encantadora pianola (o piano mecánico).

Sin embargo los hay que rizan el rizo. Un ruso de nombre Léon Theremin inventó el instrumento que lleva su apellido (también conocido como eterófono) y que "se toca sin tocar". "Se ejecuta acercando y alejando la mano de cada una de las antenas correspondientes, sin llegar a tocarlas, sólo penetrando en el campo electromagnético que crea", explica Álvarez con un entusiasmo que ni Joaquín Rodrigo hablando del Concierto de Aranjuez.

En la tanda de instrumentos raros electrónicos la nómina es apabullante. Está el trautoniun y las ondas martenot, aparatejos que todavía hoy gozan de un minoritario pero intenso predicamento de hooligans. No por nada en el Conservatorio de París puede usted licenciarse en Ondas Martenot.

"Y si nos remontamos a la antigüedad el panorama es igual o más apetecible", sugiere nuestro coleccionista. Ahí es cuando la imaginación se dispara y los bisabuelos y tatarabuelos de los instrumentos que hoy conforman la orquesta clásica toman el mando. Oficleidos, cromormos, pianos tangentes, eolias, ukeleles y un largo etcétera de cachivaches que, para qué negarlo, suenan -cuando caen en las manos adecuadas- a música celestial.

Y es que por fortuna para estos cacharritos no faltan en la historia de la música obras que los demanden. "El problema es que la gente piensa que sólo existe sota, caballo y rey pero el universo es amplísimo", lamenta Baltasar, quien atesora en su piso de la calle Baños una colección de órdago y cuya contemplación está abierta a quien quiera saber de estas viejas glorias del mundo de los sonidos.

Cuentan que el primero que mostró públicamente síntomas de cansancio al respecto de los instrumentos tradicionales fue Beethoven, quien afirmó sentirse frustrado por el triunvirato imperante. Sin embargo nunca se atrevió a escribir nada para la muy perdida vihuela de rueda. Hoy, en disco, es posible acceder a todo este catálogo de asombrosos sonidos. 

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