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Una sangría que no cesa

El nuevo año ha comenzado con una renovada sangría de mujeres que han perdido la vida en una loca escalada que ha supuesto la muerte de tres de ellas en un plazo de veinticuatro horas. Al estupor y a la indignación se une un comprensible sentimiento de impotencia para erradicar esta lacra que afecta a la sociedad en su conjunto.

el 14 sep 2009 / 22:54 h.

El nuevo año ha comenzado con una renovada sangría de mujeres que han perdido la vida en una loca escalada que ha supuesto la muerte de tres de ellas en un plazo de veinticuatro horas. Al estupor y a la indignación se une un comprensible sentimiento de impotencia para erradicar esta lacra que afecta a la sociedad en su conjunto. Se tiene también la sensación de que todo está dicho, de que se han aportado todos los argumentos para desbaratar cualquier tipo de justificación a esta crueldad, de que se han dado pasos importantes en la mentalidad colectiva de rechazo de esta violencia, y que poco queda por añadir; solo la condena; de nuevo la condena de cada una de estas muertes. Y en efecto, nada nuevo se puede añadir a un debate que lleva ya demasiado tiempo vigente; poco se puede aportar a lo ya dicho. Sin embargo, permítanme una nueva reflexión. La frustración que todo ello provoca ha propiciado que se repare en la Ley integral contra la violencia de género y se cuestione su eficacia, a lo que han contribuido las declaraciones de la Vicepresidenta reconociendo que ésta se ha demostrado insuficiente para combatir la violencia que se ceba en las mujeres. Unas declaraciones que no consideramos acertadas por cuanto una situación no se cambia por el simple hecho de que se apruebe un texto legal, máxime cuando la realidad a la que se dirige es de gran complejidad, que requiere de medidas a corto, medio y largo plazo, a fin de invertir un tipo de relación que se asienta en la ideología de la desigualdad, y en la que los maltratos y muertes de las mujeres no son más que la expresión más patológica. Pero las declaraciones de la Vicepresidenta, y los comentarios que se están haciendo acerca de la Ley, pueden tener otras consecuencias que de seguro no se desean: que se les de alas a aquellos que desde su aprobación rechazaron un texto legal que se refería casi en exclusiva a las mujeres víctimas.

En efecto, ha habido un sector importante de juristas, entre los que están muchos representantes de la judicatura, que rechazaron el texto legal porque, decían y dicen, trastocaba los tradicionales principios que hasta entonces habían informado el ordenamiento jurídico; unos principios, herencia de las Constituciones liberales, que impedían diferenciar entre mujeres y hombres. A partir de ahí, las críticas a la Ley han sido de todo tipo: se ha cuestionado su constitucionalidad por contravenir la igualdad formal; se ha acusado a las mujeres de abusar de los beneficios que contiene; se han criticado soluciones concretas, convirtiendo la anécdota en regla; se han esgrimido los intereses de los hijos como si fueran actores ajenos al drama familiar; y se han defendido, a veces sin pudor, los intereses de los maltratadores como queriendo rebajar la importancia de lo que hacen.

En este contexto, se debe afirmar que la Ley a la que nos referimos es excelente, porque aborda el fondo del problema al que nos enfrentamos, y lo hace desde un planteamiento integral. Ponerla en cuestión cuando aún no se han desplegado todas las medidas que contiene, implica abortar una carrera cuando aún no se ha llegado a la meta. Pero sobre todo, se le da oxígeno a aquellos que nunca entendieron la dimensión del problema al que nos enfrentamos, a aquellos que se sienten cómodos con un Derecho descomprometido con la realidad pero que suministra uno conceptos y unas técnicas fácil de aprender y aplicar, aunque difíciles de explicar en algunas ocasiones.

Rosario Valpuesta es catedrática de Derecho Civil de la Pablo de Olavide

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