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Una tarde en Managua

Sorteando laberínticas y coloridas paredes asediadas por una espesa vegetación, en un espacio amurallado de hormigón, se encuentra la sede del Frente Sandinista en Managua y la residencia de su líder Daniel Ortega.

el 14 sep 2009 / 23:26 h.

Sorteando laberínticas y coloridas paredes asediadas por una espesa vegetación, en un espacio amurallado de hormigón, se encuentra la sede del Frente Sandinista en Managua y la residencia de su líder Daniel Ortega. Nicaragua es un país tan pobre que no cuenta con una residencia oficial para sus dignatarios. Cuando uno consigue adentrarse, sorprende el contraste de la cargada simbología de sus despachos con la austeridad de las zonas de paso. En una sala con una temperatura inspirada en un frío siberiano, descansan unos discretos centros de flores sobre una mesa gris y funcional, coronada por una hilera de impecables sillas de color rojo y negro, la única concesión a los colores oficiales del sandinismo. La misma habitación donde hace pocos días, tres españoles, sin responsabilidad institucional, nos reunimos con Daniel Ortega.

Lo que se anunció como un saludo rápido, por la inminencia del viaje de Ortega a Venezuela, unos minutos después se convirtió en un extenso y amable diálogo de más de una hora, en el que disfrutamos de la oportunidad de sobrevolar, en un apasionante intercambio de opiniones directas, sin condicionamientos previos ni censura, cuestiones como Colombia y las FARC, las izquierdas latinoamericanas y Hugo Chávez, Cuba y Fidel, la distancia emocional de España y Latinoamérica, la cuestión iraní, el incidente del Rey con Chávez en la última cumbre, o la percepción de algunos medios españoles sobre procesos como Bolivia o Venezuela y el comportamiento de algunas empresas españolas.

Una conversación repleta de lugares ya previsibles, algunos congelados en el tiempo desde la Guerra Fría, con enemigos eternos a pesar de los años; otros, sujetos a las leyes inapelables de la pobreza, de la necesidad, de la injusticia de un orden global incapaz de resolver los problemas de los más débiles. Dentro de un año se celebrará el 30 aniversario de la revolución sandinista. Una buena excusa para intentar averiguar la realidad hoy de las ideas que representan Castro, Chávez o el propio Ortega, e incluso de los matices entre ellos. También para resolver las aparentes contradicciones de sus convicciones y la certeza de la globalización, el indigesto imperialismo inmoderado de los mercados o el efecto de aquellos Estados y Gobiernos, que confían más en el poder del dinero que en el de la propia política. Nadie cuestiona que Ortega o Chávez están en el poder gracias a las urnas.

El dilema reside en descifrar el encaje de una ideología romántica pero amortizada en el siglo XXI, con los problemas que malviven hoy, desgraciadamente, sin expectativa de solución. El sandinismo es un enigma no resuelto, un verdadero rompecabezas. Es una ideología que sigue atormentada por la pobreza o la injusticia. Superviviente de un continente abandonado a su suerte. Pero también es el reclamo de una necesidad, del urgente apremio de una transición definitiva en América Latina, que consiga enterrar los rescoldos de la maldita Guerra Fría y de los males del Siglo XX.

Gonzalo Suárez Martín es abogado

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