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Una terapia equivocada

Desde Karnac a la Concordia, pasando por Atenas y Roma, la estatuaria cumplió la triple función de ornar, honrar y sublimar a quien las erigía.

el 14 sep 2009 / 22:56 h.

Desde Karnac a la Concordia, pasando por Atenas y Roma, la estatuaria cumplió la triple función de ornar, honrar y sublimar a quien las erigía. Por eso las mejores esculturas de Sevilla son las del Renacimiento, destinadas a configurar la ciudad como la "Nueva Roma". Las figuras de San Pedro y San Pablo de la Puerta del Perdón de la catedral la comparaban con la sede papal; el Giraldillo era Victoria, Fe, Palas Atenea pero, sobre todo, Sevilla misma, izada al punto más alto. Por eso las de Hércules y Julio César lucen respectivamente el rostro de Carlos V y de Felipe II.

Se encargaban a grandes artistas: Miguel Florentí, Juan Bautista Vázquez, Diego de Pesquera? que ideaban también su colocación o, incluso, introducían "locuras" geniales. El carácter de autómata de la Giraldilla convertía a Sevilla en "señora de los vientos", la ubicación sobre columnas y capiteles romanos auténticos de los míticos fundadores fue, en realidad, una instalación escultórica avant la lettre, destinada a provocar la asociación de ideas entre la urbe del XVI e Hispalis y el que la mano que el San Pablo de la calle Alemanes esconde en su toga "aparezca" sosteniendo la peana en la que posa sus pies, una genialidad. La decadencia no sólo trajo miseria material; también pobreza de espíritu de la que, a pesar de la alta renta per cápita, Sevilla no se ha recuperado. Hubo intentos en el XIX como el de los Montpensier: ahí está su galería de personajes sobre la puerta de carruajes de su palacio, y nada más. El último pudo llegar, al paso de las libertades, con el monumento a la Tolerancia, de Chillida, alzado en la Plaza de los Autos de Fe, la de San Francisco. Pero nos negamos a un acto de contrición. Por eso esta obsesión por rellenar vacíos tiene un sentido freudiano: Sevilla sigue sin querer saber quién es.

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