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Cultura

Una vida de artista en el Maestranza

La violinista rusa Tamara Bektemirova, ayuda de concertino en la Sinfónica de Sevilla, se jubila y dice adiós a 60 años de continua dedicación a la música clásica

el 15 feb 2015 / 12:00 h.

TAMARA bEKTEMIROVA - VIOLINISTA Tamara Bektemirova (Moscú, 1950) se enamoró antes del violín que de Sevilla.Por poco. Con cuatro años ya empuñaba el instrumento. Y tras llevar 14 años trabajando en el fastuoso Teatro Bolshoi de la capital rusa, se mudó a Sevilla para hacer carrera en el Teatro de la Maestranza. Violinista, concertino asistente y ayuda de concertino en la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla (ROSS), la intérprete pondrá fin a su carrera musical en apenas unos días. «Antes de llegar aquí casi siempre tocaba en el foso del Bolshoi, acompañando ballets y óperas. En 1990 visité Sevilla en una gira y me enamoré inmediatamente de la ciudad. Fue algo muy curioso, yo había viajado mucho, por toda Europa, y pensaba que mi patria era mi lugar, pero no, pronto descubrí que mi lugar estaba aquí», recuerda. «Coincidió mi visita con la fundación de la Sinfónica, que por entonces hacía audiciones a músicos, y pensé:‘¡Oh, tocar en una orquesta internacional, vivir en Sevilla y, además, no perdía la nacionalidad!», rememora. Logró su sueño. Bektemirova consiguió también otro reto personal, tocar más repertorio. «En el Bolshoi siempre hacíamos las mismas obras, ¡creo que nunca se han cambiado!», dice. Años después viviría enSevilla el «momento más extraordinario y emocionante de su carrera» cuando a las órdenes del maestro Yuri Temirkànov interpretó la Sinfonía nº7 Leningrado, de Shostakovich:«Fue sobrecogedor, me contenía el llanto mientras tocaba y, cuando terminó, divisé en el público a personas que también derramaban sus lágrimas», rememora sobre una obra dedicada a la ciudad rusa de Leningrado, asediada por los alemanes durante la IIGuerra Mundial. La violinista ha trabajado con gran cercanía –dada su ubicación en los primerísimos atriles– con todos los maestros titulares de la orquesta. Del primero de ellos, Vjekoslav Šutej, recuerda, por encima de todo, su «generosidad»:«Daba mucho de sí mismo y empezó a trabajar el sonido de la Sinfónica. Los primeros ensayos con él fueron electrizantes, porque nos descubrimos poco a poco. Además el público le adoraba por su expresividad», asegura. El alemán Klaus Weise fue, según Bektemirova, «un maestro a la antigua», «muy democrático y simpático, con talento y optimista». «Nunca olvidaré cuando hicimos, con él al clave, la ópera de Mozart Così fan tutte, ¡fue maravilloso!». La intérprete rusa regala también buenas palabras para Alain Lombard, al que, como a Weise, perdona sus desplantes. «Era extraordinario», afirma deteniéndose en cada sílaba, como remachando el adjetivo. «Cuando le vi en el podio por primera vez creo que me enamoré, ¡era tan parecido a Eugène Ysaÿe! [compositor y violinista belga, 1858-1931]». Le apunta también como «el más exigente» de todos los maestros que ha conocido, un «artista». A la violinista le gustaría saltar de Lombard al recién nombrado John Axelrod. Pero en medio encontramos al maestro Pedro Halffter:«De él no quiero hablar, si lo hago diría cosas muy fuertes (...) He padecido cosas muy duras e injustas hacia mi persona», reconoce. Finalmente, del norteamericano constata lo que hasta ahora se intuye:«Se ha ganado la confianza de todos los profesores, es un gran comunicador, sabe mucho de organización y espero que no sólo esté dos años con ellos». Con ellos. Porque, en apenas un par de semanas, Tamara Bektemirova ya no jugará en este equipo. «No estoy triste, seguiré escuchando a la orquesta, ahora desde otra perspectiva, y tendré tiempo para mis asuntos pendientes, como conocer el Norte de España». ¿YRusia? «En su sitio, yo ahora lo que quiero es descansar y disfrutar». Porque la violinista piensa, además, que con 65 años, otros tienen que continuar su legado: «La gente viene a escuchar un concierto para llenarse de energía y eso pasa también por contemplar belleza y esbeltez en el escenario», algo que siempre ha llevado gala. Tiene alumnos que tocan en orquestas de todo el mundo y continuará impartiendo su magisterio de manera particular, defendiendo «una forma muy eslava de tocar, perceptible a la hora de articular el arco, de matizar estilos». Pero no volverá al escenario. «Nunca me he arrepentido, ni un sólo segundo por la decisión que tomé. Vivo en la ciudad más bella del mundo y en la que tiene mayor tradición operística. He tocado en su orquesta. ¿Qué más puedo pedir?».

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