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Cultura

Una vida en el libro antiguo

El escritor chileno Jorge Edwards ofrece en el Círculo Mercantil un biográfico pregón como prólogo a la Feria del Libro Antiguo.

el 13 nov 2014 / 23:17 h.

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Jorge Edwards este jueves en el Círculo Mercantil. / J.M.Paisano Jorge Edwards este jueves en el Círculo Mercantil. / J.M.Paisano El de anoche fue un acto tan protolocario en la forma, como palpitante en la expresión. Ya en los prolegómenos, el escritor Fernando Iwasaki exigía a la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión –que comienza hoy en la Plaza Nueva– que este tiene que tener un carácter «fundamentalista, talibán, debe defender a capa y espada las librerías de fondo y de viejo», porque en ellas reside el futuro de este negocio. Quien bien conoce el universo del libro antiguo y quien siempre lo ha llevado tan a ras de piel es Jorge Edwards (1932), escritor chileno, ganador del Premio Cervantes en 1999. «Edwards ha vivido siempre rodeado de libros. El primer volumen de sus memorias se detiene cuando tiene 21 años. Con esa edad ya había leído a todos los clásicos en su lengua original y, de camino... había logrado que sucumbieran ante él tres mujeres casadas», rememoró Iwasaki. «...Qué indiscreto que he sido, ¿tres mujeres casadas, dice? No serían tan casadas ¿no?», bromeó el autor de Los convidados de piedra. Amigo personal de Pablo Neruda y alumno en los jesuítas de Alberto Hurtado –hoy, Santo por la Iglesia Católica– Edwards se resistía a envarar su intervención en el guión del pregón que traía escrito. «Cuando habla, habla toda la literatura hispanoamericana», siguió agasajándole Iwasaki. El protagonista de la función, sin perder su media sonrisa, comenzaba a dejarse imbuir por el espíritu de los libros:«El amor por los libros me ha salvadado y me ha perdido, me ha hecho bien y me ha hecho mal», dijo. Se remontó entonces a su juventud, cuando su padre le recomendaba que fuera «abogado entre semana y escritor los fines de semana», algo que a él le «enfurecía». «Un día se acercó a mí y me dijo: ‘Está bien, hijo, escribe, pero hazlo sobre cosas interesantes, como la historia de la industria del cobre en Chile’... y claro, me enfadaba aún más, yo quería escribir ficción», recordó. Hoy, Edwards, echa la vista atrás y no se arrepiente de su empecinamiento. Tampoco se amilana ante el auge de las nuevas tecnologías, entre ellas, el libro electrónico.«El buen lector existe en todas partes y en todos los soportes y, para mí, es una bendición cuando recibo un email en el que alguien agradece mi trabajo, es como si me dieran un pequeño premio», aseguró. Luego comenzaron a agolparse citas ineludibles de su formación como creador:Azorín, Baroja, Pérez de Ayala, Unamuno, «libros descuadernados, desarmados, desteñidos», que todavía conserva en su infinita biblioteca, esa que siempre le acompaña. «Mis descubrimientos de libros antiguos siempre fueron desordenados y universales. Acompañé a Neruda al Mercado de las Pulgas, un día domingo de París, y en un descuido suyo encontré una edición original de Stendhal», contó. «El libro antiguo nos lleva a todas partes, a todas las experiencias humanas, al conocimiento, a la exaltación del amor, de la belleza, de la poesía», aseveró en medio de un relato que le guió por los lugares físicos de su vida:Sevilla,Santiago de Chile, Valparaíso, Estambul, el Sur de Francia... «El libro antiguo nos lleva a todos lados», insistió. «Confieso que un día compré una edición original de David Copperfield, de Charles Dickens, demasiado barato, aprovechando la distracción del libro.Fue, creo, un pecado venial. Hay que leer, hay que saber y hay que amar. A fin de que nuestros pecados, veniales y mortales, nos sean perdonados», concluyó.

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