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Cultura

Unai Elorriaga disecciona el corazón de las dictaduras

el 20 mar 2010 / 20:34 h.

Unai Elorriaga (Getxo, 1973) se dio a conocer hace casi diez años con una reveladora novela, Un tranvía en SP. Desde entonces ha publicado dos títulos más, y ahora vuelve a las librerías con Londres es de cartón (Alfaguara), una obra en la que asume nuevos desafíos. “Sabía que quería cambiar de estilo, buscar una nueva voz, y también usar una estructura juguetona, que permita por ejemplo que unos ingleses decimonónicos aparezcan en medio de una situación actual. Y que el lector, finalmente, se sorprenda al ver adónde lo he llevado”.

El primer riesgo para Elorriaga ha sido escoger el tema y la ambientación de su nueva obra: una dictadura ficticia. “Llevo años reflexionando sobre las dictaduras, pensando en que nos han influido muchísimo. La que padeció España, que yo no viví, sigue presente en muchos aspectos, como herencia cultural, religiosa, lingüística, etcétera”, explica.

Según confiesa el propio autor, se trata de uno de esos escritores que tienen la novela completa en la cabeza antes de sentarse a escribir. “Sé en todo momento hacia dónde voy, y cómo va a acabar. Hago un trabajo grande de estructuración para que la última frase esté puesta antes de empezar”, agrega.

Londres es de cartón narra la historia de Sora, desaparecida hace 20 años, y de su hermano, Phineas, que aguarda esperanzado su regreso todas las tardes subido con unos amigos al tejado número 17 para vigilar las dos entradas al pueblo.

“La idea de desaparición es aún más dura que la muerte. Si desaparece un ser cercano, prefieres pensar que está muerto a preguntarte si seguirá sufriendo. Eso crea un estado de ansiedad. Y por ese motivo da una extraña tranquilidad ir a visitar a los parientes al cementerio”, comenta. “Como motivo literario, la ausencia resulta muy interesante. En Londres es de cartón me permite contarla desde muchos puntos de vista”.

Lo cierto es que las dictaduras de las que habla Unai Elorriaga no sólo son las que encabezan los generales de bigote fino y pelotón de fusilamiento. “Ésas son las más fáciles, aquellas contra las que todos luchamos, el rostro desagradable al que se puede tirar piedras. Pero hay también actitudes dictatoriales en el sistema de las grandes empresas, o en esa ciudadanía que opina que todo arreglo pasa por la mano dura. En eso se han educado muchos españoles, y supongo que combatirlo será cuestión de años y mucha educación. También el machismo ha sido un elemento de nuestra cultura, pero ya empiezan a verse los cambios”, apostilla.

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