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El Príncipe de Gales y la Duquesa de Cornualles realizon una rápida pero intensa visita a Sevilla

el 01 abr 2011 / 13:30 h.

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El príncipe Carlos saluda a unos turistas después de visitar el Alcázar.
Camilla señala desde el tranvía algo de Sevilla que le llama la atención.

De entrada hay que confesar que por culpa de unos o de otros el tópico de la exacta puntualidad británica se volatilizó (aunque por poco). Con apenas diez minutos sobre lo previsto, el Príncipe Carlos de Inglaterra y su esposa Camilla Parker-Bowl, Duquesa de Cornualles, llegaron al Ayuntamiento de Sevilla. Atrás quedaba la visita al palacio de San Telmo y el encuentro con el presidente de la Junta, José Antonio Griñán. Para entonces ya se había producido la primera ruptura del protocolo.

Al aterrizar en el aeropuerto de San Pablo, la real pareja decidió prescindir del Mercedes blindado que les aguardaba para subir a otro "en el que se pudieran bajar las ventanas", según pidieron de forma improvisada. Dicho y hecho, a su disposición tuvieron el coche oficial de la consejera de Presidencia, Mar Moreno, a quien, sorprendida, le faltaron segundos para despejar de papeles los asientos traseros.

De regreso al Centro, y tras un fugaz vistazo (plano general, se diría en términos cinematográficos) a la sede de la Junta, el Príncipe de Gales y su esposa tomaron el tranvía -reservado en exclusiva para ellos- rumbo al Consistorio y dejando atrás a una espontánea multitud de curiosos que pusieron en ligeros apuros al imponente cordón de seguridad que les rodeaba.

Por el camino, y según algunos de los selectos acompañantes, se interesaron por el Archivo de Indias, mostraron su sorpresa por la calurosa acogida de los sevillanos y no obviaron el generoso mercurio que castigaba con furia sus elegantes pero en exceso tupidos atuendos reales. Frente a la casa grande, cerca de un millar de personas entusiasmadas con la visita y otros... no tanto: los manifestantes de Tussam siguen acampados allí y decidieron vociferar su saludo al alcalde junto a tan ilustres invitados.

En el interior, y precedidos por unos bedeles ataviados con ropajes del Siglo de Oro, los (eternos) herederos de la corona británica se encontraron con la Corporación municipal (excepción hecha de los ausentes tres concejales de IU). Carlos de Inglaterra les pidió disculpas por el retraso (los ediles del PP se habían adelantado a la hora prevista y acumulaban 40 minutos de parón) y preguntó si alguien hablaba inglés. Un minúsculo, fugaz y terriblemente violento silencio recorrió como un latiguillo a los concejales. Nadie se atrevió a romper fuego, sólo la delegada de Cutura, Maribel Montaño, se lanzó a cuerpo abierto: "A little".

Luego, a la vera del alcalde, Alfredo Sánchez Monteseirín, se sucedieron los saludos y por poco el socialista no tuvo que entresacar de la fila a Juan Ignacio Zoido (PP), que, ubicado junto a una turba de fotógrafos que lo hacían invisible, a punto estuvo de quedarse sin estrechar la mano.

En la reunión que siguió a puerta cerrada se habló de la lucha contra el cambio climático y se les hizo entrega de un detalladísimo dossier de inequívoco título (Sevilla sostenible) en el que se vende a Híspalis como la capital santo y seña en su compromiso con el medio ambiente.

Tras atender la clase -en la que también se habló sobre la necesidad de reducir la emisión de gases contaminantes en las ciudades- siguieron los agasajos. El alcalde les obsequió con una réplica del centro del mosaico romano Los Pájaros, hallado en el inaugurado Antiquarium del complejo Metropol Parasol, y con un abanico sevillano de palo santo pintado a mano.

En la Sala Capitular del Ayuntamiento, presidida por un óleo con Santa Justa y Rufina, el Príncipe y la Duquesa dejaron constancia de su visita con la firma (en el más estricto sentido de la palabra, pues no dejaron ni una palabra, sólo sus reales garabatos) en el libro de honores. Tras salir a plena luz, Camilla desplegó su sombrilla para protegerse del sol y caminó a la vera de su marido hacia la Plaza del Triunfo saludando con modos papales (ya se sabe, ligera contorsión de la mano de izquierda a derecha) a los curiosos congregados a lo largo del recorrido.

Tras realizar otro plano general (van dos) a la Catedral, los herederos entraron al Real Alcázar por el Patio de la Montería precedidos por una cruz de guía integrada por una veintena de trajeados guardaespaldas (rubios, 1'80 de altura) de descarada procedencia inglesa. Allí volvieron a pegar otro susto a su séquito cuando, de entre un grupo de turistas, una voz firme emergió: "Charles, come to me, please!". El Príncipe, creyendo quizás que tenía ante sí a una compatriota se dirigió a ella y le preguntó: "Where are you from?". Esperando que la respuesta fuera del tipo: London, Liverpool o Manchester, la espontánea no titubeó: "From Vilafranca del Penèdes", aseguró rebosante de dicha. Luego se apresuró a explicarle que en su infancia había estudiado "unos añitos" en Inglaterra.

Acabó entonces el lado público de la visita. Mientras Carlos de Inglaterra se reunió en el salón Gótico con empresarios británicos y españoles y aprovechó para felicitar a los emprendedores, la Duquesa de Cornualles se marchó al vecino Museo del Baile Flamenco en donde disfrutó (o eso dicen las crónicas autorizadas) de un breve espectáculo que la coreógrafa y bailaora Cristina Hoyos había preparado especialmente para ella.

Calor, té con pastas y flamenco para Carlos y Camilla

Tras una mañana plagada de actos oficiales, la pareja formada por el Príncipe de Gales y la duquesa de Cornualles se separó por la tarde para acudir a distintas citas en la ciudad.

El príncipe Carlos, por su parte, acudió a las jornadas organizadas por la Fundación Tres Culturas del Mediterráneo, sita en el pabellón de Marruecos de la Cartuja. Su Alteza Real hizo aparición pasadas las 16.00 horas y, bajo un sol de justicia, se encontró con el presidente de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán, y la directora del centro, Elvira Saint-Gerons. En el evento participaba la fundación británica Mosaic, que aboga por la integración de la comunidad musulmana en Europa y es seguida muy de cerca por Carlos de Inglaterra. En ese sentido, la Embajada comentó el interés que despierta la convivencia religiosa en el heredero inglés. Tras el protocolario té con pastas que le ofrecieron, se trasladó a las instalaciones de Airbus Military, en San Pablo. Allí pudo visitar el estado en que se encuentra la línea de montaje final del A400M, en el que participa el Reino Unido.

De forma paralela, la Duquesa de Cornualles, primeriza en la capital hispalense, visitó el Museo de Baile Flamenco. Allí, contempló la exposición dedicada al folcrore andaluz, con sede en un edificio construido en el siglo XVIII.

Finalmente, tras un día que la pareja recordará como caluroso (el termómetro superó con creces los 30 grados), se reencontraron en el aeropuerto de San Pablo, desde donde partieron a la finca del duque de Wellington en Íllora, Granada. Allí pasarán el fin de semana disfrutando de su agenda privada antes de regresar a Londres.

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