Cultura

Universo de ensueño colmado de belleza

Lugar: Teatro de la Maestranza. Compañía: English National Ballet, dirigido por Wayne Eagling. Coreografía: Michel Corder. Música: Sergei Prokofiev. Intérpretes: Erina Takahashi, Dimitri Gruzdyev, Adela Ramírez, Sarah Mcllroy, Jane Haworth, Begoña Cao y otros. Calificación: ***.

el 08 abr 2010 / 18:52 h.

Michel Corder sostiene que el lenguaje del ballet clásico tiene un enorme potencial narrativo. Con esta obra, gracias a la música de Prokofiev, lo demuestra plenamente. Porque ya desde la partitura esta pieza nos describe el cuento popular a la perfección, llegando incluso a trasvasar sus fronteras recreando todo un universo de ensoñación, colmado de belleza y elementos sugerentes.

Para ello, el English National Ballet pone en marcha una producción fastuosa, todo un despliegue de medios técnicos y humanos al servicio de una puesta en escena tan espectacular como precisa, que supone un lujo para los sentidos y un claro homenaje al ballet clásico de todos los tiempos que, por cierto, a juzgar por el número de jóvenes que había entre el público, cada vez cuenta con más adeptos en nuestra ciudad.

No obstante, Michel Corder, con su coreografía, imprime a esta pieza clásica un sello personal impregnando el relato de humor e ironía gracias a las figuras de las hermanastras, interpretadas por la española Adela Ramírez y por Sarah Mcllroy, con un alto grado de limpieza técnica, gracilidad y expresividad, lo que les permite perfilar un baile que, aunque repleto de comicidad, es plenamente fiel al caudal expresivo de la música.

De la misma manera, el resto de la coreografía se ciñe al dinamismo propuesto por Prokofiev, hasta el punto de que ninguna pieza, salvo la del Gran Vals del baile, dura más de cinco minutos. Eso le permite un formidable despliegue de figuras y combinaciones que enriquecen la coreografía y otorgan al relato una fluidez que lo distingue de los ballets decimonónicos aunque, en realidad, el coreógrafo no sólo no prescinde del lenguaje clásico, sino que se diría que incluso abusa de él.

Por su parte, Wayne Eagling pone en marcha una fastuosa puesta en escena que se centra en trasvasar las fronteras del cuento para conformar una atmósfera de ensoñación que mezcla diferentes escenarios, pasando del ambiente opresor de la casa al ámbito etéreo del bosque, que representa el mundo de los sueños donde todo es posible con la luna convertida en hada madrina y el amor del príncipe como protagonistas. En ese sentido, cabe destacar lo abigarrado y atrevido del vestuario que mezcla con extrema habilidad y eficacia estilos tan diferentes como los trajes típicos del siglo XVIII junto al vestuario propio del ballet del siglo XX.

Lástima que el diseño de luces no acabara de potenciar el contenido emotivo de la obra, un contenido que, por otra parte, tampoco acaba de cuajar en el encuentro de los dos personajes centrales. Y es que, a pesar de la perfección técnica, al gracilidad y ductilidad de Erina Takahashi en su papel de Cenicienta, y la potencia y presencia escénica de Dimitri Gruzdyev en su papel de príncipe, sus pases a dos no acaban de alcanzar la complicidad y el brillo que el espectáculo se merece.

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