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Vaivenes del hombre tranquilo

Manuel Chaves no lo sabe, pero en 24 horas ha estrechado 144 manos, ha repartido 92 besos y propinado 21 abrazos; Ha recorrido 330 kilómetros, ha visitado cinco localidades y sus discursos suman algo más 220 minutos. Es su primer día de campaña. (Foto: Rodríguez Aparicio).

el 15 sep 2009 / 00:35 h.

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Manuel Chaves no lo sabe, pero en 24 horas ha estrechado 144 manos, ha repartido 92 besos y propinado 21 abrazos; ha recorrido 330 kilómetros, ha visitado cinco localidades y sus discursos suman algo más 220 minutos. Es su primer día de campaña.

En la habitación 333, la única del Hotel Atlántico con un escolta apostado en el pasillo, el presidente -como lo llaman todos a su alrededor- se ajusta el nudo de la corbata mientras contempla la Bahía de Cádiz amenazada por tupidos nubarrones. En ayunas, acaba de tener con José Manuel Cervera, uno de sus más estrechos colaboradores, una madrugadora reunión: repaso de agenda y periódicos. A menudo, Chaves aparece caricaturizado en prensa. Lo encaja con humor: "Algunas viñetas, las que no tiran con veneno, incluso las recorto", sonríe.

En un día normal, el candidato habría hecho al menos media hora de ejercicio; pero en ese deporte de competición cuya final se juega el próximo 9 de marzo, apenas tendrá tiempo para ello. Sobre la cama revuelta, una maleta que no es el baúl de la Piquer precisamente. Chaves comenta que su mujer, Antonia, le ha obligado a aprender a hacérsela solito. "Recientemente, lo admito". La chaqueta gris marengo y corbata a juego -sin marca especial, de grandes almacenes-, las elige él. Un poco de maquillaje y se dirige a su primera entrevista para televisión. Sólo después baja a tomar un frugal desayuno.

Chaves no es un hombre epidérmico, rehúye las efusiones en el contacto físico. Pero al ver al camarero en la duda, da un paso adelante y le tiende la mano. Prefiere tomar la iniciativa al embarazo que provocan los saludos torpes.

Su equipo de campaña, que lo sigue en una concurrida estela, lo componen dos asesores, una responsable de comunicación, varios escoltas, un médico y Priscila, la secretaria que es su fiel sombra desde hace más de 25 años. "¿Pris, dónde están mis gafas?", es una de las preguntas que más repetirá a lo largo del día. El bolso de Priscila es como la chistera de un mago o la maleta de Sport Billy: desde teléfonos a dinero para los gastos, tiene todo lo que Chaves va necesitando sobre la marcha.

Ésta será su familia durante 15 días, pero esté donde esté saca un hueco para telefonear a su esposa: un conjuro contra la neurosis. Se emociona también hablando de sus nietas. "Espera, soy un matao con los móviles, pero te voy a ampliar la foto de Lucía, la mayor", dice, y después de un forcejeo con las teclas consigue mostrarla sin disimular su orgullo.

Se sabe que Chaves, a pesar de sus kilómetros como político y gobernante, es un ser tímido. No se regodea en el sonajero de los aplausos que interrumpen su discurso en Chiclana, más bien parece que le aturden, y los sofoca con un gesto. Al término del acto, cuando varias docenas de oyentes quieren hacerse una foto con él, esconde su cerveza a la espalda y adopta una sonrisa de abnegado giocondo, que se hace más luminosa cuando son jóvenes los que se arriman para el posado.

Tras un almuerzo privado en El Puerto de Santa María, donde repone fuerzas con moderadas raciones de ensalada, alcachofas con chocos y pargo a la plancha, desaparece en el autobús mientras su equipo se permite una sobremesa distendida. Chaves ha bostezado un par de veces y se ha llevado dos dedos al entrecejo en señal de cansancio, pero la versión oficial es que va a inaugurar su blog de campaña. ¿No sería humano concederse una siesta? Por lo visto, no hay lugar para la más andaluza de las tradiciones: la campaña también se libra en internet.

"Pris, ¿dónde están mis gafas?", dice repasando sus papeles. En Chipiona, ante 170 mujeres, despliega su faceta más enérgica. "La gente cree que los políticos somos como Superman, pero claro que hay días en que no querrías salir de la cama", confiesa. Nadie lo diría al verle encandilar a féminas de todas las edades. Muchas ven en él al hijo, al padre o incluso al marido que no tuvieron. Esta vez no se prodiga en datos numéricos ni conceptos enrevesados. Por el contrario, las palabras, los gestos encendidos, buscan la fibra emocional. Chaves no es un político sexual; no es Felipe González. Si los judokas aprovechan la fuerza adversa, él procura reciclar la ausencia de aura en atributos de hombre familiar, confiable. Si le gritan "¡guapo!", sabe que es una cuestión de gratitud. "Nunca he sido un político carismático", dice en un rapto de franqueza. ¿O es una rebuscada forma de coquetería?

Otras vidas.

En este arranque de campaña la voz le ha traicionado con un par de gallos, y tiene a mano caramelos Ricola -procedentes, una vez más, del bolso de Priscila- junto a sus últimas lecturas: La elegancia del erizo, de la Barbery, y Los vulcanos, un corpulento ensayo sobre los neocons, "para conocer al enemigo", se sonríe. Pero su pasión más divulgada, y quizá más intensa, es el celuloide. Está frito porque salga en DVD la nueva temporada de El ala oeste de la Casa Blanca que, asegura, le ayuda a comprender mejor la Casa Rosa. ¿Con qué personaje del cine se identifica? No lo duda: "El Rick de Casablanca y El hombre tranquilo de John Ford". Se le recuerda que el personaje de Wayne luchaba por reprimir su furia, y que el de Bogart era un perdedor. "Según como se mire", cabecea. ¿Y Arenas, no ha terminado siendo un antagonista esencial? ¿No es ya un personaje insustituible en la película de Manuel Chaves? "Te refieres a Duelo en OK Corral", bromea.

"¿Pris, dónde están mis gafas?". En Jerez le esperan otra espesa entrevista -es la tercera vez que lo maquillan en el día, lo que permite que sea el único de la comitiva que no parece exhausto- y el último mitin del día. Borges solía decir que no se reconocía en el personaje llamado Borges que concedía entrevistas. "Yo también soy reacio a verme en televisión, muchas veces me sorprendo a mí mismo. Sueño con otras vidas distintas a ésta, pero sé que podré cumplir alguna. Hacer un largo viaje a la India, eso me gustaría", dice.

La India pilla lejos de Jerez. Sin embargo, algo muy estimulante debe de tener la política para compensar el martirio de las fotos, los piropos y las críticas, los debates, los discursos, las cifras, las ruedas de prensa, los desplazamientos. Chaves llega a su última cita como si acabara de tomarse dos cafés cortados, y recibe impasible el aguacero de flashes y de saludos. Pero hay un ruido de baja intensidad que viene extendiéndose a lo largo de toda la jornada, un rumor de multitudes que tiene que ser abrasador para la mente. Entre la fotografía de la nieta en el móvil y esta extroversión que puede llegar a ser insana, hay un vacío complejo, y en el centro un hombre solo. Él es consciente, tal vez hace de la necesidad virtud: "Me gusta estar con la gente, pero la soledad del poder es lo más duro", concede.

La jornada expira y el hombre tranquilo vuelve a casa sin ira. Un día menos para la cita del 9 de marzo, pero sólo un día más en el largo periplo del político andaluz más veterano. La llave gira en la cerradura y se ilumina la casapuerta. "Buenas noches", dice el escolta. "Hasta mañana", dice el presidente.

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