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Vándalos en el Parque

Las vilezas de cuatro bárbaros amargan la belleza del parque de Sevilla justo ahora que sus cinco grados menos lo convierten en un refugio providencial contra el calor.

el 16 ago 2011 / 19:08 h.

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Uno de los leones de la fuente que lleva su nombre en el Parque de María Luisa mostraba ayer un piercing hecho con un rotulador en su hocico. En su boca entreabierta, algún colmillo mellado, y, envolviendo su rostro como una maldición diabólica o como una tontuna de forofo futbolero, una sarta de palabrejas pintarrajeadas en rojo. Cerca de allí, a un estanque de distancia, al pato de la Fuente de las Ranas vuelve a faltarle el pico. Por aquí y por allá aparecen, con aspecto de poca cosa, laceraciones chulescas, pintadillas cafres como anagramas de algún salvaje, que se siente feliz de enlodar la memoria de Sevilla con la huella de su pezuña y hasta con su alias. En total, apenas dos metros cuadrados de vandalismo en el contexto de 400.000 que contiene este vergel, ¿qué indican? ¿Tienen importancia? ¿A partir de qué dimensiones se torna inadmisible, preocupante, humillante una profanación?

El verano está dejando su huella en el Parque de María Luisa, donde el denuedo evidente de los jardineros no impide que la sequedad de los emparrados, las hierbas altas y descuidadas y la escasez de flores (dos o tres ramilletes sueltos, de ese color rojo que lucen los tebeos puestos al sol en los quioscos, y en todo caso poco vigorosos) conformen una estampa más abúlica que romántica. No es el momento en que más destacan los daños, como podría serlo esa primavera exuberante donde todo parece estar milagrosamente en su sitio y lo horrendo salta a la vista por contraste, y encima hay poca gente paseando por allí porque con este calor no hay quien salga del frigorífico y la gente sólo se rasga las vestiduras para tirarse a la piscina. Pero dice la ordenanza municipal contra el vandalismo que las pintadas en elementos de los parques y jardines públicos serán multadas (si trincan al fulano, claro) con hasta 1.500 euros (que en realidad es hasta 3.000, puesto que ese trata de monumentos, es decir, de infracción muy grave).

Todo lo cual está muy bien, y dice mucho del encomio municipal en la persecución del criminal el detalle de que, en una lectura muy estricta (y algo cómica, hay que decirlo) del artículo 23 del capítulo V, de esa misma ordenanza se deduzca que expeler una ventosidad tiene multa de 120 euros (curiosamente, sólo se admite como infracción leve). Pero más allá de la guasa, lo cierto es que la impunidad es consecuencia casi natural del fenómeno cobarde, clandestino, solitario y a menudo nocturno del vandalismo callejero.

Dicho lo cual, no está feo el Parque de María Luisa. Está como harto de coles. Cinco grados menos, y en algunos espacios concretos aún más fresco, son una invitación con bordes dorados y marca de agua para que el ciudadano acuda por allí. Sus itinerarios deportivos; sus tesoros botánicos; sus bancos, fuentecillas y vericuetos; sus diversiones familiares; sus misterios... Hay muchas razones para frecuentarlo incluso en esta Sevilla de los cuarenta grados. Incluido el que la gente deje de ser de piedra y se anime a denunciar el vandalismo en caso de que lo presencie. 

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