Cultura

Vargas Llosa fue Sherezade

El milagro de la literatura oral se hizo posible ayer y el jueves en la Fundación Tres Culturas de la mano del escritor peruano Mario Vargas Llosa y la actriz Aitana Sánchez-Gijón, que representaron la obra Las mil noches y una noche. Foto: Sofía Meléndez.

el 15 sep 2009 / 08:13 h.

El milagro de la literatura oral se hizo posible ayer y el jueves en la Fundación Tres Culturas de la mano del escritor peruano Mario Vargas Llosa y la actriz Aitana Sánchez-Gijón, que representaron la obra Las mil noches y una noche.

El escritor peruano, eterno candidato al Nobel, autor de una fecunda y honda obra literaria, se subió al escenario improvisado en la trasera de la sede de la Fundación Tres Culturas, tan sólo parapetado por la redondez de la luna llena y dispuesto a ponerse en la piel del deshumanizado rey Sahrigar, ese personaje obcecado en cortar la cabeza, una a una, a todas las vírgenes que desposaba cada noche y que, víctimas de una venganza delirante, nunca verían la luz del día siguiente. Pues bien, el autor de Lituma en los Andes, fue, sin embargo, Sherezade, la princesa que cambió su decapitado destino; que hizo frente al acero con el ingenio y el embrujo de la tradición oral.

En su particularísima y "minimalista", según sus propias palabras, versión del clásico oriental Las mil y una noches, que en un velado homenaje a la reivindicación borgiana del título, tituló Las mil noches y una noche, Mario Vargas Llosa acertó en lo fundamental: en el fondo y en la forma, en la elección de su compañera de viaje hacia el centro de la literatura -deliciosa la interpretación de Aitana Sánchez-Gijón-, y en la reconversión del teatro, en la reducción del lenguaje escénico a su esencia: la comunicación.

Hizo posible, pues, Vargas Llosa -magistralmente dirigido por Joan Ollé- el milagro de la comunicación tan sólo apoyado en la palabra y en la interpretación desnuda de, ya lo hemos dicho, una exquisita Aitana que vistió de alta costura las lecturas dramatizadas del escritor -él no es actor, se le notó a veces, diríamos que no lo disimuló y supo apoyarse en el excelente manejo escénico y vocal de su compañera, que mudó su piel en un gran número de personajes, que llenó todo el escenario, se atrevió con la danza del vientre y fue viajando de la sensualidad a la ternura, de la candidez a la astucia más intrigante-.

Otro de los logros de este espectáculo tan poco espectacular -tan sólo cuatro músicos sobre el escenario acompañaban a la pareja, que unas veces interpretaba y otras, simplemente, leía desde un atril-, fue la selección llevada a cabo por Mario Vargas Llosa, que supo escoger los cuentos más desconocidos que guarda en su vientre Las mil y una noches.

Allí no estuvo Simbad, ni Alibabá, ni Aladino y su lámpara. Quizás por esto fue capaz, como los antiguos contadores de historias, como los trovadores y cantantes de la antigüedad, de sorprender al público con historias nuevas y de mantener la atención del espectador hasta el final de cada cuento, que Vargas Llosa fue encadenando uno con otro hasta la resolución final.

El arte de contar historias no ha muerto. Ésa fue la conclusión a la que llegaron las cerca de mil personas que abarrotaron cada día -el jueves y ayer viernes- el antiguo pabellón de Marruecos durante la Expo'92 y que escucharon atentamente cada historia, a pesar de la pésima distribución del patio de butacas -con escasísima visibilidad desde muchos de los asientos- y el calor sofocante propio de esta ciudad, que azotó sin piedad la primera hora de función.

La tecnología, el vértigo diario y el ritmo frenético de los nuevos modos de comunicación -la televisión por encima de los demás- no hacen sino confirmar que el hombre, hoy más que nunca, está hambriento de fantasía.

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