Cultura

Viaje de primavera al corazón de Schubert

el 22 oct 2010 / 21:23 h.

Tras la reciente cancelación de su recital en el Liceo de Barcelona la expectación por ver al tenor del momento, Jonas Kaufmann, en el Teatro de la Maestranza se redobló y el recital reforzó aún más su cariz de acontecimiento musical de la temporada -con permiso del inminente concierto pianístico de Pierre-Laurent Aimard [hoy] y de las funciones de El oro del Rin [en noviembre ]-. El muniqués Kaufmann atesora una carrera fulgurante que le ha llevado a cantar en muy poco margen de tiempo en los escenarios más importantes del mundo, con las batutas más sobresalientes de los siglos XX y XXI a la vez que posée un repertorio lírico amplio y popular y una dote actoral especialmente trabajada, lo que a la postre le ha convertido en una estrella de la ópera.

Por fortuna su credibilidad como artista es más que probada y, en efecto, tras el imparable astro Kaufmann hay un tenor de muchos enteros. Se ha puesto en duda si su voz es más wagneriana que schubertiana o si está más capacitado para la expansividad de la ópera que para la intimidad del recital.

Disquisiciones aparte, anoche demostró en el coliseo sevillano que hoy por hoy es uno de los gobernadores del Universo Schubert. Se podrá preferir la sobriedad de un Ian Bostridge o el recogimiento de Mark Padmore, hasta habrá quien se enfrasque en echarlo a pelear con el inigualable Fischer Dieskau, pero Jonas Kaufmann se enfrenta a los poemas de Müller musicados por Schubert con una personalidad propia, destilando una torrencial voz juvenil que el intérprete emparenta estéticamente con otro ciclo, Dichterliebe, de Schumann.

Casi 90 minutos los que Kaufmann dedicó ayer a desgranar los intersticios del reverso del Viaje de invierno schubertiano. El alemán se transformó en un arrebatado enamorado -sin atisbo de sobreactuación- que tan pronto cuidaba al detalle las exigencias del pianissimo que se imponía con una voz hermosa, acaso sin excesivo brillo, pero de pasmosa naturalidad. Con porte de estrella de Hollywood, Kaufmann realizó infinitas modulaciones, llenó de color al atormentado personaje y puso de relieve una expresividad vocal al alcance de muy pocos. Se creció en Morgengruss y plegó vela aterciopelando el timbre en Des Müllers Blumen.

Si es o no el mejor tenor del siglo que nos ocupa el tiempo acabará diciéndolo, valores no le faltan y su titánica capacidad para abarcar nuevos roles le acercan al modelo de Plácido Domingo. Se hizó acompañar Kaufmann por otra eminencia, el pianista Helmut Deutsch, habitual acompañante de las más ilustres voces. Fue el suyo un papel dialogante y concentrado, con un sonar clásico, no henchido de pedal, más intimista que bravo. Compartió con el tenor la manta de aplausos del entregado público sevillano.

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