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¡Viajeros al tren!, es el futuro

Los últimos días han sido tensos. Se han movido entre la confusión, la desesperación y el descontento. El conflicto desatado por los transportistas por carretera ha provocado la alarma y una sensación de que el colapso puede producirse. La crisis de abastecimiento ha sido percibida como real, como posible.

el 15 sep 2009 / 06:23 h.

Los últimos días han sido tensos. Se han movido entre la confusión, la desesperación y el descontento. El conflicto desatado por los transportistas por carretera ha provocado la alarma y una sensación de que el colapso puede producirse. La crisis de abastecimiento ha sido percibida como real, como posible.

Una situación que camina en paralelo a la dramática situación que sufren centenares de millones de seres humanos privados de los más elementales medios para la subsistencia. Crisis alimentaria, en el mundo pobre. Crisis de abastecimiento, en el mundo de la abundancia. ¡Qué ironía! Son crónicas anunciadas, de decisiones erradas o insuficientemente meditadas.

Fruto de una opción decidida a favor de la carretera. Impulsada por una fiebre arrolladora que confundió, como tantas veces ha ocurrido, el progreso con la simple ganancia. Que relegó al ferrocarril y a otros modos de movilidad a un estado casi testimonial. Tal vez, el resultado de intereses mezquinos que persiguen sin escrúpulos la ganancia rápida.

Quizás, de políticos que rehúyen hacer frente a decisiones comprometidas. De perspectivas chatas, que chocan continuamente contra el muro que ellos mismos han construido. Todo un desatino. El aire de la carretera no nos hace libres, es irrespirable. Genera más problemas de los que aparentemente resuelve. Y ocasiona situaciones de difícil gobernabilidad. En consecuencia, el transporte por carretera como opción prioritaria y, en muchos casos, única es una torpeza.

La representación de lo vivido estos días me anima a mirar hacia delante, y evocar en el pensamiento una imagen que, de tanto serlo, es cada vez más real. La historia del tren no pasó. Está cada vez más presente. El tren permanece, se resiste a ocupar un lugar en el definitivo museo de la historia. El tren seguirá abriéndose camino, recreándonos la vista, alejándose de cada estación y persiguiendo con cierta precipitación la siguiente.

Marcando un ritmo, veloz, con acompasada regularidad y agradable monotonía. Cuando Galdós visita a Shakespeare lo glosa de este modo: «Verdadera maravilla de la ciencia y de la industria es la muchedumbre de trenes que ponen en movimiento todos los días de la semana, menos los domingos, las compañías (de ferrocarriles) y la fácil exactitud con que las estaciones de empalme dan paso a tan enorme material rodante sin confusión ni retraso.

La velocidad, desmintiendo distancias, desarrolla en aquel país hasta tal punto el gusto de los viajes, que toda la población inglesa parece estar en constante movimiento». Qué mejor modo de moverse.

El tren mira hacia delante. ¡Viajeros al tren! ¿Por qué no? Es el futuro. Hay quienes lo han anticipado. Ya lo hizo, hace ahora 77 años, el ingeniero alemán Franz Kruckenberg, quien diseñó y puso en marcha el primer tren de alta velocidad de la historia, alcanzando, entonces, la velocidad de 230 km/h. Es, ciertamente, una opción, también una apuesta. El rápido aumento de la congestión de carreteras y ciudades convierte al ferrocarril en un objetivo irrenunciable.

Doctor en Economía

acore@us.es

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