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Vida entre ruinas

Los vecinos de Zonas Devastadas vivirán en otros pisos los 20 meses que duren las obras. Ahora, para acceder al bloque 12 de hay que pasar bajo un pasillo de andamios. El patio, apuntalado, no luce mejor. "La suerte que tengo es que no se me meten los ratones", asegura Mari Ángeles.

el 15 sep 2009 / 04:59 h.

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Ú. Palmar / M. J. Fernández

Para acceder al bloque 12 de Regiones Devastadas hay que pasar bajo un pasillo de andamios. El patio, apuntalado, no luce mejor. "La suerte que tengo es que no se me meten los ratones", asegura Mari Ángeles. Se quedan en los jardines comunes, pasto de pulgas, cucarachas y juegos infantiles.

Es duro vivir en uno de los 210 pisos que integran la barriada. Mari Ángeles, de 41 años y madre de siete hijos, se avía como puede. "Aquí tengo tres camas", dice, mientras la puerta del dormitorio se estanca a medio camino por culpa de la litera.

Cuántas veces habrá chocado en los 15 años que lleva en el piso. En todo este tiempo, sigue con su mismo contador de la luz de 125, se le ha hundido el suelo de la cocina, los marcos de las puertas se le han agrietado, y las paredes... "¿Sabes las capas de pintura que llevo?", pregunta, mientras las cuenta en uno de los agujeros que presiden su salita. "Cinco o seis. Y este martes quiero volver a pintar, porque me han salido nuevas grietas. ¿Tú sabes cuándo nos vamos?".

Es la pregunta que todos los vecinos se hacían en la calle y que todavía hoy sigue sin respuesta. A lo que Urbanismo únicamente ha contestado que estas familias estarán fuera de sus hogares "entre 18 y 20 meses para poder reurbanizar los espacios", según avanzaron fuentes municipales.

Aún así, y a falta de enhebrar más detalles, la medida ha sido aplaudida por todos. "Es que llevamos más de seis años pidiéndolo", se justifica Francisco Rodríguez, uno de los cinco miembros que hace tres años se unieron para constituir la Asociación Regiones Devastadas.

"Los bloques se hicieron en 1957, por Arquitectura de Madrid, dependiente del Gobierno Central, con miras a que se convirtiera en un destacamento militar. Pero las repartieron a familias. Y durante muchos años no hemos sabido quiénes eran los dueños.

Hasta que desde febrero se hizo cargo el Ministerio de Vivienda". Tampoco tienen escrituras. "En 1999, Urbanismo nos envió una carta con la que teníamos opción a compra. Pero era tanta la cantidad, más de un millón de pesetas, que nadie lo compró porque les parecían un abuso", explica.

De ahí que la mayoría de los pisos se hayan ido cediendo entre los familiares. Paula, de 30 años, heredó de su abuelo un segundo en el bloque 12 de la calle San Juan de la Cruz, una de las vías más degradadas de la zona.

Vive allí desde hace tres años con su marido Víctor, vasilloletano de nacimiento. En seguida cuenta los seis millones de pesetas que tuvieron que invertir para remozar la vivienda. "Tiramos los tabiques, que eran de arena y se deshacían. Pusimos todos el cableado nuevo, la perlita, lijamos las paredes, cambiamos los cuartos de baño, la cocina, y pintamos los techos con una capa aislante para evitar las goteras". Ahora, dice Paula, tienen hasta suerte de que sólo les hayan quedado algunas humedades. "Hay que tener cuidado con la ropa que metemos en los armarios, porque se apulgara", apostilla.

El caso de María Romero, de 38 años, es similar. Un vecino le cedió un local para que ganara una habitación. Convive con sus dos hijos, su hermana y sus dos sobrinos en un piso que tras la reforma alberga tres dormitorios. "Aquí no se puede vivir", resume.

Hace frente común con su vecina, Mari Carmen Cano, de 47 años. "La mayoría de los árboles están enfermos y nada más que nos dan alergias, crían pulgas y ratas como conejos", insisten. "Mi hija se rasca más que un mono por culpa de los bichos. Y todos los días tengo que lavar la moto por lo pegajosa que me la dejan las plantas", continúa María.

En su lista de desperfectos también incluye los hierros y muebles viejos que se desparraman en los patios comunes, los contadores de la luz que amenazan con caerse al suelo, los desconchones y agujeros de los muros, la cal roída de las paredes, y los cables sueltos de electricidad. "En medio de todo esto, juegan nuestros hijos". "Tampoco podemos tender en condiciones. Tengo que estar pendiente de la ropa para quitarla en cuanto esté seca, por que si no, se me queda pringosa", termina María.

1.000 metros más allá. Apenas un kilómetros dista Regiones Devastadas de otro núcleo también envejecido, Los Pajaritos. El mismo guión se repite en este barrio. Allí, sus vecinos aplauden cualquier medida "con tal que se acuerden de ellos", como remacha Dolores San Román, comerciante de 53 años que ha visto como los pisos que están junto al colegio han ido llenandose "de grietas y ratas". "Es un peligro para esas familias y los que pasamos bajo los bloques", destaca Dolores.

Un poco más allá, siguiendo la estela de la Ronda del Tamarguillo, asoman más bloques desconchados y en estado ruinoso. Por sus ventanas cuelgan ropa. Pese al mal estado allí viven familias. La de Antonio Esparragoso es una de ellas. "Vivo en el bloque número uno. Necesitamos una reforma urgente.

Tenemos problemas de gritas, humedades, filtraciones de agua", asegura este vecino pensionista que no tiene para acceder a una mejor vivienda. "Lo poco que hemos reformado como cambiar la luz de 125 a 250 lo hemos pagado de nuestros bolsillos". A Antonio a otras tantas familias les llega ahora la ocasión de reformar los pisos en los que llevan toda una vida sobreviviendo.

Por ello, hay quien se siente con suerte tras conocer la iniciativa municipal. María del Carmen Cossío lleva 28 años viviendo en el bloque 16 de Regiones Devastadas. "Mi piso me lo dio mi cuñada y es de los de tres dormitorios. Los de dos tienen un cuarto de baño tan chico que no cabe una persona gruesa. El Ayuntamiento ya nos lo arregló una vez y nosotros, además, le hemos puesto los conductos para que el agua caliente llegue a la cocina y no sólo al baño".

Y es que para quien no conozca el barrio, Mari Ángeles propone, como reto: "Yo siempre digo que quien quiera que se venga a mi casa desde las ocho de la tarde a la una de la madrugada. A ver si es capaz de quedarse a dormir después de escuchar el crujido que hay en las paredes".

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