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Vientos del norte

El frío se disolvía en una formidable energía colectiva, cuyo rostro más visible se mostraba en sus risas contagiosas. La euforia corría paralela al sentimiento de vivir un momento tan histórico como anhelado. Desconocidos bailaban y se besaban, se ayudaban...

el 15 sep 2009 / 22:09 h.

El frío se disolvía en una formidable energía colectiva, cuyo rostro más visible se mostraba en sus risas contagiosas. La euforia corría paralela al sentimiento de vivir un momento tan histórico como anhelado. Desconocidos bailaban y se besaban, se ayudaban a escalar el liso e impenetrable muro de hormigón. En muchos de los rostros ya no existía margen para el miedo, la represión, la muerte a mano de balas dirigidas contra la libertad. Las torretas de soldados, antaño intimidantes, en ese mágico momento colgaban fantasmagóricas en la noche. A la misma hora, sonaban con más vehemencia de la habitual los teléfonos de las residencias oficiales de presidentes y ministros de otras naciones. Algunos con el miedo en el cuerpo, intuyendo la repetición de catástrofes vividas en el pasado. La mayoría convencidos de estar viviendo los primeros momentos de una nueva era de cambio.

Veinte años han pasado ya de la caída del muro de Berlín. Dos décadas sin aprovechamiento alguno del fin de ese mundo bipolar, estrecho, miedoso, previsible. Ahora hastiado de reconocerse en la peor situación que se recuerda en generaciones. Con millones de desempleados, cierres masivos de empresas, con la sensación de dinero volatilizado, con impresentables resurrecciones nacionalistas de tinte xenófobo. Sin ideas con suficiente fortaleza que concedan alguna sólida perspectiva de futuro. Pagando los platos rotos del irracional dominio de la ambición desmedida y el corto plazo, tanto en la política como en la economía.

Con el poder mostrándose débil, vulnerable, desnudo, sin los abalorios que antes le permitían aparentar suficiencia, certeza, dominio de la realidad. Una era de incertidumbre tan avasalladora, que resucita la necesidad de conceptos tan convencionales como olvidados. Solidaridad, sacrificio, pacto intergeneracional, austeridad, compromiso colectivo, generosidad, consenso.

Esos que entonces se encaramaban en el maldito muro, ahora son cuarentones hipotecados lidiando con hijos adolescentes o en la guardería. Los mismos que ahora, en las encuestas de intención de voto, escogen la continuidad del actual gobierno de coalición entre democristianos y socialdemócratas, antes que la victoria del partido que más les gusta. Prefieren la cohabitación a la confrontación. No quieren oír hablar de luchas partidarias, de vencedores y vencidos, de oportunistas manifestaciones callejeras o grandilocuentes retóricas de aquellos que no tienen que tomar decisiones.

Saben que en el acuerdo reside la mejor oportunidad para salir de la crisis. Entienden que este es el momento de dirigentes que sepan compartir los riesgos y las decisiones con el adversario. Capaces de sumar y no de restar. Lejos de la tentación de banales e inoportunas poses. Con grandeza de miras y sincera generosidad.

Nos llegan vientos del norte que deberían arrastrarnos a un sentido común hoy más necesario que nunca. Vientos que nos pueden ayudar a derribar ese muro que hoy impide la vista de nuestras peores miserias.

Abogado

opinion@correoandalucia.es

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