Cultura

Vilches y Salvador Cortés lograron cortar una oreja

El diestro de utrera protagonizó los momentos de mayor calado artístico. destacó el segundo toro de peñajara.

el 16 ago 2010 / 18:57 h.

El brutal percance sufrido por Luis Mariscal cuando banderilleaba al quinto toro ensombreció la corrida. Un festejo vivido y prácticamente organizado como una oportunidad para tres diestros honestos necesitados de un fuerte zambombazo desde distintas situaciones profesionales.

 En el caso de Luis Vilches, para retomar el ritmo de una carrera frenada hace dos años a raíz de un grave e inoportuno percance en la plaza de Cenicientos. Sin importarle la inactividad, el diestro de Utrera salió a darlo todo desde que se abrió de capote. Precisamente, toreando con el percal, dibujó los pasajes de mayor calado artístico de la noche: naturalmente encajado y templado al recibir al primer toro del tremendo encierro de Peñajara. Vilches le plantó cara con la muleta pero el toro, un auténtico león, fue un bocado duro con el que sólo cupo firmeza y voluntad.

Ésa fue la mejor declaración de intenciones del ya veterano matador, que sorteó en segundo lugar un torazo jijón de hechuras arqueológicas al que toreó con buen aire desde que se abrió de capote. La faena tuvo mejor inicio que final pero Vilches derrochó entrega a pesar de que el toro, que tuvo movilidad, nunca fue del todo claro. La sensibilidad del público sevillano puso en sus manos un cariñoso trofeo. Le hacía falta.

Otra oreja obtendría Salvador Cortés del mejor toro del tremendo envío de Peñajara. Excelentemente picado por Carbonell, el animal llegaría a la muleta con boyantía y codicia. Las indudables ganas del diestro de Mairena fueron lo mejor de esta faena con final algo declinante en la que tampoco faltó el apoyo y el cariño del público sevillano. El quinto, ofensivo e imponente, pidió más pulso en la muleta pero bastante fue que le armara faena después del tremendo cornadón que le había inferido a su hermano.

El madrileño Javier Cortés no tuvo opciones para aprovechar la oportunidad que se le presentaba. A pesar de todo, al debutante no le faltó firmeza y solvencia pero los trompicones del tercero y la violencia endiablada del sexto abortaron cualquier posibilidad de lucimiento. A esas alturas todos mirábamos de reojo a la puerta de la enfermería que no se abriría hasta pasadas las cuatro y media de la madrugada.

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