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¡Viva Sanlúcar de Barramea!

el 14 sep 2012 / 21:04 h.

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María Mezcle y la Sallago hicieron gozar en Santa Clara.
Espacio Santa Clara. 14 de septiembre de 2012. Cante: La Sallago, María Mezcle. Guitarra: Adrían Lozano. Entrasa: Aforo completo.


Si no fuera porque un monstruo de la guitarra y su hermano, gran músico y productor, adoptaron como apellido el nombre de esta ciudad, Sanlúcar correría a veces el riesgo de ser preterida, desplazada como ciudad flamenca por el protagonismo de Cádiz y los otros Puertos.

Para refrescarnos la memoria vinieron ayer a Sevilla dos cantaoras de generaciones distintas que pusieron patas arriba el Dormitorio alto de Santa Clara. Dos sanluqueñas, herederas de las voces fundacionales de Manuela La Bizca o María la Mica, que respondieron a la hospitalidad de Sevilla, como está mandado, pero también sacaron con justificado orgullo la bandera de su tierra.

Empezó gustando y gustándose la joven María Mezcle, poseedora de uno de los apellidos históricos del flamenco sanluqueño y de una fuerza vocal acorde con su imponente figura sobre las tablas. Honró a Tomás Pavón en la debla y por seguiriyas, para a continuación ofrecer una rosa blanca, símbolo de pureza, a su maestra Encarna La Sallago y regalarle el mirabrás de su tierra. Quizá sólo deba mejorar con el tiempo su vocalización para sacar el máximo partido a su voz hermosa e hiriente, pero todo lo demás lo tiene. Ayer lo entregó.
Si María estuvo espléndida, lo de La Sallago ya fue para echar abajo la torre de don Fadrique. 93 años, ¡93!, un hilo de voz precario y un cuerpo que parecía que iba a deshacerse como un terrón en mitad de un ay, pero con una gracia y una naturalidad que no son fáciles de ver en un escenario. "He subido antes y toda la fuerza la he echado", se disculpó al no poder rematar la seguiriya, pero lo compensó con creces, con el inestimable apoyo de María y del guitarrista Adrián Lozano, cantando con todo el cuerpo allí donde la voz no llegara, bailando con insólita vitalidad por bulerías. La sala se caldeó, los artistas se vinieron arriba, se puso a aplaudir con ganas hasta el guarda de seguridad, y hubo un momento en que de allí no quería irse nadie. María homenajeó en una bella letra a Ramón Medrano y otros memorables maestros sanluqueños, y todos salimos de allí con confortante sensación de ebriedad: la manzanilla es lo que tiene. ¡Viva Sanlúcar!

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