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"Vivimos en una ciudad que honra lo superficial y le concede medalla"

el 30 dic 2011 / 20:02 h.

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El escritor e historiador Manuel Jesús Roldán, que acaba de publicar el libro Conventos de Sevilla, en el claustro del Convento de Santa Inés.

Podría pasar por un sevillano de pro pero se defiende de tal afirmación. Manuel Jesús Roldán (Sevilla, 1970) es un historiador de la ciudad al que no le gustan las condecoraciones tradicionales que otorga su Híspalis amada. Critica duramente el desconocimiento que tienen quienes se dicen más apasionados de Sevilla -los sevillanos- y, a paliarlo se empeña con libros como Iglesias de Sevilla y, ahora, Conventos de Sevilla (Almuzara), un recorrido por estos recónditos, cerrados y silentes espacios a los que ha dedicado innumerables horas de trabajo.

-¿Cómo de difícil se lo han puesto las monjas para escribir Conventos de Sevilla?

-Nos hemos encontrado con dos posturas. Desde comunidades que nos han abierto las puertas de par en par hasta otras donde los impedimentos hasta poder acceder han sido muchos. De todas formas hay que ser comprensivo y entender su sentido de la vida.

-¿No cree que los lugares monumentales que habitan deberían estar algo más abiertos?

-Poco a poco lo van estando. La apertura es un proceso inevitable y hoy es muchísimo mayor que hace 15 años. Y dentro de 15 años lo será aún más. Contra lo que algunos creen hoy se pueden visitar la mayoría de los conventos solicitando una cita previa.

-¿Cuáles son los hallazgos principales de su estudio?

-Son dos. Uno, el patrimonial: las esculturas, las pinturas y la azulejería, en fin, la arquitectura que hay dentro de los conventos es espectacular. El segundo es un hallazgo espiritual; estos lugares son otro mundo, un universo en el que se vive a otras horas y en el que persiste un concepto de profundidad difícil de encajar en nuestro mundo. Me sorprendió comprobar cómo, por otra parte, en el interior hay mucho más conocimiento del exterior de lo que podría pensarse.

-¿Nada de lujos en ellos?

-Nada. Hay un lujo exterior, propio de otras épocas, pero nada práctico. Las cuentas corrientes de los conventos suelen estar en números rojos y las vidas de las comunidades son muy austeras en todo, las monjas tienen que trabajar mucho para sobrevivir y lo hacen robándole horas al poco sueño del que disponen. Además, en los tornos siguen repartiendo comida a gente que no tiene nada y va a pedirles ayuda. Una ayuda de gente pobre a gente pobre.

-Cíteme los más valiosos...

-Hay desde conventos espectaculares como San Clemente, Santa Inés y Santa María Jesús a pequeños tesoros como el Socorro y Madre de Dios. Pormenorizar su pregunta es muy complicado.

-Después de las iglesias y los conventos... ¿qué toca?

-Quizás los palacios. Puede que haya más problemas para acceder a ellos, pero seguro que acabamos lográndolo.

-¿No tiene la sensación de que un libro como Conventos de Sevilla es pasto casi exclusivo de capillitas?

-Puede ser, no lo niego. Pero no debería ser así. Hay que entender que modernidad y tradición no están reñidas. En demasiadas ocasiones se ha relacionado el apego al pasado con el conservadurismo y eso es una idea equivocada. En Sevilla, democracias y revoluciones han destruido templos. La incultura no entiende ni de etiquetas ni tampoco de colores políticos.

-¿No cree que bajo el chauvinismo sevillano hay un profundo desconocimiento del patrimonio de la ciudad?

-¡Absolutamente! Hace años afirmé que el 90 por ciento de los alumnos a los que impartía clases en Sevilla Este no habían subido nunca a la Giralda. Y la cosa no ha cambiado mucho. El sevillano vive de espaldas a lo que tiene, lo que acaba repercutiendo en la propia ciudad, que crece sin personalidad. Con todo, hay cada vez más grupos de personas que empiezan a ser combativas, que salen a la calle a defender su patrimonio.

-¿Entraría en ese grupo, a su juicio, quienes militan en la Plataforma ¡Túmbala! en contra de la Torre Pelli?

-Por supuesto. Ese colectivo está formado por un grupo de profesores y arquitectos que se han quejado desde un punto de vista meditado y obvio. La Torre Pelli es un edificio que no aporta nada a la ciudad, que lo único que hace es romper su dimensión y que carece de trascendencia económica. Un ostentoso grito puesto en la Cartuja en plena crisis.

-¿No se ve entonces publicando dentro de 20 años un libro sobre la Sevilla del futuro con hitos como Metropol Parasol o la polémica Torre Pelli?

-A lo mejor la mentalidad dentro de 50 años admira de manera diferente esas obras. Siempre se pone de ejemplo la Torre Eiffel, esa torre rompió la imagen de ciudad medieval de París y creó otra ciudad con una estética diferente, rupturista y opresiva. Igual que sucederá con la Torre Pelli.

-Usted es un estudioso de nuestro patrimonio, incluyendo la Semana Santa. ¿Representa el prototipo del buen sevillano?

-Mi intención, lo crea o no, es reivindicativa y divulgativa. Vivimos en una ciudad de medallas en la que se premia y se honra todo lo superficial. Hay que dejar de apreciar las cosas superfluas y centrarnos en lo realmente valioso.

-Y eso pasa, entiendo, por olvidar la modernidad...

-La modernidad pasa por saber respetar la identidad y saber conservar pero no momificar. Hay que aportar nuevas creaciones que convivan armónicamente con lo que ha hay. La modernidad es, en demasiadas ocasiones, arrogante. Y, en fin, modernidad no es inmovilismo pero tampoco imposición.

-Volviendo a los templos. ¿No cree que estos permanecen cerrados demasiadas horas al día?

-Este es un asunto vergonzoso. Cuando escribí Iglesias de Sevilla sólo ocho o diez eran visitables en un horario lógico. Si en Sevilla un turista quisiera plantearse un recorrido conventual o eclesiástico sería imposible porque la accesibilidad a los templos es muy compleja. De no ser así, de permanecer abiertas las iglesias convertiríamos una ciudad de sota, caballo y rey (Catedral, Giralda y Alcázar) en una urbe de estancias más largas. Nuestro patrimonio daría para ello.

-¿A quién le echa la culpa?

-A los políticos sevillanos y a la Iglesia, que no sabe hacer la comunión con el turismo. Hay modelos, más o menos mejorables, como El Salvador, pero válidos. Lo peor que puede hacer una iglesia es estar cerrada.

-¿Le daría un síncope si lo mandaran a vivir a Barcelona?

-Sólo me marcharía si me obligan. He vivido fuera y si algo bueno tiene estar lejos de Sevilla es que, con tierra de por medio, se valora más la ciudad.

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