Cultura

Vivir una noche de cante en Martín de la Jara

Cuando se llega a Martín de la Jara todavía puede imaginarse uno la selvática huerta del Tío Martín, de la que escribió Julián Zugasti en 1882. Incluso a José Aguilar El Guapo de la Jara, célebre bandolero al que mataron en Osuna en enero de 1906.

el 16 sep 2009 / 06:12 h.

Cuando se llega a Martín de la Jara todavía puede imaginarse uno la selvática huerta del Tío Martín, de la que escribió Julián Zugasti en 1882. Incluso a José Aguilar El Guapo de la Jara, célebre bandolero al que mataron en Osuna en enero de 1906. La Jara es tierra de serranas, cañas y polos; se dice que Tobalo el de Ronda, creador del polo flamenco, enamoró una noche a una jareña dándole amor al son de una guitarra del gaditano Pagés. No es de extrañar, pues, que siendo el origen de este pueblo una antigua posada medieval del Camino Real y sabiendo que lo jondo convivió en las posadas antes que en los cafés y el teatro, guste tanto el cante jondo a los jareños que, aun no llegando a los tres mil en todo el pueblo, son capaces de llenar cada año el recinto donde se celebra el festival de cante. Ochocientos lugareños se dieron cita la noche del jueves en el patio del colegio público para disfrutar con El Nene, Miñivi de la Jara, El Cabrero, Vicente Soto, La Macanita y Rubito hijo.

Dos horas antes del comienzo del festival ya podían verse a familias enteras cargadas con neveras, hamacas y toda clase de viandas, como la familia de los Catano, de cuya hospitalidad y habilidades culinarias podemos dar buenas referencias. He de reconocer que, aun no siendo nada defensor de este tipo de romerías flamencas, el jueves quedé subyugado por los efusivos y entusiastas aficionados de Martín de la Jara. ¡Es increíble cómo viven el cante y, sobre todo, cómo saben escucharlo! Lo hacen de una manera que me dieron ganas de saltar de espontáneo al venusto tablao, como un desvergonzado novillero de la cantelogía. Y no fue porque no me llamaran las guitarras de Antonio Carrión, Manuel Parrilla, Manuel Valencia y Rafael Rodríguez. ¡Cómo sonaron estas sonantas en el silencio de la noche! Sin acordes ajenos a la cadencia andaluza, con son, con sabor y un compás que hubiera embriagado los sentidos del Tío Martín. Por eso sonaron tan bien las voces, desde la del joven Santiago Pozo El Nene, cuyos cantes tenían todo el sabor del paisaje de su pueblo, hasta el pundonoroso Rubito de Pará, que cerró la velada como un verdadero maestro.

Y entre uno y otro, la facilidad imitadora del Miñivi de la Jara, que bordó a Mairena y a Caracol como homenaje a estos dos grandes cantaores; la pujanza y el soniquete jerezano de Vicente Soto, quien nos dejó unas conmovedoras seguiriyas del Marrurro y unas bulerías que pusieron a bailar a los mochuelos; la entrega total de El Cabrero, un verdadero ídolo en el pueblo; y el arte natural y la voz rajada de La Macanita, crujiendo por soleá al estilo de Fernanda la de Utrera y maravillando por bulerías en una emocionante evocación a la Paquera. Cantaron lo de siempre, seguramente, pero el fresquito de la sierra y la tortilla de verduras de los Catano me habían preparado el cuerpo para disfrutar del cante como hacía años que no me ocurría.

No sé si volveré o no algún día a vivir una noche de cante en este festival de flamenco, al que no había ido desde que estuve la primera vez, en el inicio de los ochenta. Seguramente lo haré el próximo año, porque regresando a casa a las cuatro de la mañana, sorteando conejos y toda clase de aves noctámbulas en la sinuosa carretera y todavía con la voz de la Macanita en la cabeza, repasé mi infancia en Palomares, el pequeño pueblo donde viví los mejores años de mi vida, parecido a éste. Y llegué a la conclusión de que el cante jondo fue creado para degustarlo bajo las estrellas en algún pequeño pueblo como Martín de la Jara.

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