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Volver a empezar

Parece que esa es la idea principal que se desprende de la conferencia pronunciada por el presidente Obama en la universidad de El Cairo. En un discurso al que podemos considerar trascendental, el presidente de los EEUU no sólo se desmarcó de su antecesor sino que expuso los nuevos paradigmas de su política exterior....

el 16 sep 2009 / 03:52 h.

Parece que esa es la idea principal que se desprende de la conferencia pronunciada por el presidente Obama en la universidad de El Cairo. En un discurso al que podemos considerar trascendental, el presidente de los EEUU no sólo se desmarcó de su antecesor sino que expuso los nuevos paradigmas de su política exterior, en un volver a empezar que ha traído la esperanza al mundo islámico. No así a los israelíes, que perciben cómo las cosas pueden cambiar para ellos si insisten en su expansionismo territorial y en la aniquilación de los palestinos como estrategias para consolidar su estatus en la región. En realidad, Obama no dijo nada extraordinario sino cosas muy razonables, como que hay que respetar la diversidad religiosa del mundo musulmán y sus millones de fieles, reconocer su contribución a occidente y valorar las virtudes de una cultura milenaria. Yendo a lo concreto, denunció la ilegalidad de los asentamientos israelíes en Cisjordania y reconoció el derecho del pueblo palestino a tener un Estado, entre otras muchas afirmaciones plagadas de gestos amistosos realizados con el propósito de facilitar el acercamiento con los países del Islam. Sin embargo, a pesar de que su intervención rezuma obviedades, no se puede negar su alcance trasgresor respecto de la situación heredada de su antecesor, dominada por la lógica de la confrontación y la demonización de los islamistas.

Ahora bien, del discurso de Obama no podemos extraer sin más la idea de que todo lo que ocurre en esos países está bien; no podemos caer en la ingenuidad de mitificar sus formas de vida y organización hasta el punto de impedir cualquier crítica que pueda hacerse al respecto. Del discurso del presidente debemos por el contrario extraer la idea de que la cultura o la religión no deben ser en sí mismas un obstáculo para la convivencia y el entendimiento entre los pueblos. Pero, sobre todo, que éstas tampoco deben ser un pretexto para invisibilizar la causa que provoca realmente los conflictos, que no es otra que la injusticia social propiciada por la dominación de unos pocos, los que quieren acaparar el poder económico y político y a cuyo servicio ponen la religión y modelan una pretendida cultura que los legitime frente a ellos mismos y a la sociedad. Desde esta perspectiva, defender el relativismo cultural no es más que dar señas de identidad a unas relaciones de dominación que son las que están en la base de muchas sociedades. Imponer nuestro modelo de democracia tampoco es la solución, como bien ha dicho el presidente Obama, pues ésta es fruto de un proceso histórico que podemos considerar único, en la medida que responde al impulso de unas concretas fuerzas sociales y políticas y a la cadencia de unos acontecimientos también específicos. Un proceso que nos ha enseñado que sólo cuando se han alcanzado ciertos niveles de igualación social ha sido posible construir la democracia que hoy conocemos.

Son los pueblos los que deben evolucionar desde sí mismos para elaborar unas reglas de convivencia que puedan ser aceptadas por todas y todos. Y para ello se requiere que se remuevan los obstáculos que impiden a sus ciudadanos participar con libertad y autonomía; unos obstáculos que no están en la religión o en la cultura, sino en la obscenidad con la que muchos de sus dirigentes hacen ostentación de la riqueza acumulada mediante la explotación de los suyos. Unos dirigentes que actúan con el total respaldo de occidente, obsesionada como está por la cultura y la religión del Islam.

Rosario Valpuesta es catedrática de Derecho Civil de la Pablo de Olavide

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