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Y después de Garoña, ¿qué?

El cierre de Garoña, ha sido una excusa para reavivar un debate que, desde 1956 -cuando se abrió la primera central nuclear en Calder Hall (Reino Unido)- no ha estado nunca muerto. Casi todos los expertos en la materia están de acuerdo en que la decisión de clausurar esta central es más simbólica que trascendente. En poco más están de acuerdo.

el 16 sep 2009 / 05:16 h.

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El cierre de Garoña, ha sido una excusa para reavivar un debate que, desde 1956 -cuando se abrió la primera central nuclear en Calder Hall (Reino Unido)- no ha estado nunca muerto. Casi todos los expertos en la materia están de acuerdo en que la decisión de clausurar esta central es más simbólica que trascendente. En poco más están de acuerdo.

Y es que el debate nuclear ha dejado de ser una mera cuestión de "sí o no" para convertirse en una reflexión necesaria basada en la convicción de que es ineludible buscar el consenso social en uno u otro sentido. Hace falta una estrategia a largo plazo con el objetivo de que, bien el cierre de todas las nucleares, bien la sustitución de todas ellas y la creación de otras nuevas, sea rentable y beneficioso para los ciudadanos.

La energía nuclear supone un 20% de la electricidad producida en España. En este sentido, casi todos los expertos opinan que la repercusión directa del cierre de Garoña en la vida diaria de la gente y en sus facturas de la luz será poca o nula, pero también coinciden en que si esta decisión crea precedentes, sí será necesario buscar una fuente alternativa de abastecimiento. Por lo pronto, ayer el BOE publicó la orden ministerial por la que se aprueba el cese definitivo de actividad el 6 de julio de 2013.

"O esto es bueno, bonito y barato -y entonces póngame cuarto y mitad- o cerramos esto". Es, en resumen, lo que opina el experto Marcel Coderch, opinión que expresó hace unos días en unas jornadas sobre el tema en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Sevilla. Coderch se doctoró en Ingeniería Eléctrica por el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y precisamente toma como argumento El futuro de la energía nuclear (2003), una publicación del MIT, para explicar que a corto y medio plazo las nucleares no convienen. El MIT propone crear más de 1.000 reactores hasta 2050 (actualmente existen en el mundo 436), basándose, entre otras cuestiones, en que la energía nuclear no emite CO2 y no depende de los combustibles fósiles. Construir una central nueva como Garoña cuesta como mínimo 3.500 millones de euros -muchos expertos incluso doblan la cifra-, aunque por otro lado funciona 8.000 horas anuales (siempre).

Para Coderch, esto plantea dos problemas: no hay empresas dispuestas a asumir los riesgos económicos que implica construir una nuclear porque es sólo amortizable a diez años vista. "La pregunta es simple: ¿seremos capaces de reemplazar las más de 400 centrales ya existentes? Y no si seremos capaces de construir 1.500, eso no se lo cree nadie", opina este experto.

Frente a Coderch están las tesis de Juan José Cadenas. Es profesor de investigación del CSIC y dirige el grupo de Física de Neutrinos del Instituto de Física Corpuscular. Sus argumentos son radicalmente opuestos, pero paradójicamente también convencen -de ahí la complejidad del debate nuclear-. Cadenas recuerda que en España "tenemos adicción fósil". De combustibles como el carbón y el petróleo proviene, según él, el 80% de la energía que consumimos. Se trata de recursos finitos y caros cuya escasez lleva a España a un alto grado de dependencia energética exterior (el 85% del consumo depende de importaciones, en su mayoría de países que no tienen estabilidad política, económica y social).

Por eso el ministro de Industria, Miguel Sebastián, dijo hace unas semanas que "la energía nuclear es insustituible en España". Por eso Cadenas cree que -aunque "la energía nuclear no es la panacea universal"-, puede ayudar, aportando un 30 o un 40% al futuro mix energético mundial.

En España hay operativas ocho centrales nucleares. Según un estudio reciente del Real Instituto Elcano, la garantía de suministro en todo momento debe constituir el objetivo de la política energética.

Por eso este estudio aboga por diversificar las fuentes de suministro y recuerda que, al ser una energía intensiva en capital, la nuclear no depende de la evolución de los precios del uranio. Además, al no emitir las centrales gases de efecto invernadero, el país se ahorraría un sobrecoste en pago de derechos de emisión. De momento parece claro que el alargamiento de la vida de las centrales es la opción favorita desde el punto de vista económico. Prolongando la vida de los actuales reactores todo son ganancias, ya que las instalaciones están amortizadas. Pero la pregunta sigue siendo: ¿Qué pasará después, cuando ya no pueda alargarse su vida útil?

Otro asunto que entra en juego en este punto es el de la seguridad, el pero por antonomasia de las nucleares, agarrado históricamente al accidente de Chernóbil. El responsable de la cátedra Endesa Red de la Escuela de Ingenieros de Sevilla, Antonio Gómez Expósito, advierte de que "ningún sistema tecnológico del mundo es 100% seguro", aunque también cree que aumentando la inversión puede conseguirse un nivel de seguridad "superior al de los aviones".

Por otro lado está el almacenamiento de los recursos. Gómez Expósito explica que podrían devolverse al ciclo del combustible, pero "el coste de este reprocesamiento puede ser mayor que el de la producción del propio combustible". Por eso actualmente los residuos se acumulan en piscinas y en el horizonte está crear un Almacén Temporal Centralizado para acumularlos. Contado así, todos los problemas que plantean las nucleares tienen cura. Pero este tipo de energía no convence a la sociedad y, por tanto, tampoco a las empresas que, al final, son las que asumen riesgos. Quizá sea sólo cuestión de dinero...

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