Cultura

Y Dios llegó a la Catedral del Cante

Miguel Poveda y Rafaela Carrasco cautivaron el domingo al público del Festival de Cante de las Minas de La Unión, pero el cantaor volvió locos a los aficionados. El de Badalona hizo encajes de bolillos con la voz. Foto: EFE.

el 15 sep 2009 / 09:45 h.

Miguel Poveda y Rafaela Carrasco cautivaron el domingo al público del Festival de Cante de las Minas de La Unión, pero el cantaor volvió locos a los aficionados. El de Badalona hizo encajes de bolillos con la voz.

La relación del catalán Miguel Poveda con el pueblo minero de La Unión comenzó la noche del 14 de agosto de 1993. Recién salido del servicio militar, pelado al cero y con un pendiente en una de sus orejas, se apretó los machos y se llevó cuatro primeros premios del concurso flamenco más importante del mundo; entre ellos, la preciada Lámpara Minera, el galardón más importante del festival levantino.

Apoyado por Pencho Cros, el gran estilista de La Unión, al joven de Badalona lo hicieron figura antes que cantaor. Entonces, Poveda sólo era un chaval que apuntaba bien el estilo de Mayte Martín, su maestra. Aquella gesta le sirvió a él para darse a conocer en todo el país, y al festival de los cantes mineros para despegar definitivamente.

A los 15 años, el ya maestro ha vuelto para ser laureado con el Castillete Minero, un galardón que sólo tienen grandes artistas e importantes personalidades de la cultura. El domingo, cuando el alcalde de La Unión, Francisco Bernabé, le hacía entrega de la distinción, Poveda dijo emocionado: "Me siento pequeño al lado de este reconocimiento tan grande".

Fue una tarde de emociones, porque en el mismo acto se presentó un libro dedicado a su mentor, Pecho Cros, uno de los homenajeados de este año. Es un homenaje póstumo, puesto que Pencho murió el pasado año. Cuando Miguel Poveda habla de él lo hace como si hablara de Dios. Es lógico porque, si no llega a producirse el encuentro con el gran cantaor de mineras en aquel año de 1993, seguramente no ocuparía el lugar que hoy ocupa.

Naturalmente, en el Antiguo Mercado Público no cabía un alfiler. Miguel tenía muchas ganas de cantar bien -algo para lo que no se tiene que esforzar mucho, ésa es la verdad-, pero eso no se sabe si va a suceder hasta que no estiras la voz. Él lo hizo interpretando maravillosamente el pregón del uvero de Caracol y ya adivinamos que la noche iba a ser importante.

Con el magnífico Chicuelo a la guitarra y su cuadro habitual de palmeros y percusionista -Carlos Grilo, Luis Cantarote y Pakito González-, Poveda desmenuzó uno a uno los cantes de su repertorio con unas ganas y una entrega total. Sabe adornar los cantes con habilidad para tocar la fibra del público, y su dominio del compás y de la voz es brutal. Por eso, sus alegrías, cuadradas perfectamente y con mucho regusto, sus bulerías jerezanas y utreranas, al golpe, y su repaso a las coplas más emblemáticas de Rafael de León, encendieron la candela de la emoción.

Hizo después una correcta malagueña chaconiana a lo Morente que remató con fandangos abandolaos del Niño de Cabra como preparación para interpretar dos buenas mineras de Pencho Cros y una valiente taranta minera, donde su voz se desgarró totalmente. Cuando ya se había metido al público en el bolsillo, Chicuelo le ofreció una formidable base de tango para que el cantaor se luciera en una larga tanda de estilos trianeros, para despedirse con unas bulerías remojadas en rico vino de Jerez.

A mí me sigue pareciendo Poveda un gran imitador del cante, pero canta como Dios. Gran parte del público que se dio cita en la Catedral del Cante pensó de verdad que Dios había llegado a La Unión. La fe tiene esas cosas. Felicidades.

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