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"Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?"

Sevilla da hoy su último adiós a José María Javierre, el cura que aprendió a asombrarse gracias al periodismo.

el 17 dic 2009 / 22:03 h.

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La primera trola que contó Javierre como director de El Correo no se hizo esperar: venía ya en su carta de presentación a los lectores, titulada Un oficio duro y divertido. Consistía en negar el "cliché novelero" que describe al periodista como "un tipo desaprensivo, atrevido, bastante calavera, dispuesto a jugarse todo, la vida, el honor, con tal de atrapar primero que nadie una noticia sensacional y conseguir que aparezca en letras de a palmo en la página de honor de su diario. Un tipo elástico que salta de su despacho al avión, se mete en líos, habla con desparpajo, esquiva riesgos, bebe whisky para inspirar su crónica y encuentra una linda muchacha en cada puerto". Si llega a añadir a la descripción la tendencia a no doblarla, quita lo de la elasticidad y modera los éxitos portuarios, clava Javierre lo que se encontró en Sevilla ese martes 8 de abril de 1969, primer día con periódico tras la Semana Santa de ese año y primero de El Correo bajo su batuta de cura progre: la mejor redacción de la historia de Sevilla, dicho por los médicos.

La Era Javierre se estrenaba con la última hora de Vietnam, la reapertura de la Isleta de los Pájaros tras su ampliación y el mensaje de Pablo VI en la Pascua de la Resurrección. Se titulaba Cristo ha anunciado la alegría de vivir, una versión acocacolada del papel de la Iglesia que, como habrán leído en las páginas precedentes, Javierre adaptó al mundo periodístico sevillano vía compromiso social, conforme al espíritu del Concilio Vaticano II. Él era muy del Concilio. Aunque luego cuentan los colegas que echaba unas broncas tridentinas al personal de agárrate y no te menees.

Era su dualidad: Vaticano II y Trento, con el denominador común del colmillo retorcido. En la tele, no. En la tele era un corderito lechal. Aquellas Últimas preguntas comenzaban siempre con el mismo versículo sobreimpreso: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? (Mateo, 16: 13-16). "¡Pues Mateo!", respondía la abuela de quien suscribe, preguntándose cuándo cambiaría el acertijo aquel curita tan bueno.

En aquella carta de salutación del director (en realidad, publicó tres) daba una pista acerca de ese doble comportamiento: "¡Ay del periodista, si calla...!, advierte la conciencia. ¡Ay del periodista, si habla...!, advierten los poderes oscuros desde la sombra." Eso lo aprendió con el tiempo, porque el periodismo fue para él una desembocadura. Pedazo de desembocadura, por cierto: director de El Correo, nada menos. Pero tuvo la decencia de reconocerse ignorante (aunque reconocerse ignorante también puede ser una forma de altanería), y por tanto de hacerse al oficio con el tiempo y con la ayuda de aquella plantilla, a medida que la abroncaba. "Me han enseñado también una cosa seria que antes no sabía: andar por los caminos con un cristal de asombro ante mis ojos", dejó escrito. "En la escuela de periodismo se dice a los principiantes que las calles de todas las ciudades y los rincones todos de las esquinas del planeta están llenos de noticias: hace falta que alguien, un periodista, las descubra, sepa verlas. Donde hay una chispa de belleza, hay un asombro. Cada asombro es una noticia. Basta dejar que te lata el corazón... y mojar la pluma en ese latido."

Aunque haya sido para ir al Cielo, si es que ése es el caso de los curas (de los periodistas mejor no hablar), a Javierre le ha tenido que costar lo suyo abandonar el piso del Paseo de Colón. Bueno, al menos estará entretenido allá arriba preguntándole a San Pablo si le contestaron los Corintios. Las cosas de los periodistas.

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