Cultura

Ya no hay más cera que la que arde

Más allá del percance de Curro Díaz la corrida del sábado de farolillos se vivió como un insufrible e inevitable relleno.

el 07 may 2011 / 21:56 h.

El astado embiste a Curro Díaz.

La corrida pesó como una losa. La verdad es que, a priori, el cartel despertaba pocos entusiasmos y los sucesos vividos en el largo serial habían colocado unos listones tan altos que resultaba imposible afrontar la tarde sin esa sensación de hastío y hartazgo a la que se sumó la escasa calidad de un encierro marcado con tres hierros distintos de la casa González Sánchez-Dalp, una corrida que nunca llegó a romper para delante pero que quizá brindó un par de toros que no llegaron a ser apurados.

Juan Mora llegaba a Sevilla con esa aura lucrada en el otoño madrileño un tanto marchita después de las últimas tomas de posiciones. Dicen que después de aquel suceso que le supuso la resurrección profesional andaba elevando un caché que, vista la pobre entrada de ayer, no podrá sostener por mucho tiempo. Porque ésa es otra. En un sábado de farolillos los tendidos del coso sevillano no llegaron a congregar más de las tres cuartas partes de su aforo. El personal se acomodó a sus anchas después del paseíllo y tapó parte de las claras disimulando el desolador panorama. Seguimos en las mismas: con o sin crisis, el gran público está empezando a responder sólo a la llamada de la calidad. San Abono es un santo que está empezando a perder su infabilidad en todos los ámbitos y las empresas deben tomar nota para el futuro.

El caso es que Mora salió a torear en la búsqueda de ese desmayo premeditado que a veces le hace olvidarse de llevar, mandar y poder en los toros. Y así, no llegó a acoplarse a la embestida noblona y distraída que le brindó el primero de la tarde por el pitón izquierdo, un toro que además respondía más y mejor cuando no se le dejaba parar.

El caso es que no llegó a meterle mano en serio aunque sorprendió a todo el mundo echándolo abajo con una estocada por sorpresa facilitada por esa loable costumbre a imitar que es llevar siempre la espada de acero.Tampoco se llegó a entender por completo el diestro placentino con el cuarto de la plúmbea tarde, un ejemplar amplísimo, colorao, bragado y salpicado que se emplazó en los primeros compases de su lidia. Mora volvió a las andadas, buscando esas formas premeditadas para gravitar en las afueras de una res que tuvo movilidad en el inicio del trasteo aunque acabó protestando y rajándose por completo.

Y como la cosa iba de arte, el segundo en liza era el estilista linarense Curro Díaz, que poco pudo sacar de su lote y se llevó una cornada acompañada de fractura de peroné que le va a tener una buena temporada alejado del frente. La verdad es que el segundo no le brindó demasiadas opciones. Blando y manso en los caballos, sí dejó lucirse a Montoliú con esos peculiares andares heredados de su recordado padre. La costalada que se pegó saltando al callejón la dejaremos para otro día. Curro anduvo hasta firme pero el toro no terminaba de emplearse ni de rematar los viajes. Tardo, sin humillar, se dejó algo más por el lado izquierdo y propició los muletazos de mejor trazo de una faena que nunca llegó a despegar por completo.

El quinto, ya se lo hemos dicho, lo mandó al hule al primer descuido. Quizá andaba demasiado descolocado y buscando la composición de la figura después de apercibirse de que el lado izquierdo, sin rematar los viajes por completo, tenía muchas más posibilidades. Curro llegó a pasárselo al natural con buen trazo pero cuando parecía que aquello podía remontar llegó la aparatosa cornada.

Completaba el cartel, fiel a una fecha que tiene sitio fijo en su agenda, el diestro granadino David Fandila El Fandi que volvió a salir al ruedo con esa proverbial entrega que le hace bullir en todos los tercios. Pero, ay, el calendario es inapelable para todos y El Fandi ya no rezuma la frescura juvenil de antaño. Al tercero de la tarde -que chorreaba sangre por un pitón escobillado- lo recibió con sendas largas cambiadas en el tercio. Solvente, espectacular y preciso en el tercio de banderillas creyó, como todos, que el toro podía servir en la muleta. Pero sólo fue un espejismo. El animal comenzó a quedarse corto hasta desinflarse por completo en el último tercio.

Cuando salió el sexto el festejo pesaba ya como esas moles de granito que levantan los vascos. Para colmo, el toro ni pasaba y esperaba en todos los lances y en todos los terrenos. Sorprendió ver a El Fandi fallar el tercer par por un frenazo del toro. Arrancado en su amor propio, el granadino recogió los palos del suelo retomando el empeño para dejarlos prendidos en todo lo alto. Pero no había nada que hacer. El toro se quedaba corto y hacía hilo y aunque El Fandi andaba buscándole las vueltas con habilidad era imposible levantar el vuelo de la faena. El animal se defendía echando la cara arriba y buscando los tobillos del torero que se le quitó de enmedio como pudo.

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